Capítulo 14: Tregua

1107 Words
Catalina Me quedé allí parada frente a él, todavía con el sabor de su semen en la lengua, el cuerpo temblando por la última embestida contra la encimera. El café se había enfriado en la taza, olvidado. La cocina olía a sexo, a café y a nosotros. Jax me miraba sin parpadear, sentado en una silla con los brazos cruzados sobre el pecho desnudo, esperando. No había rabia en sus ojos. Solo esa intensidad oscura que me hacía sentir desnuda aunque ya lo estuviera. Tragué saliva. —Estoy disfrutando esto —dije al fin, y las palabras se sintieron como cenizas en mi boca, pero eran la verdad. Admitirlo en voz alta fue el acto de traición final hacia la mujer que solía ser. —Lo que haces... me rompes y me reconstruyes a tu antojo —mordí mis labios—. Lo peor es que prefiero estar rota entre tus manos que entera en cualquier otro lugar. Me gusta, Jax. Me gusta tanto que me asusta más perderte a ti que perder mi propia vida. Él no se movió. Solo inclinó la cabeza, escuchando de verdad. No interrumpió. No se rió. Solo esperó. —Pero no puedo seguir así encerrada. Él levantó una ceja, pero yo no me detuve. —Quiero volver al trabajo. Quiero salir a la calle, tomar café sola, ver a mis amigos aunque sea de lejos. Quiero mi vida normal… o al menos una versión de ella. Puedes quedarte aquí, conmigo. Pero no más marcas visibles. Nada que tenga que explicar en la oficina, nada que me haga sentir como una prisionera cuando salga por la puerta. Las palabras salieron crudas, emocionales, sin filtro. Lágrimas calientes rodaron por mis mejillas sin que pudiera detenerlas. No era debilidad. Era honestidad brutal. Le estaba dando todo: la confesión de que lo necesitaba, de que su oscuridad me había enganchado, y al mismo tiempo le estaba poniendo límites. Le estaba pidiendo que me dejara respirar sin dejar de ser suya. Jax me miró un largo rato. Vi cómo su mandíbula se tensaba, cómo sus ojos se oscurecían aún más. Luego asintió, lento. —Acepto —dijo simplemente—. Vuelves al trabajo. Sales. Vives tu vida. Pero escúchame bien, Cata. Se inclinó hacía adelante. Su voz bajó a un susurro peligroso. —Si intentas escapar... te llevaré a un lugar donde el tiempo no existe. Donde tu único calendario será el ritmo de mis embestidas. Allí no serás Catalina. Me estremecí. —Serás solo un eco de placer y dolor en una habitación sin salida. Te borraré del mundo hasta que olvides cómo suena tu propio nombre si no es gritado bajo mi cuerpo. No me obligues a convertirte en un fantasma, Cata. El recuerdo de Erick muerto en el suelo del taller volvió como un flash. Sangre. Silencio. La frialdad absoluta con la que Jax había cortado con el cuchillo y peor aún… la frialdad con la que yo había aceptado eso. Sabía que lo decía en serio. Y lo peor era que una parte de mí se excitaba con esa amenaza. Sonreí, temblorosa. —¿Entonces me estás pidiendo exclusividad? Él me devolvió la sonrisa, lenta y oscura. Hermosa de una forma que dolía. —Nadie más que yo te tocará. Si alguien se atreve a mirarte siquiera… ya sabes lo que le hice a Erick. Un escalofrío me recorrió entera. Pero no me aparté. —Ven aquí —dijo, suave ahora. Obedecí sin pensarlo. Caminé hasta él y me senté en su regazo, como si mi cuerpo supiera exactamente dónde pertenecía. Él me envolvió con los brazos, no con fuerza, sino con una ternura que contrastaba brutalmente con todo lo que me había hecho. Besó mi cuello con delicadeza, justo sobre el chupetón morado que había dejado la noche anterior. Luego bajó a mi clavícula, lamiendo la marca roja, succionando suave. Sus dedos encontraron mis pezones, los pellizcaron con cuidado al principio, luego más fuerte, girándolos hasta que gemí y me arqueé contra él. —Jax… —susurré, las manos en su cabello. Él siguió besando cada moretón, cada mordida, cada marca que había dejado en mi piel como si fueran trofeos que ahora cuidaba. Mientras tanto, sus manos bajaban por mi espalda, apretándome contra su erección que ya crecía bajo mí. Me encendí de nuevo, el coño palpitando, húmedo, listo a pesar del agotamiento. Me acomodé mejor a horcajadas sobre él, en la silla. Bajé la mano, agarré su polla dura y la guié a mi entrada. Me dejé caer despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro, cómo me llenaba hasta el fondo. Gemí largo, la cabeza cayendo hacia atrás. Él gruñó contra mi pecho, mordiendo suave un pezón mientras yo empezaba a moverme. Subía y bajaba con ritmo lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso dentro de mí. Luego más rápido. Más desesperada. Mis uñas se clavaron en sus hombros, mis caderas girando, buscando el ángulo perfecto para que golpeara ese punto que me hacía ver estrellas. —Joder, Cata… —jadeó, las manos en mis caderas ayudándome a subir y bajar—. Mueve ese coño… apriétame… así… Me corrí primero, temblando encima de él, los chorros calientes salpicando entre nosotros mientras gritaba su nombre. No paré. Seguí cabalgándolo, ansiosa, hambrienta. Él levantó las caderas, embistiendo desde abajo con fuerza, clavándose profundo una y otra vez. Sus gruñidos se volvieron más salvajes, sus manos apretándome el culo, separándome las nalgas para ir más hondo. —Córrete otra vez… —exigió, mordiendo mi hombro—. Quiero sentir cómo me ordeñas… El segundo orgasmo me golpeó brutal. Grité, el cuerpo convulsionándose, y en ese momento él se tensó debajo de mí, gruñendo mi nombre mientras se corría dentro, llenándome hasta desbordar. Nos quedamos así, jadeando, pegados el uno al otro. Su frente contra la mía. Él me envolvió con los brazos, y por un segundo, el asesino desapareció. Había una ternura aterradora en la forma en que acariciaba mi espalda, como si fuera una pieza de porcelana que él mismo hubiera hecho añicos y ahora estuviera pegando con sangre. Ese contraste era lo que más me confundía. Cómo era posible que las mismas manos que habían matado a Erick pudieran sostenerme con tanta delicadeza. Por primera vez, sentí que podíamos construir algo sobre los escombros de mi antigua vida. Pero mientras su semen se enfriaba dentro de mí, una verdad gélida se instaló en mi pecho: Jax no me estaba devolviendo mi vida; me estaba prestando una ilusión. La oscuridad no estaba acechando fuera; se había mudado a mi cama. Ahora dormía con un brazo rodeando mi cintura.
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