—Mary Adams… —murmuró Isaac para sí mismo, mientras revisaba el perfil profesional de su más extraña y nueva obsesión.
Para el empresario fue una gran noticia saber que la señorita Adams era una mujer soltera. Esa información no descartaba un novio, o incluso un puñado de pretendientes, pero era un buen comienzo.
Ser la asistente del Gerente de Marketing Digital era el puesto más codiciado del tipo de compañía para la que trabajaba. Aquello era bastante impresionante, y derrumbaba las esperanzas que tenía Isaac de ofrecerle un mejor empleo en su propia compañía.
Él ya tenía un asistente al que no cambiaría por nada en el mundo.
—Qué lástima… —soltó un suspiro teatral, mientras observaba la imagen de la hermosa mujer con anhelo—. Me hubiese encantado llegar en mi corcel blanco y salvarte de un ambiente laboral de mierda, pero parece que no necesitas mi ayuda.
Isaac se recostó en su asiento, dispuesto a sumergirse en una espiral de ideas ingeniosas para acercarse a la bella Mary Adams.
Quizá plantarse fuera de su trabajo a la hora de salida era una muy mala idea. Aquel no era su estilo de todas formas. Eso lo haría lucir como un hombre desesperado.
Isaac Alexander no se encontraba en la posición de perseguir a una mujer. Eran ellas quienes hacían fila para conseguir un poco de su atención.
Y, en esta ocasión en particular, él solo necesitaba colocarse en el punto de mira de la sexy mujer con curvas de diosa.
—Eventualmente… algo se me ocurrirá —soltó con tono sosegado. Sus dedos golpearon la superficie de su escritorio en intervalos cada vez más largos; lo que significaba que un par de ideas interesantes comenzaban a surgir en su mente.
─── ❖ ── ✦ ── ❖ ───
Mary recargó la cabeza contra el asiento de su auto, en cuanto recobraba las fuerzas para bajar de él y subir a su departamento.
Existía la posibilidad de que su jefe se encontrara allí, esperándola, como solía hacerlo desde que iniciaron con lo-que-sea que tuvieran.
El señor Davis tenía una copia de las llaves de su departamento, lo que le permitía entrar y salir del lugar a su antojo.
Mary revisó su teléfono celular en busca de algún mensaje nuevo de su jefe, pero no encontró nada, lo que fácilmente podía indicar que él se encontraba arriba.
—Mierda, mierda, cuando acabará… —resopló abatida.
El Martini que se bebió junto a Emma no la fortaleció lo suficiente como para sobrellevar el tener que dormir con su jefe esta noche.
Vivir su vida era tan humillante como práctica, así que no planeaba comportarse como una víctima.
Bajó del auto y caminó a través del estacionamiento con el corazón latiéndole a mil por hora.
—Al mal paso darle prisa…
Mary llegó a la puerta con las manos húmedas de sudor. Sacó las llaves de su bolso, y, dando el último resoplido de la noche, entró a su departamento, el cual se encontraba envuelto en una espesa penumbra.
Aquello la hizo sonreír.
George Davis no se encontraba en casa. Gracias a Dios... O, a la desafortunada nueva chica a la que se estuviera follando justo ahora.
Mary se quitó los tacones y caminó hasta el cuarto de baño. Necesitaba darse una ducha.
─── ❖ ── ✦ ── ❖ ───
Las implicaciones de lo que estaba a punto de hacer la hicieron maldecir en voz baja mientras deslizaba sus dedos sobre su cálido y húmedo sexo. Solo necesitó un par de caricias para mojarse y darle la bienvenida a su dedo medio, el cual, desde ya, estaba haciendo un mejor trabajo que George y su pene miniatura.
Mary echó su cabeza contra la almohada mientras retiraba su dedo y centraba toda su atención en la tarea de acariciar y frotar sus pliegues, haciendo presión el tiempo suficiente para enviar placenteras corrientes eléctricas a través de su cuerpo.
Tocarse a sí misma era lo único que la ayudaba a sobrellevar su decepcionante vida s****l. Era un gran alivio contar con una noche de soledad como esa, ya que, de otra manera, habría tenido que soportar el mete y saca de su jefe, el cual duraría aproximadamente diez minutos, luego, él caería rendido a su lado sin el menor interés de ayudarla a conseguir un mísero orgasmo, lo que la llevaría a arrastrar sus pies al baño para darse una ducha con final feliz.
Mary acarició sus pechos firmes y redondos, en cuanto introducía dos dedos en su húmedo y apretado orificio. La sensación de control que obtenía al ofrecerse a sí misma el placer que tanto anhelaba, la hizo sentir vértigo, pero no pasó mucho tiempo antes de sentir como sus dedos eran exprimidos por el fuego de una pasión con la que apenas podía lidiar por sí misma.
La respiración de Mary se tornó más y más pesada, conforme transcurrían los minutos en la sombría soledad de su habitación.
Su vientre se contrajo, sus muslos se apretaron alrededor de su muñeca, y al fin consiguió su tan preciado orgasmo.
La tensión en su cuerpo fue disminuyendo hasta desaparecer. Se sintió agotada, pero una sonrisa burlona se materializó en su rostro.
—Necesito una buena cogida —murmuró exhausta.
Mary se relajó el tiempo suficiente para que sus extremidades dejaran de sentirse como bloques de concreto. Luego, se puso de pie y se dirigió a la ducha para asearse.
Por ahora, tendría que conformarse con sus dedos, porque, desde su perspectiva poco optimista, no hallaba una salida cercana.
─── ❖ ── ✦ ── ❖ ───
A la mañana siguiente, Mary estacionó el auto en su lugar asignado cinco minutos antes de que comenzara su turno. El tráfico de las siete no era una buena excusa para llegar tarde, considerando que existía un motivo por el cual dicho contratiempo era tan popular entre quienes intentaban llegar a sus trabajos a las ocho, pero esta mañana en particular, no escuchó el despertador, y ahora debía lidiar con las consecuencias.
Mary tomó su bolso del asiento de copiloto, cerró la puerta, y corrió hasta el elevador sin prestar la más mínima atención en su entorno.
—Buenos días, señorita —dijo una voz grave justo detrás de ella mientras esperaba a que las puertas del elevador se abrieran.
—Buenos días —respondió distraída, mientras presionaba ansiosamente el botón del panel. Y como si fuera un llamado divino, el elevador abrió sus puertas revelando al menos siete personas que esperaban, como ella, llegar a sus respectivos pisos.
—Solo uno —dijo la chica que se encontraba manipulando el tablero del elevador.
Mary dio un paso al frente, pues, había sido la primera en llegar. Dos oficinistas le hicieron espacio para que encajar en el diminuto cubículo que compartían, y las puertas se cerraron una vez más.
—Piso siete, por favor —dijo, y la joven malhumorada secretaria de alguien presionó el botón con desdén.
Mary suspiró aliviada. Con suerte, a su jefe se le habrían pegado las sábanas luego de diez minutos de sexo mediocre con la desafortunada de turno.