Capítulo 19: Victoria amarga

1255 Words
Catalina Salí de la oficina de Jax con las piernas temblando y el calor de su semen todavía entre ellas. Me había limpiado lo mejor que pude en el baño privado que tenía en su despacho, pero sentía el calor húmedo, el recordatorio pegajoso de cómo me había follado contra el escritorio mientras me tapaba la boca para que nadie escuchara mis gritos. Ajusté la camiseta de cuello alto, me alisé el cabello y volví a mi escritorio como si nada hubiera pasado. Nadie pareció notar nada. O al menos, eso esperaba. El resto del día transcurrió con una normalidad casi irreal. Respondía correos y asintía en reuniones, pero me sentía como un fantasma habitando un cuerpo que ya no me pertenecía. Mi verdadera existencia se reducía al latido persistente entre mis piernas y al recuerdo de sus manos cerrándose en mi garganta. La oficina, con sus luces fluorescentes y su olor a papel, era una mentira; la única verdad era el calor de Jax que todavía goteaba lentamente de mi interior, recordándome quién era mi dueño. Cada vez que cerraba los ojos veía sus manos en mi garganta, su polla entrando y saliendo sin piedad, su voz ronca ordenándome que dijera que era suya. Y luego empezaron los rumores. En la máquina de café, dos compañeras de marketing hablaban en voz baja. —¿Viste al nuevo jefe? Dios, está buenísimo. Pero dicen que es frío como el hielo. No sonríe ni a la secretaria más linda. La otra se rió. —Frío, pero sexy. Me muero por ver si es tan duro en la cama como parece en la oficina. Escuchar a esas mujeres desearlo me provocó una punzada violenta en el pecho, una sed de sangre que nunca supe que poseía. No era miedo a perderlo; era el instinto territorial de una loba viendo a extraños merodear su presa. Quería gritarles que su frialdad era un muro que solo yo había saltado, que el hombre que ellas veían como un ejecutivo 'sexy' era el mismo monstruo que me había destrozado el culo esa mañana. Esos celos no me hacían sentir débil, me hacían sentir peligrosa. Intenté ignorarlo. Volví a mi escritorio, respondí un mail, pero el nudo en el estómago crecía. Cada vez que veía a una compañera arreglarse el cabello o levantarse la falda un poco más antes de pasar cerca de su oficina, sentía ganas de gritarles que se alejaran. Que él no era para ellas. Que su polla, su boca, sus manos, todo eso era para mí. Lo vi rechazar a varias. Una rubia de recursos humanos entró con una carpeta y salió dos minutos después con la cara roja. Otra intentó coquetear en el pasillo; Jax la miró como si fuera un mueble y siguió caminando. Cada rechazo me hacía sentir poderosa. Me hacía mojarme de nuevo solo de verlo ignorarlas a todas. Solo me miraba a mí. Solo a mí. Pero entonces algo pasó. Vi cómo llamó a una mujer a su oficina. Alta, morena, con falda lápiz y tacones altos. La de finanzas, creo. Entró con una carpeta gruesa y cerró la puerta detrás de ella. El mundo se me vino abajo. Me puse de pie sin pensar. Fui a la máquina de café, preparé uno n***o y caminé hacia su oficina con el vaso temblando en la mano. Mientras avanzaba por el pasillo, mi mente me traicionó. Imágenes brutales: Jax levantándola sobre el escritorio, arrancándole la blusa, metiéndole la polla mientras ella gemía su nombre. Él mordiéndole el cuello, follándola duro como me follaba a mí, corriéndose dentro de ella. La rabia me quemaba la garganta. Los celos me nublaban la vista. Golpeé la puerta y entré en su despacho como quien entra en un campo de batalla, con los pulmones ardiendo por una rabia que sabía a bilis. Él estaba sentado en su silla, detrás del escritorio, con expresión calmada. La mujer estaba al otro lado, sentada en un sofá, revisando unos papeles. Verlo tan impasible mientras la morena de finanzas lo miraba de reojo, me hizo querer romper algo. Jax levantó la vista y me miró. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios. —Gracias por el café, Catalina —dijo con voz neutra, profesional—. Puedes dejarlo aquí. La mujer levantó la cabeza, confundida. —Señor, ¿necesita algo más? Jax la miró un segundo. —Déjanos solos, por favor. Ella frunció el ceño, pero asintió, salió y cerró la puerta. Me quedé parada allí, con el café en la mano, sintiéndome ridícula. Avergonzada. Celosa como una adolescente. —Creí que tú… y ella… —murmuré, bajando la mirada—. Yo pensé que estabas… Jax se rió. Bajo. Oscuro. Ese sonido que me ponía la piel de gallina. —¿Estás celosa, Catalina? —preguntó, y su voz no había burla, sino una satisfacción depredadora. Le gustaba verme así, consumida por la misma obsesión que lo gobernaba a él. Disfrutaba comprobando que el veneno que me había inyectado finalmente había llegado a mi corazón. Asentí, sin poder mirarlo. Él se levantó despacio, rodeó el escritorio y se paró frente a mí, a una distancia considerable. Tomó el café de mi mano y lo dejó a un lado. Luego, sin decir nada, se desabrochó el pantalón. Sacó su polla. Ya estaba dura, gruesa, venosa, la punta brillante de pre semen. La sostuvo orgulloso, mirándome a los ojos. —Esto —dijo, la voz ronca—. Esto provocas en mí. Solo tú. Nadie más. Tragué saliva. El calor entre mis piernas se volvió insoportable. —Ahora sé una buena chica y chúpala. Corrí hacia él casi sin pensarlo. Me arrodillé mientras él se apoyaba en el escritorio, me lamí los labios y me la metí en la boca. Hasta el fondo. Hasta las bolas, como él me había enseñado. Gemí alrededor de su carne, vibrando contra él. Mis manos subieron por sus muslos, una envolviendo la base mientras lamía y chupaba sus bolas, alternando con succiones profundas en la cabeza. —Joder… así… hasta las bolas… —gruñó él, enredando los dedos en mi cabello. No se aguantó más. Me tomó de la nuca y empezó a follarme la boca con embestidas cortas y brutales. Su polla golpeaba el fondo de mi garganta, saliva cayendo por mi barbilla. Gemí ahogada, las lágrimas rodando por mis mejillas, pero no paré. Quería todo de él. Se corrió con un gruñido ronco, chorros calientes llenándome la boca, la garganta. Tragué todo lo que pude, el resto goteando por mi mentón. —Así… buena chica… trágatelo todo… Cuando terminó, me levantó por los brazos y me sentó en el borde del escritorio. Me miró a los ojos, todavía jadeando. —No quiero a nadie más —dijo, la voz baja, casi vulnerable—. Solo a ti. Tú me pones así. Solo tú me haces perder la cabeza. Me quedé quieta, el corazón latiéndome fuerte. Las palabras se clavaron en mí como una marca invisible. Sonreí, todavía con el sabor de él en la boca. —Entonces no vuelvas a encerrarte con nadie en la oficina —susurré. Él me besó. Lento. Profundo. Sin prisa. —Nunca más —prometió. Salí de su oficina con la barbilla en alto y el rastro de su orgasmo quemándome la garganta. Era una victoria amarga, pero era mía. Al caminar de vuelta a mi escritorio, sentí las miradas de mis compañeras, pero ahora no me importaban. Ellas tenían la fantasía. Yo tenía el sabor de su realidad.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD