Jax
Entré al taller empujando a Erick por delante de mí, con una mano firme en su nuca y la otra sujetando la cuerda que le ataba las manos a la espalda.
Él tropezó, pero lo mantuve erguido, obligándolo a avanzar hasta que quedó frente a Catalina. Ella levantó la cabeza desde su posición en el suelo, con las manos aún atadas frente a ella y los ojos enrojecidos por las lágrimas.
El aire del taller estaba cargado con el olor a humedad y a miedo, y el goteo constante de esa tubería rota que parecía marcar el ritmo de lo que estaba por pasar.
Erick la miró con pánico en los ojos, intentando hablar a través de la mordaza, pero solo salieron sonidos ahogados y patéticos.
Me tenía miedo. Él sabía perfectamente con quién estaba haciendo negocios y de lo que yo era capaz de hacer. Sin embargo, se confió, su arrogancia fue su ruina. El vídeo lo grabé horas después de recogerla. El muy imbécil creyó que podía escapar de mí sin más. Pero él no contaba con que yo siempre tengo un ojo sobre mis negocios.
Le quité la mordaza de un tirón, y él jadeó, aspirando aire como si estuviera ahogándose.
—Dilo —ordené, mi voz baja y fría a través de la máscara que aún me cubría el rostro—. Confiesa todo. Dile a Catalina lo que hiciste, o haré que sufras antes de terminar contigo.
Erick tragó saliva. Sus ojos saltaron de Catalina a mí, inquietos, descompuestos, incapaces de fijarse en un solo punto. El sudor le corría por las sienes y empapaba la tela, pegándole la camisa al torso como una segunda piel, revelando cada respiración torpe, cada temblor que intentaba contener y no lograba ocultar.
—Catalina, mi amor… —empezó, su voz temblorosa—. No es lo que piensas. Fue un error, yo…
Lo empujé con fuerza, y él cayó de rodillas frente a ella, a solo unos centímetros de distancia. Saqué el cuchillo de mi cinturón y lo presioné contra su garganta, lo suficiente para que una gota de sangre brotara en su piel.
—No le mientas —gruñí—. Dilo todo. Cómo la vendiste. Cómo la engañabas con esa puta de la oficina. Cómo la usabas por su dinero y su cuerpo, pero nunca la quisiste de verdad.
Catalina lo miró fijamente, su expresión pasando de shock a incredulidad. Erick sollozó, el cuchillo temblando contra su cuello.
—Está bien, está bien —balbuceó—. Hace meses hice un par de malos negocios y perdí mucho dinero. Te ofrecí como pago. Me di cuenta de que él te había estado observando. Yo… yo necesitaba salir de esa deuda.
Las palabras colgaban en el aire como veneno. Catalina se quedó inmóvil por un momento, procesándolo todo. Luego su rostro se contorsionó en rabia pura. Su respiración empezó a volverse irregular, más frágil, como si cada inhalación le costara el doble.
—¿Cómo pudiste? —gritó, su voz rompiéndose al final. Detecté un leve mareo en la forma en que inclinó la cabeza, como si el mundo estuviera girando demasiado rápido—. ¡Hijo de puta! ¡Me prometiste todo, y me vendiste como si fuera una cosa! ¡Te odio!
Erick intentó retroceder, pero lo mantuve en su lugar. Miré a Catalina a través de los orificios de la máscara, sus ojos llenos de fuego y lágrimas. Era hermosa incluso en su dolor, y sentí una oleada de posesión que me recorrió entero.
—Yo haré que todo aquel que te haya hecho daño lo pague —le dije, mi voz suave pero cargada de promesa.
—¡No! ¡Espera! ¡No dijiste que me matarías!
Sin más, hundí el cuchillo en la garganta de Erick. Lo saqué con un movimiento rápido, y la sangre brotó como una fuente, salpicando el suelo y mi ropa.
Él gorgoteó, un sonido húmedo y espantoso que llenó el taller mientras la vida se le escapaba en borbotones escarlatas. Cayó de lado, sus ojos fijos en los de Catalina, vaciándose de todo rastro de la falsa ternura que le había vendido durante años.
El silencio que siguió a sus convulsiones fue absoluto, roto solo por el goteo de su sangre mezclándose con el aceite viejo del suelo. Erick ya no era un hombre; era solo el residuo de una mentira que yo acababa de limpiar.
Me acerqué a ella, bañado en la sangre de su ex prometido, el cuchillo aún goteando en mi mano. Lo tiré al suelo y cayó con un sonido metálico, me arrodillé frente a ella.
Catalina tenía los ojos abiertos como platos pero no lloró.
Eso me llamó la atención.
Su pecho subía y bajaba con respiraciones cortas, pero sus ojos ya no estaban vidriosos. No había súplica en ellos. Tampoco miedo. Había algo más peligroso: odio.
Retrocedió cuando di un paso hacia ella. No fue un movimiento torpe; fue instintivo. Sus manos atadas se levantaron entre nosotros como una barrera inútil.
—No me toques —escupió.
Intentó incorporarse, pero sus piernas fallaron y cayó de lado. Aun así volvió a empujarse hacia atrás, alejándose del cadáver, de mí, de todo.
—Eres un monstruo —dijo con una voz que no temblaba.
La convicción en sus palabras me irritó.
Me acerqué más y me golpeó el pecho con las manos atadas. Fue débil, pero fue un ataque. No estaba colapsando. Estaba resistiendo.
Y eso me encendió algo distinto al deseo.
No era sumisión lo que tenía delante, era rabia.
Su mandíbula estaba tensa. Sus ojos me desafiaban, aun con el cuerpo agotado. No me suplicaba. No lloraba por el hombre muerto. Me estaba mirando como si estuviera decidiendo algo.
Subí la máscara lo justo para exponer mi boca. Quería que sintiera mi piel, que supiera que no era un fantasma quien la reclamaba, sino el hombre que la había respirado en sueños durante meses.
Sus ojos se abrieron aún más, buscando una humanidad que yo solo guardaba para ella. Antes de que pudiera procesar el cadáver que aún estaba caliente a un lado, la besé. Fue un beso desesperado, hambriento, como si quisiera succionar el alma que Erick le había roto para reconstruirla a mi imagen.
Mis labios se estrellaron contra los suyos con fuerza, exigentes, reclamando sin permiso. El sabor salado de sus lágrimas se mezcló con el residuo del frenesí de antes, una combinación amarga y dulce que me estremeció la lengua y me tensó la mandíbula.
Al principio se resistió: intentó apartar la cabeza, sus manos atadas empujando débilmente contra mi pecho. Pero yo no cedí. Profundicé el beso, mi lengua invadiendo su boca, lamiendo cada rincón, reclamando territorio.
Ella gimió contra mí, un sonido de protesta que se transformó en algo más suave, más rendido. Era el sonido de su moral quebrándose bajo el peso de su propia biología.
La vi cerrar los ojos, eligiendo la oscuridad de mis labios antes que la realidad del cuerpo de Erick a pocos centímetros. Su respuesta al beso no fue solo deseo; fue una capitulación absoluta.
Estaba aceptando que su salvador era también su verdugo.
Mientras la besaba, mi mano subió a su pecho, apretándolo con fuerza a través de la blusa desabrochada. Sentí el pezón endurecido bajo mi palma, y lo pellizqué entre mis dedos, retorciéndolo lo suficiente para que ella jadeara en mi boca.
Bajé la otra mano a su entrepierna, deslizándola bajo la camiseta arrugada y directamente a su coño aún empapado. Estaba caliente, hinchado, goteando por los orgasmos que le había forzado. Introduje dos dedos de golpe, sintiendo cómo sus paredes se contraían alrededor de ellos con una necesidad desesperada.
—Joder, estás chorreando todavía —gruñí contra sus labios, mordisqueando el inferior antes de lamerlo—. Tu coño me necesita, Catalina. Siente cómo te follo con los dedos, cómo te abro para mi polla.
Moví los dedos adentro y afuera con ritmo rápido, curvándolos para golpear ese punto dulce que la hacía arquearse. Mi pulgar encontró su clítoris erguido y lo frotó en círculos duros, sin piedad.
Ella gemía en mi boca, sonidos ahogados que yo bebía con avidez, tragándolos como si fueran míos. Aumenté el ritmo, penetrándola con los dedos mientras apretaba su pecho más fuerte, retorciendo el pezón hasta que ella gritó en el beso.
—Pide que te coja —susurré, mi voz ronca por el deseo que me quemaba—. Necesito follarte, Catalina. Necesito hundir mi polla en este coño apretado, hasta que grites mi nombre. Dilo. Ruega por mi v***a dura, por mi semen caliente.
Ella tembló bajo mis toques, su cuerpo traicionándola de nuevo. Sus caderas empujaron contra mi mano, empalándose más profundo en mis dedos. Gemía más alto, sus labios hinchados por el beso, y sentí cómo se acercaba al borde. Bebí cada gemido, lamiendo su lengua mientras mis dedos chapoteaban en su humedad.
—Dilo —insistí, mordiendo su labio inferior—. Grita que quieres que te meta la polla hasta el fondo, que te folle como la puta que eres para mí.
Ella jadeó, su cabeza cayendo hacia atrás, exponiendo su cuello como una ofrenda. Sus ojos estaban nublados, perdidos en esa zona donde el dolor y el placer se vuelven la misma cosa.
Podía ver la lucha en su garganta, el orgullo dando su último aliento frente a la necesidad visceral de ser llenada, de ser poseída por algo real después de tanta mentira. Su voz salió entrecortada, un hilo de sonido que apenas lograba cortar el aire denso del taller.
—Yo…