La mano de Alexander cubría la de ella. "...no se cierra. Nunca." Sus dedos eran largos, calientes. Su calor se transfería a la piel helada de Isabella. Estaba atrapada. Su mano, en el picaporte dorado, era el punto de conexión. Su cuerpo, detrás de ella, era un muro de calor y poder. Su aliento, en su oído, era una sentencia. Terror. Un terror tan puro, tan primitivo, que le borró los pensamientos. Estaba paralizada. Era la presa, y el depredador le estaba explicando, con una calma aterradora, los barrotes de la nueva jaula. —¿Está claro? La voz era un murmullo. Seda áspera. Isabella no podía hablar. El aire no le llegaba a los pulmones. Solo pudo asentir. Un movimiento diminuto, espasmódico. —Usa sus palabras, Isabella. Su nombre de pila. De nuevo. Un golpe. —Sí... —su voz era

