Elizabeth lo condujo hasta la habitación, él parecía haber regresado a su época de la infancia, temblaba y respiraba agitado. —No tema, tranquilo —le decía la joven, mientras lo volvía a abrazar y le brindaba palabras de consuelo, hasta que poco a poco él se fue tranquilizando, sin embargo, ahora otra preocupación la embargaba, y era el haberle dicho quién era, temía tanto la reacción de él, que sintió ganas de salir huyendo; sin embargo, no lo podía dejar solo, no en las condiciones en las que él estaba. Como si fuera un niño le hizo acostar en la cama para que descansara, ella le quitó los zapatos, lo cubrió con una manta, entonces liberó un largo suspiro al contemplarlo. Se acercó a él y acarició las oscuras hebras del cabello de él, empezó a susurrarle frases de cariño, enseguida se

