Capítulo 2: Hambre

1622 Words
Jax La observé durante un rato largo después de que despertara, sentado en esa silla que había arrastrado desde el rincón del taller. Me gustaba saborear su miedo antes de acariciarlo; era como dejar un buen vino añejarse. Verla forcejear contra lo inevitable, sentir cómo el aire del taller se cargaba con su angustia, era la culminación de meses de hambre contenida. Ella no era una víctima al azar; era la arcilla que yo finalmente empezaría a esculpir. El lugar era perfecto para esto: un viejo taller abandonado en las afueras de la ciudad, con paredes de hormigón agrietado que absorbían cualquier sonido del exterior y un olor persistente a aceite y herrumbre que se mezclaba con el sudor de su piel. Había planeado cada detalle durante meses, desde el momento en que la vi por primera vez en la oficina, con su cabello cayéndole sobre los hombros mientras se servía su café n***o. Catalina Ortega. Veinticuatro años, sola en el mundo, con esa sonrisa que me atraía como un imán. Sabía que la necesitaba, que tenía que hacerla mía, y ahora estaba aquí, atada a esa silla de madera que crujía con cada movimiento que ella intentaba escapar. Su respiración se aceleraba bajo el saco n***o que le cubría la cabeza, un tejido grueso que le impedía ver pero permitía que el aire filtrara lo suficiente para que no se asfixiara. Me gustaba eso: la privación sensorial que hacía que cada toque, cada sonido, cada sensación se amplificara en su mente. Cuando entré, me acerqué con pasos lentos, deliberados, para que escuchara el eco de mis botas sobre el suelo sucio. No dije nada al principio; dejé que el silencio se espesara, interrumpido por el goteo constante de una tubería rota en algún lugar detrás de nosotros. Cuando estuve lo bastante cerca, extendí la mano y rocé con la yema de los dedos el borde del saco, justo donde se encontraba con su cuello. El pulso le latía con fuerza bajo la piel, rápido, torpe, delatando su miedo… mezclado con algo más. Algo que yo sabía despertar. —No te muevas —murmuré cerca de su oído, mi voz baja y controlada, como si estuviera calmando a un animal salvaje—. Solo voy a hacer que te sientas bien, Catalina. Eso es todo lo que quiero. Ella se tensó, pero no gritó. Sus muñecas tiraron de las cuerdas que la mantenían atada a los brazos de la silla, y noté cómo la piel se enrojecía bajo las ataduras. Me incliné más, inhalando su aroma: una mezcla de perfume floral sutil y el sudor fresco del pánico. Con la yema de los dedos, tracé una línea lenta desde su cuello expuesto hasta su clavícula, sintiendo cómo su piel se erizaba bajo la caricia. Mis callosidades rozaron su suavidad como una advertencia silenciosa de lo que vendría. Sabía que ese escalofrío no era solo terror; era el sistema nervioso alerta ante la invasión. Su piel reclamaba mi mano mientras su mente gritaba por huir, una dicotomía que me resultaba exquisitamente deliciosa. Besé su cuello entonces, un beso suave al principio, solo los labios apenas tocando la curva donde el pulso latía con fuerza. Ella jadeó, un sonido ahogado que se filtró a través del saco y me robó una sonrisa que oculté contra su piel antes de profundizar el beso, mordisqueando lo suficiente para que sintiera el borde de mis dientes sin causarle una herida real. Sus hombros se sacudieron, pero no se apartó; no podía. Mis manos bajaron por sus brazos, deteniéndose en las cuerdas para asegurarme de que estuvieran firmes, y luego continuaron hacia su torso. Desabroché su blusa con cuidado, botón por botón, exponiendo la piel de su pecho al aire frío del taller. El contraste con el calor de mi aliento hizo que sus pezones se endurecieran bajo el encaje de su sostén. Lo aparté, tocándola con los pulgares alrededor de los picos endurecidos, presionando lo justo para que un gemido escapara de sus labios. Eso era música para mí, ese sonido involuntario que confirmaba lo que ya sabía: su cuerpo anhelaba esto, incluso si su cordura luchaba por negarse. Me arrodillé frente a ella, mis rodillas afirmadas en el suelo polvoriento y deslicé las manos por sus muslos. Llevaba una falda que se había subido un poco durante el forcejeo, y aproveché eso para acariciar la piel interna de sus piernas, subiendo lentamente hacia arriba. Sentí el temblor en sus músculos, la forma en que intentaba juntar las rodillas para no darme acceso, pero las ataduras en los tobillos se lo impedían. Mi boca volvió a su cuello, besándolo con más urgencia ahora, lamiendo la sal de su sudor mientras mis dedos alcanzaban el borde de su ropa interior. La provoqué allí, frotando con ligereza sobre la tela, sintiendo la humedad que ya se acumulaba. Ella estaba excitada, a pesar de todo; su cuerpo respondía a mí como si lo hubiera estado esperando. Saqué el vibrador del bolsillo de mi maletín… un dispositivo pequeño, discreto, con una superficie suave y una vibración ajustable que había probado antes para asegurarme de que fuera perfecto. Lo encendí en el nivel más bajo, y el zumbido bajo llenó el silencio del taller, un sonido que ella debió reconocer porque su respiración se entrecortó. Lo presioné contra su muslo primero, dejando que la vibración se extendiera por su piel, subiendo centímetro a centímetro hasta llegar al medio de lo que ocultaban sus piernas. Quería que sintiera la máquina antes que al hombre, que comprendiera que incluso su placer era algo que yo le administraba por goteo, como una droga. Cuando la vibración alcanzó su clítoris, el gemido que soltó no fue de alegría, sino de traición. Su cuerpo se estaba rindiendo a mis deseos mientras ella seguía atrapada en su propia oscuridad. Aumenté la intensidad de a poco, observándola retorcerse, sus caderas moviéndose involuntariamente hacia el estímulo. —Dime que lo quieres —susurré contra su cuello, besándolo de nuevo, succionando la piel hasta dejar una marca que sabía que duraría días—. Ruega por más, Catalina. Quiero oírte pedírmelo. Ella negó con la cabeza bajo el saco, pero su cuerpo se contradecía: sus muslos se tensaban, sus pechos subían y bajaban con respiraciones rápidas, su humedad aumentaba. Saqué un consolador de piel sintética suave del bolso, uno curvo diseñado para estimular los puntos internos sin necesidad de penetración agresiva. Lo lubricé con un gel que olía a vainilla, un toque que contrastaba con la crudeza del entorno y lo deslicé bajo su ropa interior, presionándolo contra su entrada sin entrar del todo. Lo moví en círculos lentos, combinándolo con el vibrador, creando un equilibrio de sensaciones que la hicieron jadear. Sus gemidos se volvieron más fuertes, más desesperados. Era evidente que la excitación crecía. El calor emanaba de ella por cada poro de su piel. Su cuerpo se contraía alrededor del juguete, su pecho se detenía, conteniendo el aire en sus pulmones. No le daría con nada más que eso; quería que anhelara lo real, que suplicara por mi piel. Me incliné más cerca, mi boca descendiendo por su pecho, lamiendo y succionando sus pezones mientras los juguetes hacían su trabajo. Ella se acercó al borde rápidamente, su voz rompiéndose en súplicas incoherentes que no eran exactamente lo que yo quería oír, pero que me excitaban de todos modos. Cuando llegó el primer orgasmo, lo bebí con ansias de su cuerpo: mi boca en su cuello, sintiendo el pulso acelerado, replicando sus gemidos. Su cuerpo se convulsionó, las cuerdas crujiendo con la fuerza de sus movimientos, pero yo no detuve los juguetes; los mantuve allí, prolongando el placer hasta que las ondas de éxtasis la recorrieron una y otra vez. Ella lloriqueó, una mezcla de placer y confusión, dudosa de lo que estaba pasando afuera del saco que la cegaba, pero totalmente entregada a las sensaciones. Aumenté la vibración, introduciendo el consolador un poco más profundo sin llegar a la penetración completa, y esperé el segundo clímax. —Pídemelo —insistí, mi voz ronca ahora, mi propio deseo conteniéndose con esfuerzo—. Ruega por mí, Catalina. Dime que me quieres dentro de ti. Ella jadeó, su cabeza cayendo hacia atrás, pero no dijo las palabras. O ya no le quedaban fuerzas, o solo me estaba desafiando. El segundo orgasmo la golpeó con más fuerza, su cuerpo temblando violentamente, y yo lo absorbí todo: el sonido de sus gemidos, el aroma de su excitación, la forma en que su piel se ruborizaba incluso bajo la oscuridad que la cubría. Lo prolongué con caricias expertas, mis dedos uniéndose a los juguetes para explorar cada punto sensible, hasta que un tercero la dejó exhausta, sus músculos relajándose por un momento en la silla. Solo cuando la vi satisfecha me aparté, apagando el aparato y dejando que el silencio regresara, interrumpido solo por su respiración entrecortada. Sabía que esto era solo el comienzo; que su duda se convertiría en anhelo y que, al final, me rogaría. Pero, por ahora estaba satisfecho con haberla llevado al límite, con haber bebido de sus orgasmos porque, sin duda alguna, era como lo había imaginado: el elixir que había estado buscando durante toda mi vida. El taller volvió a su quietud, el goteo lejano recordándome que el tiempo estaba de mi lado. Me puse de pie, dejando que el zumbido de sus propios orgasmos todavía vibrara en el aire estancado. La miré allí, rota y temblorosa, una joya envuelta en trapos sucios. Ella creía que esto era un secuestro, pero en realidad era una metamorfosis. Catalina ya era mía; mi único trabajo ahora era asegurarme de que no recordara cómo se sentía pertenecerle a alguien más.
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