Empujo a Alex hacia atrás y me bajo del escritorio al escuchar la voz iracunda de mi padre en la puerta. El rostro de Alex se drena de color y el mío se calienta por la vergüenza de haber sido atrapados por la única persona a la que no queríamos enfrentar. No me atrevo a alzar la vista, la tensión en la oficina es tan fuerte que me han empezado a zumbar los oídos. Alex se recarga en el escritorio junto a mí y baja la cabeza igual que yo. —¿Johanna…? Volteo para ver a Raúl con muchos sentimientos bullendo en mi interior. Lo miro desafiándolo a que me diga lo que sea que va a decir. Porque, para el caso se supone que yo aún no tengo idea del lugar que ocupa Alex para él. Sé que mi padre está consciente de que lo que diga a continuación nos condenará por la eternidad. Nuestra relación ha

