Capítulo 7: Evidencia

1172 Words
Catalina —Yo… La palabra se me atoró en la garganta, colgando en el aire como un hilo a punto de romperse. Mi cuerpo temblaba, todavía abierto por los dedos de él, todavía palpitando alrededor del vacío que había dejado. Mi mente era un caos: la sangre de Erick en el suelo, el olor metálico que se pegaba a todo. La boca de este hombre que acababa de besarme con la misma ferocidad con la que había disparado. Y sin embargo, ahí estaba yo, al borde de decirlo. De rogarle. De suplicarle que me cogiera, que me llenara, que terminara de romperme del todo. —Yo… Abrí la boca para dejar salir las palabras, para rendirme de una vez por todas... ya no tenía nada que perder. Pero entonces, como si el destino me obligara a no rendirme, llegó el estruendo. Un golpe seco, metálico, brutal. La puerta del taller se abrió de golpe con un estallido de madera astillada. Voces gritaron al mismo tiempo: —¡Policía! ¡Manos arriba! ¡Suelta el arma! Luces blancas cegadoras inundaron el lugar. Linternas, reflectores, el rojo y azul parpadeante que entraba desde afuera. Jax se giró en un movimiento rápido, casi felino. Sacó una pistola que no había visto antes y disparó dos veces sin dudar. Los estallidos resonaron dentro de mi cráneo como martillazos. Me encogí y cerré los ojos. Uno de los policías gritó y cayó hacia atrás, agarrándose el hombro. Otro se lanzó al suelo, devolviendo el fuego. Jax gruñó, un sonido animal. Vi cómo una bala le rozaba el brazo, cómo la tela de su chaqueta se rasgaba y la sangre empezaba a manchar. Maldijo entre dientes, me miró una sola vez y luego corrió hacia la oscuridad del fondo del taller. Desapareció entre las sombras y el eco de más disparos. Manos me rodearon casi de inmediato. Voces que decían mi nombre, que me preguntaban si estaba herida, que me decían que ya estaba a salvo. Me levantaron del suelo, me cubrieron con una manta áspera que olía a cigarrillo y a sudor. Alguien cortó las cuerdas de mis muñecas con un cuchillo. Me temblaban tanto las manos que no podía ni cerrar los puños. Las personas que me sacaron del taller no me devolvieron a casa, me subieron a una camilla. La ambulancia se cerró con un golpe y el mundo se volvió blanco con las luces sobre mi cara. Alguien me sostuvo la barbilla. —Respira. El olor a desinfectante me llenó los pulmones. Sentí tijeras cortando los pedazos de tela. Mi blusa cayó abierta sobre el piso. El aire frío se pegó a las marcas de mis muslos. Una aguja entró en mi brazo. Ardió. Luego el frío líquido descendiendo por la vena, lento, constante. Mis manos dejaron de temblar apenas un poco para cuando llegamos al hospital. Una enfermera evitó mirarme directamente cuando levantó mi muñeca para fotografiar las marcas. El flash explotó sobre mi piel en cada rincón donde tenía una huella de lo que había pasado. Me pidieron que me acostara. Que separara las piernas. Que no me moviera. El techo tenía una mancha amarillenta en una esquina. Me concentré en ella mientras una voz neutra decía palabras que no quería registrar. Guantes de látex. Algodón. Metal frío. Hisopos. —¿Dolor? Asentí. No preguntaron por el placer. Mientras me cubrían con la sábana blanca, mi cuerpo seguía vibrando con una memoria que nadie allí podía ver. La piel de mis muslos aún estaba sensible, como si la boca de él pudiera reaparecer en cualquier momento. Sentía el latido persistente entre mis piernas, una pulsación lenta, vergonzosa, que no tenía nada que ver con el miedo. Intenté cerrarlas, pero el movimiento solo intensificó esa conciencia incómoda de mi propio deseo. Me obligué a concentrarme en el techo, en el sonido de las ruedas de la camilla, en el murmullo de las enfermeras. Pero debajo de la superficie, debajo de los guantes y los formularios, mi cuerpo seguía buscando algo que ya no estaba allí. Me vistieron con ropa que no era mía y el algodón raspaba mi piel todavía sensible. Me dieron un sándwich envuelto en plástico. El pan sabía a nada, así como el agua. Aun así me obligué a masticar y beber. Porque estaba viva... y eso debía ser suficiente para seguir adelante. Horas después el hospital se transformó en pasillos grises. En la comisaría todo fue un borrón de formularios, café quemado y caras serias. Me sentaron en una sala pequeña con paredes grises y una mesa rayada. Dos detectives —un hombre mayor con bigote y una mujer de mirada dura— se sentaron frente a mí. —Desde el principio —dijo la mujer, encendiendo la grabadora—. Otra vez. Hablé. Les conté del secuestro en el estacionamiento, del trapo con químico, del taller abandonado, del saco en la cabeza. Evité hablar de los juguetes, de la boca de él entre mis piernas, de cómo me había hecho correrme una y otra vez hasta el punto que mi mente era una niebla que no me permitía pensar más allá de él. Pero si les conté de Erick, de la grabación, de cómo el tipo lo había traído para que yo lo viera. De cómo lo había matado sin pestañear, diciendo que era para protegerme. —¿Y el hombre que la secuestró? —preguntó el de bigote—. ¿Algún detalle que pueda ayudarnos? ¿Recuerda su cara? ¿Su voz? ¿Algo que nos ayude? Tragué saliva cerrando los ojos para tratar de atravesar la niebla de mis recuerdos. —Me mantuvo encapuchada todo el tiempo, cuando me retiró el saco... él llevaba una máscara. Tenía la voz grave y calmada. Me llamaba por mi nombre. Sabía cosas de mí… cosas personales. No mencioné cómo mi cuerpo había respondido. No mencioné que, en mi desesperación, había estado a punto de rogarle que me follara. Eso se quedó enterrado en mi garganta, ardiente y vergonzoso. Tomaron nota. Me pidieron que firmara la declaración. Me ofrecieron una psicóloga, un lugar seguro para pasar la noche. Les dije que quería ir a casa. Que necesitaba estar sola. Cuando terminé de hablar, el silencio que quedó en la sala fue distinto al del taller. No tenía la densidad de su presencia, ni esa electricidad que me mantenía alerta. Era un silencio plano, burocrático, sin tensión. Y mi cuerpo no sabía qué hacer con él. Me senté recta, las manos sobre la mesa, intentando mantener la compostura. Pero notaba cada centímetro de mi piel demasiado consciente de sí misma. El roce de la tela áspera contra mis muslos me irritaba. El aire frío de la sala me hacía extrañar el calor opresivo que me había envuelto durante días. Me sorprendí escuchando el pasillo. Esperando... El detective no levantó la vista cuando firmé mi declaración. La hoja raspó bajo mi mano y la tinta dejó una línea torcida en cuanto escuché sus palabras. —No puede volver a casa todavía.
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