Catalina
Jax cumplió su promesa. Me folló todo el día. Y toda la noche.
No hubo pausas reales. Solo breves momentos en los que me dejaba jadear, tragar saliva y agua a sorbos desesperados antes de volver a hundirse en mí. Mi coño estaba hinchado, rojo, sensible hasta el punto del dolor insoportable, pero cada vez que intentaba cerrar las piernas él las abría de nuevo con rudeza, metiéndome los dedos, la lengua, su polla gruesa sin piedad.
El consolador estuvo enterrado en mi culo durante horas, vibrando en bajo cuando él quería torturarme más, y yo lloraba de placer y agotamiento al mismo tiempo.
Creo que me deshidraté de tanto correrme; mi cuerpo era un desierto que solo su humedad podía saciar. Tenía los labios agrietados y el pulso errático, pero el agotamiento no era una señal de alto, sino un combustible oscuro.
Cada vez que él se alejaba unos centímetros, el frío de la habitación me golpeaba como un insulto, y mis caderas se elevaban en un espasmo involuntario, mendigando el regreso de su peso. Había dejado de ser una mujer para convertirme en un nervio expuesto.
Al final del día ya no luchaba. Me había rendido. Completamente.
Estaba boca arriba en la cama deshecha, las sábanas empapadas de sudor, semen y mis propios jugos. Jax estaba encima de mí, todavía dentro, moviéndose lento ahora, casi perezoso, como si disfrutara de cómo mi coño se contraía exhausto alrededor de él.
Las lágrimas corrían por mis mejillas sin parar. No eran solo de dolor. Eran de rendición absoluta.
—Por favor… —sollocé, la voz rota, apenas un hilo—. Jax… necesito sentirte… por favor…
Él se quedó quieto un segundo, mirándome con esos ojos oscuros que parecían tragarse todo. Vi fascinación pura en su cara. Como si nunca hubiera esperado que yo llegara a esto. Que yo le rogara con lágrimas mientras mi cuerpo se deshacía debajo de él.
—Joder, Cata… —murmuró, casi con reverencia—. Mírate. Llorando por mi polla. Rogándome que te destroce más.
Me soltó las muñecas de las cuerdas por fin. Mis brazos cayeron pesados a los lados un segundo, entumecidos. Luego, sin pensarlo, los levanté y los envolví alrededor de su cuello, atrayéndolo hacia mí con rabia y deseo crudo.
Lo besé como si quisiera devorarlo. Mordí su labio inferior hasta que sentí el sabor metálico de la a sangre, metí la lengua en su boca con desesperación, gimiendo contra él mientras mis uñas se clavaban en su espalda.
Él gruñó, un sonido animal, y se dejó caer de espaldas en la cama, llevándome con él. Quedé encima. Por primera vez, tenía el control. O al menos, él me lo permitió.
Me senté sobre él, reclamando su dureza con una voracidad que me asustaba. Al hundirme de un solo golpe, el grito que solté no fue de dolor, sino de triunfo. Por primera vez, no era él quien me invadía.
Era yo quien lo devoraba.
Sentir cómo mis paredes lo rodeaban mientras yo marcaba el ritmo me dio una embriaguez de poder nueva. Si él era mi dueño, yo iba a ser la razón de su perdición.
Empecé a mover las caderas con ansias, subiendo y bajando, girando, sintiendo cada vena, cada centímetro estirándome hasta el límite. Mis manos se apoyaron en su pecho, palpando los músculos duros, los tatuajes que serpenteaban bajo mi palma.
Era peligroso. Lo sabía. Era un asesino, un psicópata, el hombre que me había secuestrado, roto y reconstruido a su imagen. Y aun así, estaba fascinada. Adicta a su fuerza, a su crueldad, a cómo me hacía sentir viva de una forma que nadie más había logrado.
Me corrí la primera vez rápido, temblando encima de él, chorros calientes salpicando su abdomen mientras gritaba su nombre. No paré. Seguí moviéndome, más rápido, más desesperada.
El segundo orgasmo llegó como una ola brutal, mis uñas clavándose en su pecho, dejando marcas rojas.
El tercero me dejó sin aliento, mi cabeza cayendo hacia atrás, lágrimas frescas rodando mientras mi coño se contraía violentamente alrededor de su polla.
Jax gruñía debajo de mí, los dientes apretados, las manos en mis caderas levantándome y bajándome con fuerza. De pronto levantó sus caderas del colchón y empezó a embestir desde abajo, clavándose tan profundo que sentí que me partía en dos. Gimiendo mi nombre:
—Cata… joder, Cata…— con esa voz ronca que me volvía loca. Me encantaba escucharlo perder el control. Gruñir, jadear, maldecir mientras me follaba sin piedad.
—Siente cómo te parto, zorra… cómo te lleno hasta el fondo… —gruñó, embistiendo más fuerte—. Vas a correrte otra vez… vas a ordeñarme hasta la última gota…
El cuarto orgasmo me golpeó como un rayo. Grité su nombre, el cuerpo convulsionándose, y en ese momento él se tensó debajo de mí, gruñendo mi nombre una última vez antes de correrse dentro. Chorros calientes, profundos, llenándome hasta que sentí cómo se desbordaba alrededor de su polla y goteaba por mis muslos.
Me derrumbé sobre su pecho, jadeando, temblando. Él me envolvió con los brazos por primera vez. No fue posesivo ni brutal. Fue… tierno. Me abrazó contra su pecho, una mano acariciándome la espalda en círculos lentos, la otra enredada en mi cabello húmedo. Besó mi sien, suave, casi con cuidado.
—Cata… —susurró, la voz baja, ronca—. Duerme.
Me quedé ahí, escuchando su corazón latir fuerte contra mi mejilla. Pasaron horas. Su respiración se volvió profunda, regular. Se había dormido.
Y entonces lo pensé.
Podía haber corrido. La puerta estaba ahí, una promesa de luz y leyes. Pero mientras mis pies tocaban el suelo frío, me di cuenta de que ya no hablaba el mismo idioma que la gente de afuera.
No me moví hacia la puerta para irme, sino para tentar al diablo. Necesitaba saber que no me dejaría ir.
Cuando su mano se cerró sobre mi muñeca, el pánico no llegó; lo que sentí fue una descarga de adrenalina que me hizo sonreír en la oscuridad.
Mi libertad era su mano apretándome.
Me giró con fuerza. Estaba despierto. Ojos abiertos, brillantes en la penumbra.
—¿Quieres que te castigue, zorra? —preguntó, la voz baja, peligrosa, pero con un toque de diversión oscura.
Sonreí. Una sonrisa lenta, rota, llena de deseo.
—Esperaba que me atraparas —susurré, y la confesión fue el último clavo en el ataúd de mi antigua vida.
Me arrodillé por voluntad propia, con la devoción de una creyente frente a su único altar. Al tomarlo en mi boca, no solo estaba aceptando su polla.
Estaba aceptando mi destino.
Saborear nuestras esencias mezcladas era saborear mi nueva realidad. Una donde el sol ya no salía. Jax era la única luz que mi cuerpo estaba dispuesto a reconocer.
Chupé con hambre, lamiendo cada centímetro, tragándola hasta el fondo mientras lo miraba a los ojos. Gemí alrededor de su carne, vibrando contra él, haciéndolo gruñir, mientras enredaba los dedos en mi cabello.
—Buena puta… —jadeó—. Chúpame hasta que me corra otra vez en tu garganta. Y después… después voy a follarte hasta que amanezcas rogando por más.