ROMA, ITALIA Gabriella apagó la televisión. No le hacía bien nada de lo que decían allí. Tenía muchas cosas en la cabeza y tenía miedo que una mala noticia saliera y la pusiera más nerviosa de lo que ya estaba. Francis, como fiel compañero, estaba en la sala, viendo a su señora ir y venir, con una expresión en el rostro, digna de una esposa preocupada. —¿Ha llamado? —Estoy seguro que la llamará a usted. —Han pasado cuatro horas, Francis. Debería al menos mandarme un mensaje y decirme qué ha pasado con él. No dicen nada en la prensa, pero si quiero que sepas que no tengo un buen presentimiento. —Necesita un té. Las cosas salieron bien, solo está un poco asustada por las circunstancias. Creo que encender la televisión no ha sido una buena idea para usted. Allí dicen muchas cosas q

