ROMA, ITALIA. —Parece molesta ¿Aceptará mi copa? Gabriella dudó unos segundos en si debía hacerlo, pero los ojos y la amabilidad del hombre le hicieron confiar en él a la primera. Tomó la copa y agradeció el gesto. —Gracias. El hombre sonrió. Sus ojos y ese rostro le llamaron la atención de inmediato. La chica tenía una mirada inocente, jovial y tierna. Esos grandes ojos y esas pestañas abundantes hacían a la mirada de Gabriella algo único, especialmente el sentimiento que transmitía cuando sonreía. Su vestido y la forma en cómo esos tacones estilizaban su figura llamaron su atención, sin embargo, sus ojos fueron quienes le dejaron prendado. Lo primero que sintió fue que las mujeres que formaban parte de esos ambientes no tenían esos ojos, ni mucho menos esa inocencia. Era como un

