Capítulo 4: Orgullo corroído

1433 Words
Jax Su silencio después de mis palabras fue como una bofetada. Me quedé allí, arrodillado frente a ella, con el sabor de su excitación aún en mi lengua, y sentí cómo la rabia se mezclaba con el deseo que me consumía. Catalina había gemido, había temblado bajo mi boca, pero no me había dado lo que necesitaba. Quería oírla rogar por mi polla, admitir que me deseaba tanto como yo a ella. Su silencio la había hecho merecedora a un castigo, iba a castigarla. No solo con dolor real, sino con placer forzado, hasta que su cuerpo suplicara por ella. Me puse de pie con un movimiento fluido, el eco de mis botas resonando en el taller como su sentencia. El aire estaba cargado, denso; olía a aceite rancio, a polvo estancado y a ese aroma dulzón y punzante de la excitación femenina que me golpeaba como una droga. La luz fluorescente parpadeó sobre nosotros, bañando su cuerpo tembloroso en una claridad enfermiza que solo servía para resaltar lo perfecta que se veía en medio de mi desorden. Desaté sus tobillos, sintiendo cómo sus piernas se tensaban bajo mis dedos. Luego le liberé las muñecas de la silla, pero no las solté por completo; até sus manos juntas por delante con la misma cuerda, dejando suficiente holgura para lo que tenía en mente. Ella jadeó cuando la levanté de la silla, su cuerpo débil por los orgasmos anteriores, pero no opuso resistencia. La obligué a girar y la empujé hacia abajo, hasta que quedó de rodillas en el suelo sucio, con las manos atadas extendidas frente a ella. Su culo se levantó en el aire, expuesto, vulnerable, y yo me posicioné detrás. —Has sido una chica mala, Catalina —murmuré, mi voz baja y ronca, cargada de esa oscuridad que sabía que la aterrorizaba y excitaba a partes iguales—. No me das lo que quiero, así que voy a tomarlo de otra forma. Vas a correrte para mí hasta que no puedas más, hasta que tu coño suplique por mi polla. Palmeé su culo con fuerza, el sonido del impacto reverberando en las paredes de hormigón como un latigazo. Su piel se enrojeció al instante, un mapa de mi posesión dibujándose en su carne. Ella soltó un grito ahogado, un sonido que era mitad dolor y mitad chispa eléctrica. Disfruté del temblor de sus músculos; era la prueba de que su sistema nervioso ya no le pertenecía a ella, sino a la trayectoria de mis dedos. Sus rodillas cedieron y tuve que sujetarla para que no cayera. No quería lastimarla; deseaba encenderla, que el ardor se convirtiera en calor que bajara directo a su entrepierna. Sus caderas se movieron involuntariamente, y yo sonreí, sabiendo que su cuerpo ya respondía. Saqué el vibrador de nuevo, ese pequeño demonio que zumbaba con promesas de locura. Lo encendí en un nivel medio y lo presioné contra su clítoris hinchado, directamente sobre la tela empapada de su ropa interior que aún no le había quitado. Ella se arqueó, un gemido gutural escapando de su garganta. Moví el vibrador en círculos lentos, torturándola con la vibración constante, mientras mi otra mano volvía a palmear su culo, sincronizando los golpes con el zumbido. Podía ver cómo su coño se contraía, goteando jugos que manchaban el suelo bajo de ella. —No pares… por favor —susurró, su voz salió áspera, reseca por la sed. Su petición era suficiente, aunque no era la rendición que quería. Aumenté la intensidad del vibrador hasta que el zumbido fue lo único que llenó su mundo. Saqué el consolador para recordarle que podía invadirla incluso sin usar mi propio cuerpo. Lo lubricé con su propia traición, usé la humedad que ella intentaba ignorar, y lo empujé dentro con una lentitud que bordeaba la crueldad. Quería que sintiera cada centímetro, que comprendiera que esa silicona la estaba reclamando porque ella se negaba a reclamarme a mí. Ella gritó, su cuerpo temblando mientras lo aceptaba, sus paredes internas apretando alrededor. Lo moví adentro y afuera con ritmo lento al principio, follándola con el juguete mientras el vibrador seguía torturando su clítoris. Dejé el consolador en su interior y palmeé su culo de nuevo, más duro, dejando marcas rojas que me excitaban tanto como sus gemidos. —Me encanta ver cómo te corres para mí —gruñí, mi voz cargada de lujuria—. Tu coño está chorreando por este aparato, pero sabes que quieres mi polla dentro. Ruega por ella, Catalina. Dime que quieres que te folle hasta el fondo. Ella negó con la cabeza, pero su cuerpo la traicionaba: sus caderas empujaban hacia atrás, empalándose más profundo en el consolador. Aceleré el ritmo, follándola con fuerza ahora, el sonido húmedo de su excitación llenaba el taller. El vibrador zumbaba sin piedad, y sentí cómo se acercaba al límite. Justo cuando sus músculos empezaron a contraerse, aparté los juguetes y me incliné hacia adelante. Mi boca se cerró sobre su coño empapado, lamiendo, succionando, mordisqueando mientras ella explotaba en otro orgasmo. Bebí su liberación como un sediento en el desierto, mi lengua recogiendo cada gota que salía de ella, saboreando el sabor salado y dulce de su placer forzado. Ella tembló sin control, sus rodillas resbalando en el suelo, pero afirmé mi agarre en sus caderas, obligándola a quedarse en posición. No la dejé descansar; la giré, apoyándola en el suelo e introduje el consolador de nuevo, follándola a través de las réplicas, mientras mi lengua volvía a lamer su clítoris. Otro orgasmo la golpeó casi inmediatamente, y yo lo devoré todo, gruñendo contra su carne mientras tragaba su esencia. Mi polla estaba dura como una roca, palpitando en mis pantalones. No podía aguantar más. Me desabroché con una mano, sacándola al aire frío. Saqué el consolador y me froté contra su coño empapado, deslizándola por sus labios hinchados, rozando su entrada sin entrar. Sentí el calor que Catalina emanaba, la forma en que su cuerpo se contraía queriendo atraparme, pero me contuve. Palmeé su culo de nuevo mientras me frotaba contra ella, el sonido de mi piel contra la suya mezclado con sus gemidos desesperados. —Siente esto, Catalina —jadeé, mi voz entrecortada por el deseo—. Mi polla dura por ti, lista para follarte hasta que grites mi nombre. Pero no voy a entrar hasta que me ruegues que lo haga. Dime que quieres que te meta hasta el fondo, que te llene con mi semen. Ella gimió, empujando hacia atrás, pero no dijo las palabras. Frustrado y excitado a partes iguales, introduje dos dedos en su coño, curvándolos para golpear ese punto interno que la hacía enloquecer. Los moví rápido, follándola con los dedos mientras mi otra mano agarraba mi polla y empezaba a masturbarme. El sonido de mi mano subiendo y bajando por mi longitud se unió al chapoteo húmedo de mis dedos en ella. Saqué los dedos y palmeé su culo, alternando golpes con caricias, mientras la llevaba al borde otra vez. —Mierda, vas a correrte de nuevo, ¿verdad? —gruñí, mi polla palpitando en mi puño—. Tu coño está apretando mis dedos como una puta desesperada. Córrete para mí, Catalina. Déjame verte chorrear mientras me masturbo pensando en follarte. Ella explotó entonces, su orgasmo más intenso hasta ahora. Su coño se contrajo alrededor de mis dedos, chorros de fluidos salpicando mi mano mientras gritaba. Acelere los movimientos en mi polla, el placer se acumulaba en mis bolas, pero me detuve justo antes de correrme. Quería guardarlo para cuando ella se rindiera en cuerpo y alma. Saqué mis dedos y los llevé a mi boca, dejándolos limpios mientras ella temblaba en el suelo, exhausta y rota. Me incliné sobre ella, mi polla aún rozando su entrada, tentándola. Mi aliento caliente contra el saco en su oreja. —Dilo ahora, Catalina. Ruega por mi polla o seguiré castigándote con más orgasmos hasta que no puedas ni respirar. El taller estaba lleno de nuestros jadeos, el goteo lejano como un reloj marcando el tiempo que ella tenía antes de romperse por completo. Me moría por cogerla, por hundirme en su calor y silenciar sus dudas con mi peso, pero el hambre de sus palabras era superior al hambre de mi v***a. Quería que su orgullo se desmoronara como el metal viejo que nos rodeaba. La corrosión estaba haciendo su trabajo: ella ya no era la mujer de la oficina; era un manojo de nervios expuestos esperando mi permiso para romperse. No iba a tocarla todavía. Primero iba a enseñarle qué ocurre cuando se resiste.
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