Narra Daniel
Me he estado resistiendo a divorciarme de Hilda para poder casarme con Dayana, lo que es lo correcto, pero, por otra parte, me siento mal al tener ese pensamiento de dejarla aun sabiendo lo mucho que la amo.
—¿Qué te ocurre? —Tenía que ser Santiago, siempre entrando sin tocar como si fuera su oficina.
—Le voy a pedir el divorcio a Hilda. —Digo con seguridad.
—Pero ¿Por qué? Pensé que la amabas. —Se escucha decepcionado.
—Es muy joven para mí, además… —Me interrumpe y sabe que lo odio.
—Pero es lo correcto. —Dice girando los ojos con fastidio.
—Eres un idiota. —Digo en tono molesto.
—El idiota eres tú, que quiere dejar a una hermosa
mujer como ella. —Sé que tiene razón, pero…
—Merece a alguien de su edad. —Digo en voz alta, pero escondiendo mi dolor.
—Pues si yo fuera tú, jamás la dejaría ir, cometes un gran error. —Se levanta de su lugar y sale de la oficina dando un portazo haciendo retumbar los ventanales.
¡Maldición! No sé que hacer.
…
Llego a casa y veo que la cena ya está servida, así que voy a lavarme las manos y después me voy al comedor y tomo asiento.
—¿Y mi esposa? —Le pregunto a Celia una vez que acerca a dejarme un flan.
No me gusta comer solo, pero por lo visto así será.
—Está en su habitación, señor. —Aun sigue molesta por lo de Dayana y puedo justificarla.
Tocan el timbre y el ama de llaves se dirige a la puerta para abrir.
—Buenas noches. —Y se trata de Damián, mi hijo. Jamás ha venido a verme desde que me casé con Hilda.
—Que milagro que vienes a verme. —Digo entre molesto y con cierto sarcasmo.
—Lo siento, pero tenia cosas importante que hacer. — ¿En serio?
—¿Tan importantes que ni siquiera has ido al trabajo desde hace una semana? —Le digo y lo escucho bufar.
Pero antes de que me pueda responder, Hilda baja por las escaleras.
—Buenas noches, Damián. —Mi hijo se levanta de su lugar y se saludan de beso en la mejilla. Cosa que me hizo enojar y bastante.
—Hola, hermosa. —No me gusta para nada ese acercamiento. Así que carraspeo para llamar su atención.
—La cena se enfría. —Digo con mal humor y escucho a mi esposa bufar.
Desde la visita con los Fernández, Hilda se ha distanciado de mi y no la culpo, también procura no hablarme y en ocasiones me ignora, puedo entenderla, prácticamente la deje para estar en plática con Dayana, la mujer con quien debía casarme, pero una noche, llegué ebrio y me había dejado llevar por sus hermosos atributos. Sin embargo, al dia siguiente me había arrepentido, ya que ella era virgen, a pesar de que la amo, siento que es mucha mujer para mí.
Pero ahora que la veo platicar con Damián, siento muchos celos y recuerdo las palabras de Santiago al decir que el jamás la dejaría, quedaría soltera y tendría muchos pretendientes y no lo puedo permitir.
—¿Y como te ha ido? —Pregunta ella con interés.
—Todo bien. Mañana comienzo a trabajar a la empresa. —Si, desde hace una semana.
—Eso es genial. —Ella le sonríe y eso me exaspera mas mi mal humor.
Y pensar que ella solía sonreírme así, con ternura y amor. ¿Y que hacía yo? La ignoraba o en ocasiones, era frio con ella. ¡Dios! ¿Qué estoy haciendo?
Mi hijo sube a una de las habitaciones dejándonos solos.
—Descansa. —Dice de una manera cortante que me hace sentir mal.
—Hilda, yo… —Levanta la mano impidiendo que continue.
—No. —Es lo único que dice y se va.
Me voy a mi despacho y saco una botella de vodka para ahogar mis penas. Aun recuerdo el dia que las conocí, su madre trabajaba en una cafetería cerca de la empresa.
Iba seguido porque Me había gustado Samira, hasta que llegamos a casarnos al año de salir, a Hilda la veía como una hija y Damián estaba feliz de tener a una hermanita a quien cuidar. Pero al ser ella mayor de edad, todo cambio. Su madre se había ido y mi hijo se fue al extranjero. Samira y yo duramos casados 6 años, mi hermosa Hilda tenía 12 años.
—Como pasa el tiempo.
Saco de un cajón la foto de mi boda con mi ex hijastra, se veía realmente hermosa, sin embargo, todo fue discreto, no quería que nadie me juzgara por haberme casado con ella, teniendo a su madre como es esposa, además, aún estaba considerando en que no durara mucho y poder casarme con Dayana. Ahora y después de esta cena, no pienso dejar a mi Hilda. Santiago tenía razón estaría expuesta a cualquier tipo incluyendo a mi hijo.
…
Me despierto con un dolor de cabeza, miro y veo la botella casi vacía y la foto a un lado. La tomo y la guardo nuevamente.
Salgo del despacho para ir a mi habitación e irme a dar una ducha.
—¿A dónde fuiste? —Veo a Damián en el corredor.
—No es de tu interés. —No quiero ser grosero con él, pero sólo de pensar que puede cortejarla una vez que nos lleguemos a divorciar.
Eso no va a pasar nunca.