En busca de algo más

1316 Words
Isaac caminó hasta su complejo de oficinas por pura inercia. Él se hallaba perdido en sus pensamientos desde su bochornoso intento por acercarse a la bella Mary Adams. —Ella ni siquiera me miró —murmuró incrédulo para sí mismo, en cuanto era recibido por el guardia en la puerta. —Buenos días, señor Alexander —dijo atentamente aquel joven inmigrante al que todos acudían en busca de ayuda. Él era el más comedido y servicial de todos quienes tomaban ese puesto a diario—. ¿Cómo se encuentra esta mañana? —He visto días mejores, Hari —Isaac se quitó las gafas de sol color mostaza con una expresión de abatimiento—. Creo que estoy perdiendo mi toque. —¿A qué se refiere, señor? Isaac esbozó una sonrisa nostálgica, antes de sacudir su cabeza para evadir el tema. —Nada, cosas del trabajo —mintió—. Por cierto, ¿mi asistente ya llegó? Esta mañana me mandó un mensaje, dijo que llegaría media hora más tarde de lo habitual, ¿lo viste pasar? —Oh, ¿el joven Tom? Sí, llegó como hace diez minutos. —Genial, gracias, nos vemos luego —Isaac se disponía a marcharse, pues, quizás ahora las mujeres lo ignoraban, pero el trabajo jamás lo dejaría tranquilo, hasta que vio el puesto vacío junto a Hari. —¿Ustedes no eran dos? Hari rio genuinamente. —Sí, pero mi compañero Billy tomó sus vacaciones por adelantado, se casó este fin de semana. La mandíbula de Isaac colgó abierta por el asombro. —¡¿Qué?! ¿El muchachito larguirucho que parecía recién salido de la secundaria ya se casó? Isaac, en una ocasión, se sintió tentado a llamar al Comité Nacional del Trabajo Infantil la primera vez que vio a ese muchacho con un uniforme de guardia, pero le sorprendió enterarse de que en realidad el chico tenía diecinueve años, y que era completamente legal que trabajara como velador suplente. —Sí, el mismo. —Vaya, era muy joven para casarse —comentó Isaac sin salir del asombro. —Bueno, ya sabe lo que dicen sobre el amor; cuando encuentras a esa persona especial, el matrimonio se convierte en el siguiente gran paso. Isaac negó con una sonrisa suspicaz. Él se encontraba a punto de cumplir los cuarenta, y la idea de casarse jamás se le cruzó por la mente. —Bueno, no lo sé, jamás me he enamorado a ese punto, supongo. —Algún día lo hará —dijo optimista—. Ya verá. —No lo creo. —Opinó el empresario, y sin darse cuenta, le echó una última mirada al complejo de oficinas que quedaba cruzando la calle. ─── ❖ ── ✦ ── ❖ ─── Mary acomodó los cabellos de su coleta antes de reportarse con su jefe esa mañana. Este, desafortunadamente, ya se encontraba en su oficina con su habitual expresión de amargura. Nada nuevo bajo el sol. —Casi no llegas —soltó como saludo a penas la vio cruzar por la puerta. —Lo siento, señor, sé que debo llegar cinco minutos antes de que comience mi turno, pero hoy hubo mucho tráfico. —Como todos los días, Mary —dijo sin levantar la vista—. ¿Despertaste con resaca? —No bebí tanto —respondió de mala gana. George Davis levantó una ceja, mientras revisaba los documentos frente a él. La mirada que le dedicó por un par de breves segundos era una advertencia. Mary era su propiedad. Ella simplemente no podía salir a cenar con una amiga sin pedirle permiso al hombre mayor que firmaba sus cheques a fin de mes. —Lamento no haberle avisado con antelación de que saldría con Emma —dijo Mary masticando las palabras. —Espero que cumplas tu palabra, y que esto no se vuelva a repetir, Mary. Concluyó el hombre de cabellera blanca y ojos oscuros sin vida. —Tiene mi palabra, no se volverá a repetir —mencionó con una sonrisa forzada. —Bien, ¿Qué compromisos tengo para hoy? —Dos reuniones; una con el departamento de contabilidad, y otra con los directivos de la compañía alfa. Luego, en la noche, tiene esa invitación a la fiesta cóctel de la alcaldía. —¿Ya confirmaste mi asistencia? —Sí, usted y un acompañante. —Perfecto —dijo, esbozando una sonrisa cínica—. Es un evento importante, la crema y nata de la ciudad estará allí. Mary asintió. Con suerte, su jefe llevaría a alguna de sus nuevas amantes al evento. Quizá, vaya con esa guapa francesa de veinte años a la que le está pagando un departamento en el centro. —Quiero que me acompañes. «¡Maldición!» —Claro, señor, será un placer. «Hijo de p.u.t.a.» ─── ❖ ── ✦ ── ❖ ─── Isaac sonrió para sí mismo, mientras consideraba lo ridículo que debía verse allí de pie, mirando con unos binoculares a la mujer que trabajaba al otro lado de la calle. El escritorio de la señorita Adams —desafortunadamente— se encontraba fuera de su rango de visión, pero aun así, él podía deleitarse con aquellas esbeltas piernas recorriendo la estancia mientras entregaba y recogía documentos. Isaac maldijo más de una vez a los idiotas que se detenían para mirarla al pasar. Ellos creían que nadie los observaba, pero estaban muy equivocados. —Bastardos —gruñó, tras observar como un pelón de gafas apartaba la mirada de su monitor para echarle un vistazo al culo redondo y firme de la señorita Adams. Isaac podía asegurar que si ese hombre trabajara para él, ya habría sido despedido hace mucho. Sus sucios ojos podrían concentrarse en el trabajo. Isaac se mordió la lengua más de una vez, pero jamás admitiría que lo que hacía con esos binoculares, no era muy diferente a lo que hacían todos esos sujetos que trabajaban alrededor de la señorita Adams. —Esto es solo temporal… —murmuró con una sonrisa jocosa. El sonido de la puerta lo hizo voltearse a la velocidad de un rayo. El suave toque, era sin lugar a dudas, el de su asistente. Isaac ocultó los binoculares en el primer cajón de su escritorio antes de permitirse soltar un: «Pasa». —Jefe, ya entregué el informe del último trimestre al departamento de contabilidad, pero necesito su firma aquí —dijo apenas puso un pie en la oficina—. Y también necesito saber si irá a la fiesta cóctel del alcalde, por si no lo recuerda, es esta noche. El empresario se hundió en su silla, agotado de solo pensar en ese festival de autofelaciones altruistas al que se vería obligado a asistir si quería continuar manteniendo una buena relación con el hombre que gobernaba la ciudad. —El alcalde de Golden Town necesita replantearse toda esta parafernalia, ¿no crees? —Isaac firmó los documentos que Tom le puso enfrente—. Quizás puedas hablar con él, después de todo, solía ser tu jefe. Las manos de Tom se congelaron antes de que pudiera apartar la última página del papeleo que le presentó al empresario. Consternado, elevó su mirada —por lo general carente de emociones— para toparse con el ceño fruncido de su jefe. —¿Qué sucede? —Preguntó Isaac, ingenuo—. Esta noche me acompañarás al cóctel y no acepto un «no» como respuesta. —Jefe, si me lo permite, preferiría no asistir. —¿Y eso por qué? Siento que siempre tienes una excusa para dejarme ir solo. Pero esta vez no te librarás de este compromiso. Eres mi asistente, y quiero que estés ahí, ¿entendido? Tom tragó saliva antes de asentir. —Claro, jefe, como usted ordene. —Genial, anda alistando todos nuestros pendientes, saldremos media hora antes hoy. Tom se tragó cualquier objeción que tuviera en mente, antes de darse media vuelta y regresar a su escritorio.
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