Capítulo 17: Dueño del tablero

1266 Words
Catalina Salí del departamento con las piernas todavía débiles, aunque intenté disimularlo con pasos firmes. El ascensor bajó lento, como si supiera que yo no estaba lista para enfrentar el mundo real después de días encerrada en una burbuja de sexo, sangre y promesas oscuras. Cuando llegué a la calle, el sol me golpeó como si fuera la primera vez que lo veía en siglos. El aire olía a sal y al café de la panadería de la esquina. Todo parecía normal. Llegué a la oficina quince minutos tarde, moviéndome entre cubículos que de repente me parecían de juguete. La recepcionista me dedicó un «¿ya estás mejor?» distraído, sin sospechar que la mujer que tenía enfrente era un cadáver reanimado por el deseo. Me senté en mi escritorio y el brillo de la pantalla me resultó ofensivo. ¿Cómo podía la gente preocuparse por hojas de cálculo mientras el mundo —mi mundo— se había vuelto tan oscuro y visceral? Me sentía como una infiltrada en mi propia vida, una criminal oculta bajo un jersey de cuello alto. Traté de concentrarme en los correos pendientes. Pero no podía. Mi cuerpo recordaba cada cosa que Jax me había hecho. Cada vez que me movía, la tela del jersey rozaba mis pezones, todavía en carne viva por sus mordiscos de la mañana. Era un recordatorio constante de que, aunque Jax no estaba físicamente presente, sus marcas seguían gobernando mis nervios. Cerré los ojos, y el zumbido del aire acondicionado de la oficina se transformó en el eco de su respiración ronca. —Cata… joder, Cata… El calor líquido que se extendió entre mis piernas fue una traición biológica: mi cuerpo no extrañaba la libertad, extrañaba el peso de mi captor. Estaba sentada en una reunión de equipo mientras mi coño palpitaba con hambre a él que me hacía querer gritar. ¿Cómo era posible que solo con recordar su voz ronca al correrse dentro de mí me pusiera así? Intenté trabajar. Revisé un informe, respondí un mail. Pero cada pocos minutos volvía a distraerme. Extrañaba sus manos. Extrañaba el peso de su cuerpo encima del mío. Extrañaba cómo me miraba cuando se corría, como si yo fuera lo único que existía en el universo. A media mañana, el jefe general entró al espacio abierto con el micrófono inalámbrico en la mano. Hizo sonar una campanita para llamar la atención. —Buen día a todos. Solo un anuncio rápido —dijo con esa voz de ejecutivo que siempre sonaba un poco demasiado entusiasta—. Como saben, nuestro presidente, Donald Salazar, se retira oficialmente el mes que viene. Su hijo se incorporará a la oficina a partir de hoy para empezar a tomar el mando. Les pido que lo reciban con los brazos abiertos. Va a ser un gran cambio, pero para bien. Algunos aplaudieron por compromiso. Yo solo asentí, sin prestarle mucha atención. No tenía idea de quién era el hijo del jefe. Nunca lo había visto en fotos ni en reuniones de la empresa. Lo dejé pasar. Mi mente estaba en otra parte: en la promesa de Jax de ir a buscarme para almorzar, en cómo me había secado el cabello esa mañana con una ternura que todavía no podía procesar. A la hora del café me junté con Lucas y Nadia en la sala de descanso. Ellos eran mis amigos más cercanos en la oficina: Lucas, el diseñador gráfico con el humor ácido, y Nadia, la de recursos humanos que siempre olía a vainilla y sabía leer cuando algo andaba mal. —Te ves… diferente —dijo Nadia, inclinando la cabeza mientras removía su té—. ¿Segura que solo estuviste enferma? Lucas se cruzó de brazos, sonriendo de lado. —Pareces una persona que se tomó unos días de “enfermedad” muy intensos. ¿Quién es? ¿O qué es? Porque esa cara de recién follada no se disimula con maquillaje. Me reí, pero sonó forzado. —Nada de eso. Solo gripe fuerte. Mucho reposo, sopa de pollo, lo normal. Nadia entrecerró los ojos. —Ajá. Y por eso tienes el cuello cubierto hasta las orejas en pleno verano. ¿Chupetones o moretones de estrangulamiento sexy? —Cállate —murmuré, pero sentí cómo el calor subía por mi cara. Ellos siguieron pinchando un rato más, pero no solté nada. No podía. ¿Cómo explicaba que había sido secuestrada, violada por placer, que había visto matar a mi prometido y que ahora vivía con su asesino? ¿Que me corría solo de recordar cómo decía mi nombre mientras se vaciaba dentro de mí? Imposible. Volví a mi escritorio con el estómago revuelto. La hora del almuerzo se acercaba y Jax no aparecía. Miré el teléfono cada dos minutos. Nada. Ni un mensaje, ni una llamada. Empecé a sentir un nudo de ansiedad. ¿Y si había cambiado de idea? ¿Y si ya se había aburrido? ¿Y si me había dejado sola de verdad? Entonces el jefe general entró al espacio común. Esta vez con el presidente detrás y otra figura más. —Atención, equipo —anunció, sonriendo ampliamente—. Les presento a mi hijo, Jax Salazar —anunció el jefe, y el aire pareció succionarse fuera de la habitación. Jax entró. No era el hombre sudoroso y letal del taller; era una versión pulida, envuelta en un traje que gritaba poder y herencia. Su presencia en ese entorno era casi obscena: un lobo con piel de cordero de alta costura. Cuando sus ojos barrieron la sala y se anclaron en los míos, el mensaje fue claro. No me había seguido; él era el dueño del tablero. Sonrió. Esa sonrisa lenta, oscura, pervertida que conocía tan bien. El pánico se mezcló con una excitación enfermiza: mi secuestrador no solo dormía en mi cama, ahora era el hombre que firmaba el cheque de mi salario. —Buen día a todos —dijo, su voz grave resonando en el silencio repentino—. Espero trabajar con ustedes de cerca. Tengo muchas ideas para llevar esta empresa al siguiente nivel… y muchas ganas de conocerlos mejor. Algunos aplaudieron. Otros murmuraron comentarios sobre lo joven y atractivo que era. Yo no podía moverme. Estaba paralizada en mi silla, las manos temblando sobre el teclado. El hijo del jefe. Jax. Mi secuestrador. Mi amante. Mi perdición. El hombre que me había roto y reconstruido, que me había prometido exclusividad y amenazas de muerte en la misma conversación. El hijo de puta que me dio mi libertad porque sabía que iba a controlarme afuera también. Me miró de nuevo. Directo, sin disimulo. Y en sus ojos vi todo: posesión, deseo, promesa de que esto no había terminado. Que el almuerzo iba a ser cualquier cosa menos tranquilo. Tragué saliva. Sentí cómo me mojaba otra vez, solo con esa mirada. El jefe siguió hablando, presentándolo a algunos gerentes. Jax respondió con calma, profesional, como si no hubiera matado a un hombre frente a mí, como si no me hubiera follado contra cada superficie de mi casa hasta dejarme ronca. Pero yo sabía la verdad. Estaba atrapada en una red de seda y acero, y lo más aterrador no era que él fuera mi jefe, sino que yo estaba deseando que llegara la hora del almuerzo para que me recordara, en la oscuridad de cualquier rincón, a quién pertenecía realmente. Iba a ser el comienzo de algo mucho más peligroso. Porque ahora no solo era suya en la oscuridad de mi departamento. Era suya a la luz del día. No tenía escapatoria le pertenecía en todos lados.
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