New York- Usa. La noche caía sobre la gran manzana; Angélica, caminaba de prisa a su departamento, de pronto detuvo su paso de golpe al ver la impresionante silueta masculina de Carlos Duque avanzar hacia ella. —¿A ti no te quedó claro que no quería volver a verte? Él sacó del bolsillo de su abrigo un pañuelo blanco y lo agitó frente a sus ojos. —Vengo a hacer las paces con vos — indicó él. —¿Y qué te hace suponer que yo deseo eso? —indagó la joven. —Si te invito a cenar... ¿Aceptarías mis disculpas? —le preguntó él, con la mirada intensa y una sonrisa demasiado sensual, que Angélica, sintió como si le prendieran fuego a su piel, desde la punta de los pies hasta la cabeza, se erizó. —Pero traigo el uniforme del trabajo —indicó ella—, y no sé si quieras esperar a qué me cambie de ro

