Capítulo 15: Preparación

1242 Words
Jax La desperté temprano, pero no con palabras. Me quedé un tiempo simplemente observándola en la penumbra de la habitación, viendo cómo su pecho subía y bajaba con una regularidad que me resultaba hipnótica. Había algo en su rostro, una calma nueva que me recordaba al metal cuando se enfría después de haber sido forjado al fuego. Cuando finalmente abrió los ojos y me vio allí, no existió el pánico de los primeros días. Solo una mirada larga, pesada, que aceptaba mi presencia como una ley de la naturaleza. Se levantó murmurando algo sobre la ducha y desapareció en el baño. Escuché el agua correr y, de repente, el silencio de la habitación me resultó insoportable. No pude quedarme fuera. Abrí la puerta sin llamar. Ella estaba bajo el chorro, con el cabello pegado a la espalda y los ojos cerrados, dejando que el agua caliente borrara, al menos en la superficie, los estragos de la noche. Me desnudé con movimientos rápidos, dejando que mi ropa interior cayera al suelo como piel vieja, y entré detrás de ella. El chorro nos golpeó a ambos, haciéndome apretar los dientes al sentir el escosor del agua en mi herida, aunque ya estaba casi cerrada. La rodeé con los brazos, mis manos reclamando su centro mientras mi polla, ya dura y exigente, presionaba contra su culo. —Jax… —susurró, pero no se apartó. Al contrario, echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi hombro, y abrió las piernas en una invitación que me quemó más que el agua hirviendo. La giré de golpe, pegando su espalda contra los azulejos fríos. El contraste entre el frío del muro y el calor del agua le arrancó un jadeo roto. Le levanté una pierna, la apoyé en mi cadera y entré de un solo empujón, hondo y brutal. Ella gritó, un sonido que se perdió entre el ruido del agua golpeando el suelo. La follé con una necesidad que bordeaba la desesperación, mis caderas chocando contra las suyas con un ritmo salvaje. Quería que recordara mi peso, mi grosor, el sabor de mi piel antes de que el mundo volviera a ponerle las manos encima. Cada embestida era una firma, una forma de decirle que, aunque cruzara esa puerta, una parte de ella se quedaría siempre aquí, pegada a la pared de esta ducha. Estaba perdido en ella. En el calor resbaladizo de su piel. En la forma en que sus paredes se cerraban alrededor de mi polla como si nunca quisieran soltarme. En los gemidos ahogados que salían de su garganta cada vez que llegaba al fondo. Deslice mis labios por su cuello, los dientes rozando la piel húmeda. Iba a morder, a marcarla otra vez, cuando su mano me agarró la nuca con fuerza. —Nada visible… —jadeó, su voz luchando contra el placer—. Lo prometiste, Jax. No me hagas esto. Me detuve con los dientes rozando su pulso, sintiendo una punzada de frustración que murió antes de nacer. Acepté su petición no por respeto a sus normas, sino porque me gustaba la idea de que ella caminara entre la gente normal cargando con mi rastro oculto bajo la ropa. Era una marca mucho más profunda que un moratón; era una pertenencia mental. Besé el lugar donde iba a morder, suave, casi con reverencia, y subí los besos hasta sus labios, devorándola mientras seguía moviéndome dentro de ella, más lento ahora, disfrutando de cómo sus paredes me ordeñaban con cada contracción. —Buena chica —murmuré contra su boca—. De acuerdo. Me perdí en su piel. En cómo su coño se contraía alrededor de mí, succionándome con cada movimiento. En cómo sus uñas se clavaban en mi espalda sin romper la piel. En cómo su respiración se volvía errática, sus gemidos más altos. La follé hasta que sentí el orgasmo subir imparable. Me enterré hasta el fondo, gruñendo su nombre: —Cata…— y me corrí dentro de ella, llenándola mientras su coño se contraía en su propio clímax, apretándome como un puño caliente. Me quedé ahí unos segundos, inmóvil, con las frente pegada a la suya. El agua seguía cayendo, limpiando el semen que goteaba por sus muslos, pero nada podía limpiar la forma en que ella me miraba. Nuestras respiraciones se mezclaban. No dije nada. Solo la miré a los ojos, sintiendo cómo su corazón latía contra mi pecho. Luego salí de ella despacio. Ella gimió por la pérdida, pero no protestó. Tomé el jabón y la lavé con una paciencia que me resultaba ajena. Mis manos, que sabían cómo romper huesos, recorrieron su cuerpo con una delicadeza extrema. Enjaboné sus pechos, su vientre, y me detuve entre sus piernas, sintiendo la hinchazón que yo mismo había provocado. La enjuagué y la saqué de la ducha envolviéndola en una toalla grande, cargándola como si fuera un tesoro rescatado de un naufragio. En la habitación, el ritual continuó. La senté frente al tocador y tomé el secador. Mis dedos peinaron su cabello mientras el aire caliente llenaba el espacio. Me vi en el espejo: un hombre con las manos manchadas de sangre cuidando a la mujer que había robado. Era una imagen enferma, y aun así, me gustaba demasiado. La paciencia era un instinto que no sabía que tenía, pero con ella, cada gesto se volvía un ritual de posesión absoluta. No la estaba preparando para el trabajo; la estaba envolviendo en mi atmósfera antes de soltarla al mundo que ya no la merecía. Ella me devolvió la mirada con los ojos brillantes, sin decir nada. Le busqué ropa con cuidado táctico. Un jersey de cuello vuelto color crema, elegante, pero capaz de ocultar los rastros de mi posesión en su piel. Unos jeans oscuros. No quería que nadie viera las marcas en sus muslos; eso era solo para mis ojos. Ella se vistió en silencio, moviéndose con una rigidez que delataba el dolor del sexo anal de la noche anterior, pero no se quejó. Antes de que saliera, la agarré de la cintura y la atraje hacia mí. El beso fue largo, profundo, una promesa y una amenaza al mismo tiempo. —Te voy a buscar para almorzar —le dije contra sus labios—. No me hagas esperar. Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, casi tímida, pero real. —Está bien. La vi marcharse. Escuché el clic de la puerta y el silencio que siguió fue como un vacío físico. Me vestí con calma, mi mente ya cambiando de frecuencia, volviendo al mundo de sombras y violencia que pagaba mi estilo de vida. Me puse la camisa negra, ajusté mi reloj y tomé el teléfono. —Daniel —dije al teléfono, y mi voz volvió a ser el filo de acero que conocía el mundo—. ¿Supervisaste la limpieza? —Sí, jefe. Taller limpio, un cheque con ocho cifras a nuestros amigos uniformados como ordenó y la chica esperando por su atención. —Bien. Recógeme. Es hora de volver al negocio. Colgué y me acerqué a la ventana. La vi caminar por la acera, con los hombros rectos, desapareciendo entre la multitud que iba a sus trabajos de oficina. Ellos no sabían nada. No sabían que bajo ese jersey de cuello alto ella estaba marcada por mí. No sabían que la mujer que les sonreiría en el ascensor acababa de ser reclamada por un monstruo. Esto era nuevo, era arriesgado, y joder, me gustaba demasiado.
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