—Nos vamos a Zúrich. La frase quedó flotando en el aire helado de la oficina, a 19 grados exactos. Isabella quedó inmóvil. El traje azul cobalto, que le había dado tanto poder en el Registro Civil, de repente se sintió delgado, insuficiente. ¿Zúrich? ¿La central de Acero Atlas? ¿El lugar donde acababa de enviar el torpedo anónimo que hundió al CEO? Él no la estaba mandando al frente de batalla. La estaba llevando con él al centro mismo de la explosión que ella había causado. —Señor... —logró decir, su voz sonando extraña a sus propios oídos—. ¿Zúrich? Alexander Vance la miró como si fuera lenta. Odiaba repetía las cosas. —Es la sede central de Acero Atlas. ¿O su informe estaba equivocado, señorita Rossi? —No, señor. Está en Zurich. Es solo que... ¿cuándo? Él se movió. Salió de

