Jax
El trayecto en el automóvil transcurría bajo un silencio que solo era interrumpido por el leve zumbido del motor y el murmullo de la ciudad que despertaba tras los cristales tintados.
Me recliné contra el respaldo de cuero, sintiendo todavía en la yema de mis dedos la suavidad de la piel de Catalina y el aroma de su cabello, una fragancia que se negaba a abandonar mis sentidos a pesar de que el mundo exterior exigía mi atención inmediata.
Daniel conducía con la eficiencia que lo caracterizaba, manteniendo los ojos fijos en la carretera mientras comenzaba a ponerme al día con los asuntos pendientes que requerían mi supervisión.
—Jefe, ya tenemos lista la casa de seguridad que solicitó —informó Daniel con voz monótona—. Está acondicionada, el perímetro se encuentra vigilado por personal de absoluta confianza y los suministros están cubiertos para varios meses si fuera necesario.
Miré por la ventana, observando cómo la gente común caminaba hacia sus empleos, ignorando la red de sombras que sostenía su frágil estabilidad.
Pensé por un momento que todo sería mucho más sencillo si simplemente tomaba a Catalina y la encerraba en aquel refugio fortificado, lejos de miradas indiscretas y del alcance de cualquier enemigo potencial.
Sin embargo, recordé la promesa que le había hecho de otorgarle cierta normalidad y la extraña satisfacción que me producía verla recuperar su espacio, sabiendo que yo era el dueño absoluto de cada rincón de su vida.
Doblegar su voluntad en su propio territorio, en el santuario de su apartamento, era infinitamente más gratificante que mantenerla como una prisionera en una jaula de oro.
—Mantengan la casa acondicionada y en alerta permanente, pero por el momento no la vamos a usar —ordené sin apartar la vista del cristal—. Aumenten la vigilancia en el apartamento de Catalina y pon en funcionamiento las cámaras cuando no estemos dentro. No quiero que nadie la vea cuando está conmigo.
Daniel asintió en silencio, anotando mentalmente mi instrucción antes de continuar con el siguiente punto del día, uno que sabía que me irritaría más que ningún otro.
—Jefe, su padre llamó varias veces esta mañana —dijo, y pude notar un ligero cambio en su tono—. Quiere que se presente hoy mismo en su oficina; fue muy enfático en que el asunto no puede esperar más tiempo.
—Bien —respondí, sintiendo cómo la mandíbula se me tensaba ante la mención de mi progenitor—. Me presentaré cuando termine mis asuntos. Pero primero, me encargaré personalmente de la zorra que estuvo a punto de arruinar mis planes con Catalina.
El vehículo se desvió de las avenidas principales y se internó en la zona industrial, un laberinto de estructuras oxidadas y almacenes que el progreso había olvidado hace décadas.
Nos detuvimos frente a un edificio viejo con ventanas rotas y puertas reforzadas que no daban pista alguna de lo que ocurría en su interior. Bajé del coche ajustándome la chaqueta, sintiendo el aire frío y viciado del sector, y caminé con paso firme hacia la entrada mientras Daniel me seguía de cerca.
Al entrar, el eco de mis pasos resonó contra las paredes desnudas. En el centro de la estancia principal, bañada por la luz que se filtraba por las grietas del techo, se encontraba una mujer.
Estaba suspendida, con las manos atadas firmemente a una viga del techo, obligándola a mantenerse de puntillas sobre el suelo de cemento sucio. Sus sollozos eran el único sonido que rompía el silencio del lugar.
Daniel se colocó a mi lado y consultó brevemente su tableta antes de hablar.
—Sandra Martínez, veintidós años —informó con frialdad—. Ha sido la amante de Erick durante los últimos dos años.
—Dos años viéndole la cara de estúpida a mi mujer —gruñí, sintiendo una furia gélida recorriendo mis venas al pensar en la humillación silenciosa que ella había sufrido sin saberlo.
La chica se retorció en su posición, moviendo los hombros con desesperación en un intento inútil por liberarse de las cuerdas que laceraban sus muñecas. Sus ojos, enrojecidos y desorbitados por el terror, se fijaron en mí mientras las lágrimas surcaban su rostro cubierto de suciedad y rímel corrido. Gritaba súplicas incoherentes, pidiendo clemencia a gritos que nadie fuera de esas cuatro paredes podría escuchar jamás.
Esbocé una sonrisa carente de toda calidez y me acerqué como un depredador, deteniéndome apenas a unos centímetros de ella. El olor del miedo emanaba de su piel, un aroma agrio que me resultaba repulsivo en comparación con la pureza que había dejado atrás.
—¿Realmente quieres que te deje libre? —pregunté con una suavidad que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Entonces sé una buena chica y dime exactamente cómo fue que llevaste a la policía directamente hacia mí aquel día.
Ella gimió, su cuerpo sacudido por un temblor violento mientras luchaba por articular las palabras a través de los sollozos que le dificultaban la respiración.
—Me... me iba a encontrar con Erick cuando apareciste y te lo llevaste —confesó con voz quebrada—. Tú no me viste, estaba escondida detrás de los contenedores, pero yo los seguí a una distancia prudente. Tuve miedo... y llamé a la policía.
«Maldito error», pensé para mis adentros, sintiendo una punzada de autodesprecio por mi propia imprudencia.
Aquel día, el deseo de poseer a Catalina y el odio hacia Erick me habían cegado por completo, haciéndome pasar por alto las reglas más básicas de vigilancia. Había permitido que una civil cualquiera observara mis movimientos y pusiera en riesgo toda la operación.
Giré la cabeza para mirar a Daniel, quien permanecía impasible a unos metros de distancia.
—Creí que mis hombres me cubrían la espalda adecuadamente —le dije con una voz cargada de una advertencia implícita.
—Yo mismo me encargaré de investigar quiénes fallaron en su turno y de que reciban el castigo correspondiente —respondió con firmeza antes de retirarse del lugar para cumplir con su palabra.
Me quedé a solas con la mujer. No me importaba su nombre ni su pasado; para mí, solo era un obstáculo que debía ser eliminado del tablero.
Me acerqué aún más, invadiendo su espacio personal, y extendí una mano para acariciarle la mejilla con una lentitud calculada. En el momento en que mis dedos tocaron su piel, sentí una oleada de asco inmediato. No había nada en ella que me resultara atractivo o interesante; mi cuerpo y mi mente estaban tan saturados de Catalina que cualquier otro contacto físico me parecía una profanación.
Solo la piel de Catalina tenía el poder de encenderme, de calmarme y de hacerme sentir vivo.
—¿Así que querías jugar a ser la heroína del patético pedazo de carne con el que te acostabas? —le pregunté al oído, viendo cómo su piel se erizaba de pánico puro.
Ella sollozaba con más fuerza. Algo que solo me molestaba aún más.
—Fuiste muy valiente al seguirme, pero también fuiste increíblemente estúpida. Arruinaste mis planes, te metiste en mi camino y me obligaste a actuar de una forma que no tenía prevista.
Ella intentó gritar de nuevo, pero el sonido murió en su garganta cuando saqué el arma con silenciador que llevaba oculta en la parte posterior de mi cinturón. Fue un movimiento fluido, el resultado de años de práctica en un mundo donde la duda significaba la muerte. Apoyé el cañón frío contra su frente, justo entre sus ojos llenos de una comprensión tardía y absoluta.
—Y si hay algo que debes saber sobre mí antes de irte, es que yo nunca perdono ese tipo de interferencias —susurré.
El disparo fue apenas un chasquido seco que se perdió en la inmensidad del almacén. El cuerpo de la mujer se desplomó hacia adelante, sostenido únicamente por las cuerdas de sus muñecas, mientras la luz desaparecía de sus ojos para siempre.
Guardé el arma sin mirar atrás, sintiendo que un peso se levantaba de mis hombros; el cabo suelto había sido atado.
Salí del edificio caminando con paso tranquilo, sintiendo cómo el aire exterior limpiaba mis pulmones del olor a encierro y muerte.
Daniel me esperaba de pie junto a la puerta abierta del automóvil, observando mi aproximación con su habitual rostro de esfinge mientras me extendía un paño húmedo para limpiarme.
Pasé por su lado sin detenerme, manteniendo la mirada fija en el horizonte industrial.
—Manda a alguien a limpiar toda esa mierda de inmediato y vámonos —ordené mientras tomaba el paño y subía al vehículo—. Mi padre nos espera, y no quiero hacerlo aguardar más de lo necesario.
Mientras el automóvil se ponía en marcha, regresando hacia la parte civilizada de la ciudad, volví a mirar por la ventana.
El rostro de Catalina volvió a mi mente, triunfante sobre la oscuridad de lo que acababa de hacer.
El mundo podía ser un lugar cruel y sangriento, pero mientras ella estuviera esperándome al final del día, cada cadáver en el camino valdría la pena.
Tenía un negocio que manejar y una mujer que proteger, y nada, ni siquiera la sangre en mis manos, iba a impedirme conservar ambas cosas.