Juan Morales elevó una silenciosa plegaria en alabanza a quienquiera que hubiese inventado el aire acondicionado para automóviles. Mientras se abría paso a través del interminable atasco que obstruía las calles de Ciudad de México, mantenía el aire acondicionado funcionando y las ventanas de su coche Pinto muy bien cerradas para evitar el calor y los gases que atestaban las concurridas calles de la gran metrópolis. Un taxista impaciente hizo sonar su bocina y agitó su puño furioso a Morales cuando intentó cambiar de carril un tanto bruscamente para el gusto del otro conductor. Morales simplemente levantó la mano y sonrió arrepentido al hombre que probablemente estaba agotado y sumamente estresado. Lanzó otra mirada al mapa de calles que se balanceaba peligrosamente sobre su regazo mientr

