Isabella no recordaba cómo había vuelto a su cubíc*l* en el piso 42. Era como si su cerebro hubiera puesto una cortina negra entre el momento en que Alexander Vance salió del ascensor y el momento en que ella se desplomó en su silla.
Estaba temblando.
No era un temblor visible, no era el movimiento histérico de Jennifer Lane cuando se le caía el café. Era un temblor interno, profundo, una vibración de furia y miedo tan intenso que le revolvía el estómago.
"Patético. Transparente" .
La voz de él retumbaba en su cabeza. La había desnudo con dos palabras. La había reducido a un cliché andante, a una trepadora barata. Él, que no sabía nada de ella. Él, que no sabía del vestido vacío, de la deuda, del padre quebrado, de los fideos instantáneos. Él, que no sabía que ella era, legalmente, su cuñada.
Apretó el ratón con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
Levanté la vista.
El piso 42 había vuelto a la normalidad, pero era una normalidad falsa. La gente tecleaba, pero un poco más callada. Las miradas, cuando creían que ella no veía, se clavaban en su nuca.
Lo sabían.
No sabían qué había pasado, pero el ascensor ejecutivo tenía cámaras. Y aunque no tuvieran audio, la escena debía ser clara: el nuevo Presidente y la asistente administrativa. El freno. Ella cayendo sobre él. La expresión de él.
Y lo peor: la sonrisa de Jennifer Lane.
Jennifer pasó por su cubíc*l*, sin detenerse, pero lo suficientemente lento. No dijo nada. Solo la miro. Era la mirada de una hiena que acaba de oler la carroña fresca.
Isabella se sintió expuesta. Como un bife en una vidriera de c********a.
Tenía que trabajar. Abrí la planilla de Excel. Los números de la fusión de Berlín bailaban delante de sus ojos, desenfocados.
"No pierda el tiempo, señorita" .
—¡M*ld*t*! —murmuró entre dientes, tan bajo que fue solo un soplido.
Estaba furiosa, sí. Pero debajo de la furia, el hielo del pánico real se estaba extendiendo.
La iban a echar.
Era obvio. La había insultado. La había acusado. Un hombre como Alexander Vance no toleraba ni siquiera la apariencia de un escándalo. Y ella, Isabella Rossi, era ahora un escándalo andante.
Si la echaban...
El aire volvió a faltarle. Si la echaban, perdía el sueldo. Si perdía el sueldo, incumplía el pago de la deuda. Si incumplía el pago, los acreedores de su padre se quedarían con lo último que tenía: el departamento minúsculo, los muebles viejos. Y, peor aún, el acuerdo con Vance Industries (el préstamo blando que Eleanor le había obtenido "extraoficialmente") se cancelaría.
Quedaría en la calle. Literalmente.
El orgullo se desvaneció, reemplazado por un miedo frío y visceral. Tenía que salvar su trabajo. Tenía que tragarse la humillación.
Pasaron las horas. Una. Dos.
El almuerzo llegó y se fue; No probó bocado.
El estómago seguía anudado.
Cada vez que sonaba el teléfono de su escritorio, daba un respingo. Cada vez que veía un mail entrar, el corazón le daba un vuelco, esperando leer "Recursos Humanos" o "Despido Inmediato".
Nada.
A las 3:15 pm, el silencio era una tortura.
A las 3:16 pm, sonó el teléfono.
No era su extensión habitual. Era la línea directa, la que usaban los pisos superiores.
Miró el identificador. «OFICINA DE PRESIDENCIA» .
Se le secó la boca. Contó hasta tres y descolgó, rezando para que su voz no temblara.
—Isabella Rossi.
—Señorita Rossi, habla Meredith, la asistente ejecutiva del señor Vance.
Una voz nueva. Fría. Eficiente.
-Si...
—El señor Vance requiere su presencia en su oficina. Inmediatamente.
El teléfono hizo clic . Fin de la llamada. No era una invitación, era una citación.
Isabella se quedó mirando el tubo. Se acabó. Era el fin. La iban a echar. Y él, el cobarde arrogante, ni siquiera iba a dejar que lo hiciera Recursos Humanos. Iba a hacerlo él mismo. Probablemente para disfrutarlo.
Se levantó. Sintió las rodillas flojas. Se alisó la falda. La misma falda que llevaba en el ascensor.
El camino desde su cubíc*l* hasta el ascensor ejecutivo fue la caminata más larga de su vida. El click, click, click de sus tacones sonaba como una marcha fúnebre. Sintió todas las miradas clavadas en su espalda. Jennifer Lane, desde su esquina, ni siquiera disimulaba su sonrisa triunfante.
El ascensor llegó. Subió. 43... 44... 45...
El chirrido metálico la hizo saltar, pero esta vez no frenó. Siguió subiendo.
Ding . Piso 50.
Las puertas se abrieron al mismo vestíbulo lujoso de la mañana. Esta vez, caminó derecho hacia las puertas dobles de caoba al fondo del pasillo.
Al lado, había un escritorio de recepción que parecía tallado en un solo bloque de mármol n***o. Detrás estaba Meredith, la asistente. Era perfecta. Rubia, peinado impecable, traje sastre que gritaba "gasto más que tu alquiler".
Meredith la miró, sus ojos azules (no como los de él, estos eran opacos) la escanearon de pies a cabeza.
—Señorita Rossi, supongo.
-Si. Yo llamé al señor Vance.
Meredith levantó un auricular. —Señor, la señorita Rossi está aquí.
Hubo una pausa.
—Sí, señor.
Colgó. Volví a mirar a Isabella. No había ni una pizca de emoción en su rostro.
—El señor Vance la espera. Pase.
La puerta de la derecha se abrió con un zumbido electrónico.
Isabella respiró hondo. El corazón le golpeaba las costillas. "Cabeza alta, Isa", le habría dicho su padre en los buenos tiempos. "Sos una Rossi".
Empujó la puerta.
El miedo dio paso al asombro, y luego de nuevo al miedo. La oficina era gigantesca. Un ventanal de vidrio iba del piso al techo, ocupando toda la pared, ofreciendo una vista de Chicago que solo los dioses y los multimillonarios veían.
Y allí estaba él.
No estaba sentado detrás del escritorio (que era una placa de vidrio y acero del tamaño de un automóvil). Estaba de pie, de espaldas a ella, mirando por el ventanal, con las manos en los bolsillos del pantalón.
La quietud de su silueta era más intimidante que cualquier grito.
—Cierre la puerta, señorita Rossi.
La voz. El mismo barítono frío.
Ella cerró la puerta. El clic sonó definitivo.
Estaba atrapada.
Se quedó parado a tres metros de la puerta, esperando la sentencia.
Él no se movía. Silencio. Solo el zumbido nivel del aire acondicionado.
Isabella sintió que si no hablaba, se iba a desmayar.
—Usted... usted quería verme, señor.
Él se giró.
Lo hizo lentamente. No había rabia en su rostro. No había asco, como en el ascensor. Había... nada. Una máscara de hielo pulido.
La miro. Sus ojos azules la recorrieron, esta vez sin prisa. Evaluando.
—Sí —dijo él—. Quería verla.
Caminó hacia su escritorio, pero no se sentó. Se apoyó en el borde, cruzando los brazos sobre ese pecho que ella había tocado por accidente. El gesto era casual, pero irradiaba un poder absoluto.
—Usted me debe gustar mucho, señorita Rossi.
Isabella parpadeó. ¿Qué? ¿Qué diablos estaba diciendo?
—Señor... no entiendo.
—Digo —continuó él, y una sombra de algo parecido a una sonrisa, una sonrisa helada y sin humor, tocó la comisura de sus labios—, que hoy en la mañana usted me acusó de acoso s****l en el ascensor.
El piso desapareció bajo sus pies.
—¡¿QUÉ?! —el grito salió antes de que pudiera frenarlo—. ¡Yo nunca! ¡Usted fue el que...!
—¿El que qué? —Alexander Vance levantó una ceja—. ¿El que la acusó de ser un oportunista? ¿Usted cree que Recursos Humanos le creería eso a una asistente administrativa... o me creerían a mí?
Isabella se quedó sin palabras. La trampa. Era una trampa.
—Usted me insultó...
—Yo la frené. Usted se balanceó sobre mí. Yo tengo testigos —dijo él, señalando vagamente al techo—. Usted, en cambio, tiene un historial... interesante.
Él tomó una carpeta de su escritorio. Una carpeta que no era la de Berlín. Una carpeta con su nombre.
—Isabella Rossi. Graduada con honores. Habla tres idiomas. Y tiene una deuda personal masiva que la ata a esta compañía. Usted, señorita Rossi, está desesperada. Y la gente desesperada comete... errores .
Isabella sintió las lágrimas de rabia quemándole los ojos. Las contuvo. No le iba a dar el gusto.
—¿Me va a despedir? —dijo, su voz temblando por primera vez—. Si va a hacerlo, hágalo.
Alexander la miró fijamente. El silencio se estiró. Uno. Dos. Tres segundos.
—No, señorita Rossi. No la voy a despedir.
Isabella sintió un alivio tan brutal que casi se tambalea. Pero el alivio está limitado por un segundo.
—¿Entonces?
Él se enderezó. Camino hacia ella. Se detuvo a un metro de distancia. El olor a colonia cara la envuelta de nuevo.
—Verá, mi asistente ejecutiva, Meredith, es excelente. Pero es demasiado... visible. Y mi primo Julian —escupió el nombre como si fuera veneno—, le encanta distraerla. Y Jennifer Lane, en su piso, es una víbora inútil.
»Yo no necesito aduladores. No necesito gente que me diga que sí. Necesito a alguien que sepa ver los números, que no tenga miedo de trabajar hasta la medianoche, y que, francamente, no tenga otra opción más que serme leal.
Se acercó un paso más. Isabella tuvo que levantar la barbilla para mirarlo a los ojos.
—Uro...
—Usted está desesperada —repitió él, más suave, pero más letal—. Tú me odias. Y eso la hace perfecta.
Isabella no entendía nada. —¿Perfecta para qué?
Alexander Vance está molesto. Esta vez fue una sonrisa real. Y fue lo más aterrador que ella había visto en su vida.
—Felicidades, señorita Rossi. Acaba de ser ascendida. A partir de mañana, usted ya no trabaja en el piso 42.
—Usted trabaja para mí. Como mi asistente personal.