Mary le echó un último vistazo a su hermoso vestido n***o estilo tubo —el cual se ceñía perfectamente a sus curvas— cuando bajó del auto con su bolso de mano y una expresión de «ya me quiero ir a mi casa» en todo su rostro.
Si bien la promesa de un amplio surtido de cócteles era atractiva, el hecho de que tendría que ser la acompañante de su jefe no lo era.
Mary salió temprano del trabajo, para ir a su departamento y alistarse. Mientras el señor Davis, por su parte, permanecería en la oficina hasta que llegara la hora del evento. Ella estaba segura de que su jefe no tardaría en aparecer en recepción con su habitual sonrisa falsa de comercial de dentífrico.
El hombre era lo suficientemente listo para detectar antes que nadie; quienes eran dignos de su desprecio, y quienes eran esos a los que debía lamerle el culo.
Mary pisó recepción con un nudo en su estómago. A su alrededor, más de una docena de personas platicaban en sus caros trajes cóctel, y, a pesar de que su apariencia no desencajaba con el resto, sus habilidades sociales si lo hacían.
No conocía a nadie, y no planeaba mezclarse. Era una suerte que de los dos; George Davis fuera el único con el potencial de beneficiarse al asistir a este tipo de reuniones, ya que, eso lo obligaba a esforzarse por llamar la atención de un par de peces gordos mientras ella se escabullía lejos de su incómoda compañía.
Mary tomó una bocanada de aire, cuando observó como finalmente los invitados fueron conducidos hasta el salón principal del hotel.
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—Jefe, no quiero que piense que estoy cuestionando sus órdenes, pero…
Isaac puso sus ojos en blanco en cuanto Tom comenzó a parlotear. Su asistente esperó a que estacionara el auto en el parqueo del hotel para insistirle con aquello de no presentarse a la fiesta cóctel organizada por la alcaldía.
—No comprendo para qué me necesita esta noche... —dijo Tom, impaciente.
Isaac chasqueó sus labios en dirección a su acompañante involuntario. Al empresario le intrigaba profundamente la actitud de Tom, pues, él no era el tipo de persona que renegara por hacer un par de horas extras.
—¿Te da miedo que la gente hable sobre nosotros? —bromeó—. ¿Qué hace un hombre de casi cuarenta años junto a un muchachito en sus veinte en una reunión como esta? —Isaac puso su mejor cara de hombre dolido.
Tom lo miró con horror.
—¿Qué? No, claro que no, ¿Por qué alguien tendría que prestarnos atención si quiera?
—Guau, ¿tan irrelevante soy ahora? —ironizó el empresario con una sonrisa astuta—. ¿Te da vergüenza ser el asistente del humilde CEO de una compañía de inversiones, cuando solías ser la mano derecha de quien ahora es alcalde de la ciudad?
—Nada de lo que dice tiene sentido, señor —Tom lucía desconcertado—. Por favor, no bromee.
Isaac soltó una carcajada que hizo estruendo en su vehículo.
—Relájate, te traje aquí porque estas reuniones son aburridas, y contigo puedo fingir que discuto temas importantes mientras bebo mi peso en alcohol —Isaac esbozó una sonrisa entrañable.
Tom no pudo evitar que una pequeña sonrisa se dibujara en su rostro.
—De acuerdo, comprendo. Ya estamos aquí de todos modos.
Isaac asintió, a pesar de continuar albergando en su mente muchas preguntas que no obtendrían respuestas de un Tom sobrio. Tal vez, un par de Margaritas le aflojarían la lengua.
—Me gustaría saber por qué estás tan renuente a estar aquí —Isaac se quitó el cinturón de seguridad, acción que fue imitada por su asistente, solo que este decidió abrir la puerta del copiloto y bajar del vehículo.
—Se hace tarde, jefe.
Y así, Isaac no tuvo más remedio que ponerle seguro a su auto, e intentar alcanzar a su asistente, quien daba largas zancadas a través del estacionamiento.
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Isaac asintió en dirección a un par de mujeres que disfrutaban de los primeros sorbos de sus bebidas. Ambas; bellas y maduras, no aparentaban más de cuarenta años.
El aura de picardía con la que miraban a Isaac fue una caricia para su ego, ya que no dudaron en echarle un vistazo de pies a cabeza, culminando con un par de asentimientos de aprobación entre ambas.
Isaac poseía un excelente concepto de sí mismo, y es que existían pocos hombres de su edad; que tuvieran bajo su cargo compañías a las que debían invertirle tanto tiempo y esfuerzo, que la idea de enfrascarse en rutinas para cuidar sus apariencias físicas era simplemente inviable.
Esa era una de las ventajas de seguir soltero. Todos los días eran días de caza, y para tener éxito en el arte de la seducción, había que tener ciertos anzuelos que atrajeran a sus presas; además de un traje, y un llamativo reloj de más de dos mil dólares en la muñeca.
Isaac le dio una ligera palmadita a la espalda tensa de su asistente, quien parecía encogerse un poco más con cada paso que daba dentro del salón.
—Tom, ve por un Whisky, yo iré a estrechar algunas manos, ya regreso, ¿de acuerdo?
—Claro, jefe.
Isaac se mezcló en un mar de saludos y falsas cortesías. Hasta que a lo lejos divisó al flamante alcalde de la ciudad. Él también se encontraba estrechando algunas manos junto a su bella esposa; una rubia de piernas esbeltas que parecía sacada de una revista de alta costura.
El alcalde Eric Coleman, era un hombre de treinta y dos años con un historial intachable, o eso decían los medios sobre su imagen pública. Isaac siempre quiso saber un poco más sobre la vida privada de tan misterioso personaje, pero Tom, quien había trabajado con él hace un par de años, jamás dijo ni una sola palabra al respecto.
Su asistente era un hombre leal.
O, era lo suficientemente inteligente para evitar meterse en problemas con el hombre que gobernaba su ciudad natal.
Dejando de lado aquel hilo de pensamiento, Isaac escaneó el lugar con la mirada. Tenía la ligera esperanza de ver a alguno de sus colegas por ahí, disfrutando de las bebidas, mientras buscaban un potencial rollo de una noche.
Los hombres con dinero, y fama de mujeriegos, eran los más optimistas.
Tras barrer el salón con la mirada, Isaac se topó con una gran sorpresa.
—No puede ser… —murmuró atónito.
Los ojos de Isaac por poco se escapan de sus órbitas cuando vio a Mary Adams de pie a un par de metros, siendo rodeada por el usual grupo de personas que beben y hablan sobre un montón de mierda tediosa e insufrible.
Los hermosos labios de la mujer se encontraban tensos en una mueca que pretendía ser una sonrisa, y, junto a ella, se hallaba un hombre cuya cercanía era demasiado íntima como para ser un simple conocido.
El sujeto era mayor a ella por unos veinte años, aproximadamente, e Isaac no supo en que momento su buen ánimo se esfumó, pues, ahora él no era más que un hombre de rostro serio —como tantos a su alrededor— que no podía apartar la mirada de la bella mujer que se encontraba aferrada a su copa, bebiendo de su margarita como si se le fuera la vida en ello.