Catalina
Desperté con el cuerpo hecho trizas. Cada músculo gritaba, especialmente mi culo, que ardía como si me hubieran marcado con hierro caliente.
Las sábanas estaban pegadas a mi piel por el sudor seco y los fluidos de la noche anterior. Intenté moverme y lo sentí de inmediato: las cuerdas. Manos atadas a los postes de la cabecera, pies abiertos y sujetos a los pies de la cama. Solo tenía una camiseta corta, sin ropa interior, expuesta, con las piernas separadas que no me dejaba cerrar ni un centímetro.
El aire fresco de la mañana rozaba mi coño hinchado y sensible, y cada respiración hacía que mis pezones rozaran la tela de la camisa que él me había puesto, enviando pequeñas descargas de placer-dolor directo a mi entrepierna.
Odiaba que mi cuerpo reaccionara así. Odiaba que, a pesar del dolor, del miedo, de la rabia, una parte de mí se humedeciera solo con recordar cómo me había follado el culo sin piedad, cómo me había hecho gritar hasta quedarme ronca. Le había dicho que era suya solo para que se detuviera... Entendí el error tarde, eso era lo que él buscaba, aunque le hubiera mentido, Jax no lo entendió así.
La puerta se abrió.
Entró él. Jax. Completamente desnudo pero con la máscara puesta.
Su polla colgaba pesada entre sus muslos, larga, gruesa incluso flácida, balanceándose con cada paso. Su cuerpo era una escultura brutal, una anatomía de guerra diseñada para someter. Las cicatrices que surcaban su piel no parecían heridas, sino trofeos de una vida que yo no podía ni imaginar. La herida que tenía del encuentro con la policía estaba envuelta con una venda que tenía manchas de sangre.
Era hermoso de una forma peligrosa, como un arma de precisión, que te obligaba a admirar su diseño justo antes de que te atraviese el corazón.
Mi propia respiración me traicionaba, acelerándose ante la visión de esa perfección oscura que ahora era mi único horizonte.
Me miró desde la puerta, sin decir nada al principio. Solo observándome, como si estuviera evaluando cuánto más podía romperme antes de que me rindiera del todo.
—Tienes que soltarme —dije, intentando sonar firme aunque la voz me salió ronca y temblorosa—. Tengo que ir a trabajar. Ya es tarde.
Él se acercó despacio, la polla moviéndose con cada paso. Se detuvo al lado de la cama y se inclinó, apoyando una mano en el colchón cerca de mi cabeza.
—Ya arreglé lo de tu trabajo —respondió con esa calma que me ponía los nervios de punta—. Llamé por ti. Dijeron que tomes los días que necesites. Después de todo, estás “enferma”. Nadie va a buscarte.
Tragué saliva. El nudo en mi estómago se apretó más.
—No puedes hacer eso. Suéltame, Jax. Por favor.
Él sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era torcida, pervertida, llena de promesas sucias.
—Si quieres que te folle bien, Cata, tienes que ser una buena chica. Tienes que comportarte. Dejar de pelear. Dejar de fingir que no te gusta.
Las palabras me golpearon como un puñetazo. Porque tenía razón en una parte que odiaba admitir…
Una parte de mí disfrutaba. Disfrutaba el dolor mezclado con placer, la forma en que me dominaba, la manera en que mi cuerpo se rendía aunque mi mente gritara que no.
Pero no podía decirlo. No podía confesar que, en el fondo, una parte oscura de mí quería que siguiera. Que me usara. Que me rompiera hasta que no quedara nada de la Catalina que salía a trabajar todos los días con auriculares y café n***o.
—No… no me gusta —mentí, la voz quebrándose—. Suéltame.
Él se rió bajo, un sonido que me erizó la piel.
—Tu coño dice otra cosa —murmuró, deslizando un dedo por mi entrada. Lo retiró brillante de humedad—. Mira cómo estás chorreando solo porque estoy aquí desnudo. Sigues mintiéndote, pero tu cuerpo no puede ser más sincero.
Intenté cerrar las piernas, pero las cuerdas no me dejaron. Solo conseguí que el movimiento hiciera que mis caderas se arquearan un poco, exponiéndome más.
Él se alejó un segundo y volvió con una bandeja: café, tostadas, fruta. Desayuno. Como si esto fuera una mañana normal.
—Come —ordenó, acercando una tostada a mis labios.
La miré. Luego a él. Y escupí en su cara, mi saliva escurriendo en su máscara. La tostada cayó al suelo. El café se derramó un poco en la sábana.
Por un segundo pensé que me golpearía. Pero en cambio se rió. Una risa genuina, oscura, que me heló la sangre.
—Buena chica —dijo—. Me gusta cuando peleas. Hace que sea más divertido cuando te rompes.
Se llevó las manos a la cara y se quitó la máscara, dejando que el secreto cayera al suelo con un golpe sordo. Me quedé helada.
Fue peor que ver a un monstruo; fue ver a un ángel caído. Sus rasgos eran tan afilados que parecían tallados en mármol, y sus ojos... sus ojos no me miraban como a una mujer, sino como a un territorio conquistado.
Sentí que la última línea de mi resistencia se desintegraba; era mucho más fácil odiar a una máscara que odiar a la belleza absoluta que me estaba destruyendo.
Había visto su cuerpo esculpido por los dioses —o por el diablo—, pero ahora tenía la imagen completa. Cabello oscuro desordenado, una cicatriz fina en la ceja izquierda, y esa sonrisa torcida que no llegaba a sus ojos. Era hermoso de una forma que dolía mirar, porque sabía que esa belleza era un arma.
Se subió a la cama sin decir nada más. Se arrodilló entre mis piernas abiertas. Abrió el cajón de mi mesita de noche y sacó mi consolador. El grande, el que usaba sola en noches de insomnio. Lo miró un segundo, luego a mí.
Sin aviso, castigando mi último rastro de insolencia, enterró el consolador en mi culo con una firmeza que me robó el aliento.
El grito que solté no fue solo de dolor, fue de impacto; era la sensación de ser reclamada por dentro y por fuera simultáneamente. El estiramiento era una agonía dulce que me recordaba que cada centímetro de mi anatomía ya tenía dueño. Jax no me estaba castigando por escupirle; me estaba enseñando que, en este cuarto, incluso mi odio terminaba convirtiéndose en su placer.
Luego se inclinó sobre mí, su polla dura ahora rozando mi entrada delantera. La frotó contra mis labios hinchados, arriba y abajo, sin entrar. Solo torturándome con la promesa.
—Por favor… —se me escapó, la voz rota—. Déjame ir... de una vez…
Las palabras salieron solas, desesperadas, traicioneras. Mi mente gritaba que no, que resistiera, que no le diera lo que quería. Pero mi cuerpo ardía, mi coño palpitaba vacío, mi culo se contraía alrededor del consolador, y cada roce de su polla contra mi clítoris me llevaba más cerca del borde.
Él se quedó quieto, la punta justo en mi entrada, sin moverse.
—Más alto —exigió, su voz baja y peligrosa—. Ruega como se debe. Dime exactamente qué quieres que te haga, Cata. O me quedo así, frotándome contra tu coñito mojado hasta que llores de frustración.
Mis caderas se movieron solas, buscando, suplicando sin palabras, o tal vez alejarme de él, de esta locura que me estaba confundiendo. Lágrimas calientes rodaron por mis mejillas.
—Por favor, Jax… —gemí, la voz quebrada. Era mi única oportunidad de redimirme, de exigirle que me soltara—. Fóllame… Por favor…
Él sonrió, esa sonrisa pervertida que me deshacía.
—Buena chica —susurró.
Y entonces empujó, hundiéndose en mí con la fuerza de un rayo que parte un árbol por la mitad. Sentí cómo su grosor borraba el mundo, cómo el dolor del juguete y la plenitud de su polla se fusionaban en una sola nota de éxtasis violento.
Al fin estaba rota.
Al fin estaba completa.
Jax no solo había entrado en mi cuerpo; había entrado en el vacío que Erick dejó, llenándolo de un fuego que prometía consumirme hasta que no quedaran ni las cenizas de quien solía ser.