Catalina
Mi cuerpo ya no me pertenecía. Cada músculo temblaba, exhausto, traicionado por oleadas de placer que seguían llegando incluso cuando los juguetes y la boca de ese hombre se habían detenido.
Sentí náuseas repentinas, una ola amarga que tuve que tragar antes de que me venciera.
El suelo frío bajo mis rodillas y mis manos atadas me recordaba dónde estaba, pero mi mente flotaba en una niebla espesa. El temblor que recorría mi cuerpo no era solo emoción: era fatiga acumulada.
No podía pensar con claridad. Solo sentía el ardor en mi piel, el latido insistente entre mis piernas, el vacío que él había dejado al apartarse sin darme lo que mi cuerpo empezaba a exigir en silencio.
Estaba rota, y lo peor era que una parte de mí no quería que parara.
Entonces pensé en Erick.
Su nombre llegó como un latigazo en medio de la bruma. Erick, mi prometido. El hombre con quien había planeado una vida entera: la casa en las afueras, el anillo de compromiso que ya no estaba en mi mano, las promesas susurradas en noches tranquilas.
Recordé su sonrisa cuando me pidió matrimonio en ese restaurante con vista al mar, cómo me había besado la frente y dicho que yo era lo único que le importaba en el mundo. El recuerdo me golpeó con fuerza, trayendo un nudo de culpa que se mezcló con el placer residual y me hizo jadear.
—No puedo… —murmuré, mi voz ronca, apenas audible—. No puedo hacer esto. Tengo un prometido... lo estoy engañando...
El silencio que siguió fue pesado. Sentí su presencia todavía detrás de mí, su respiración calmada contrastando con la mía, entrecortada y desesperada. Luego escuché su risa. Baja, oscura, sin humor verdadero. Un sonido que me heló la sangre.
—¿Engañarlo? —repitió, como si la palabra le resultara divertida—. Pobre Catalina. Ese hijo de puta no merece ni un segundo de tu culpa.
—No sabes de qué hablas —respondí, aunque mi voz tembló—. Erick me ama. Él nunca…
No terminé la frase. Él se quedó callado varios minutos. El taller volvió a llenarse solo del goteo lejano y de mi propia respiración agitada.
Pensé que quizás se había ido, pero entonces sentí sus manos en mi nuca. Desató el nudo del antifaz con movimientos precisos, sin prisa.
La tela se deslizó por mi rostro y el aire frío golpeó mi piel sudorosa. Parpadeé varias veces, intentando enfocar la visión borrosa después de tanta oscuridad.
Lo primero que mis ojos vieron fue a él. Llevaba una máscara negra que le cubría toda la cara excepto los ojos: ojos oscuros, intensos, que me miraban con una mezcla de posesión y triunfo. No pude verle la expresión completa, pero su postura era relajada, casi divertida.
Se arrodilló frente a mí, manteniendo la distancia justa para que no pudiera alcanzarlo aunque quisiera. Sacó un teléfono del bolsillo de su chaqueta y lo encendió. La pantalla iluminó su máscara con un brillo azul frío.
—Mira esto —dijo.
Pulsó a reproducir un vídeo.
La grabación era clara, tomada desde un ángulo alto, como si hubiera una cámara oculta en una habitación. Reconocí el departamento de Erick al instante: el sofá gris, la lámpara de pie que siempre dejaba encendida, las cortinas entreabiertas.
Erick estaba allí, sentado en el sofá con una cerveza en la mano. Llevaba la misma camiseta que le había regalado en su cumpleaños. Frente a él había dos hombres de traje oscuro, con auriculares y posturas rígidas. Guardias de seguridad. Mis guardias.
Uno de ellos habló primero, voz baja pero clara en la grabación.
—Señor, la señorita Catalina ha sido secuestrada. La tomaron cuando salía del trabajo. Estamos rastreando…
Erick levantó la mano para interrumpirlo. Luego se rió. Una risa corta, seca, sin una gota de preocupación.
—¿Secuestrada? —dijo, inclinándose hacia adelante con los codos en las rodillas—. Perfecto. Eso significa que el trato se cerró.
Los guardias se miraron entre sí, confundidos.
—¿De qué trato habla, señor?
Erick tomó un sorbo de cerveza, con una parsimonia que me revolvió el estómago.
—Le dije al bastardo al que le debía una suma indecente que podía quedársela a cambio de saldar mi deuda. No es un secuestro, Catalina… es una transacción.
Hizo una pausa, saboreando la cerveza.
—Resultó ser más rentable como mercancía que como esposa. Así que dejen de buscarla. Ya no es mi problema.
La pantalla se congeló con su rostro sonriente.
El teléfono se apagó de golpe. Mi visión se nubló de nuevo, pero esta vez no era por placer. Era por las lágrimas que quemaban mis ojos.
—No… —susurré—. Eso no es real. Tiene que ser un montaje. Erick no me haría eso.
Él se rió otra vez, esta vez más bajo, más cruel.
—Es real, Catalina. Lo grabé yo mismo. Investigo a fondo con quién hago negocios. Tu prometido te vendió. Yo solo pagué bien por ti.
Me quedé mirando la pantalla oscura, recordando el rostro de Erick congelado con esa sonrisa que ahora me parecía repugnante.
Todo lo que había construido para mantenerme cuerda se derrumbaba. Era la corrosión definitiva: Jax no solo había invadido mi cuerpo, ahora estaba demoliendo mis recuerdos. Cada 'te amo' de Erick se transformaba en el sonido de monedas chocando entre sí.
Me sentí vacía, un cascarón hueco donde solo quedaba el rastro del placer que Jax me había impuesto y el frío de la verdad.
—No puede ser… —repetí, pero mi voz ya no tenía fuerza.
Él se puso de pie. Me miró desde arriba, con esos ojos que ahora parecían devorarme entera.
—Es la verdad —dijo con calma—. Y ahora eres mía. Solo mía.
Sin decir más, giró sobre sus talones y salió de la habitación. La puerta de metal chirrió al cerrarse, dejando un eco que reverberó en el taller vacío.
Me quedé allí, de rodillas, con las manos atadas aún frente a mí, el cuerpo temblando por el frío, por el shock, por la traición que acababa de ver. El entumecimiento en mis dedos no desaparecía; apenas podía cerrarlos con fuerza.
Las lágrimas cayeron libres ahora, mojando el suelo sucio. No sabía cuánto tiempo pasó. Horas, quizás.
Un calambre me atravesó el muslo y me hizo jadear, recordándome que llevaba demasiado tiempo en la misma posición. El goteo de la tubería se convirtió en el único sonido que me acompañaba, contando los segundos de mi nueva realidad.
Entonces la puerta se abrió de nuevo. Pasos pesados. Dos pares de pasos.
Levanté la cabeza, el cabello pegado a mi rostro por las lágrimas.
Allí estaba él otra vez, enmascarado, con la misma postura dominante.
Y a su lado, con las manos atadas y una mordaza que le hundía las mejillas, estaba…
Erick.
Se veía patético. Más pequeño de lo que recordaba. Como si el miedo le hubiera encogido los huesos y vaciado el pecho. Una sombra mal recortada del hombre que alguna vez creí conocer.
Sus ojos —esos que antes se llenaban de promesas dulces y mentiras suaves— ahora desbordaban un pánico crudo, animal, sin dignidad.
Jax lo sostenía con una sola mano, sin esfuerzo, con esa despreocupación peligrosa de quien sujeta algo que ya decidió desechar.
Intentó hablar, pero solo salió un sonido ahogado. Forcejeó contra las cuerdas, pero el hombre enmascarado lo empujó hacia adelante con una mano firme en la nuca.
—Te traje un regalo —dijo él, su voz cargada de satisfacción oscura—. Pensé que querrías verlo de cerca antes de que empiece lo bueno.
Erick me miró con pánico puro. Yo lo miré de vuelta, y mientras el llanto se secaba en mis mejillas, sentí cómo el dolor mutaba en algo afilado y n***o.
La Catalina que lloraba por un anillo de compromiso acababa de morir en ese suelo sucio. La que quedó miraba a Erick no con amor, sino con el hambre de quien quiere ver arder el mundo.
Miré a Jax.
Él sostuvo mi mirada sin parpadear.
Y esta vez no fui yo quien apartó los ojos.