Capitulo 7

1191 Words
El coche n***o se queda quieto frente a la cabaña. Motor apagado. Silencio. El tipo de silencio que hace que todo parezca peor. Ryder no se mueve. Ni un centímetro. Solo aprieta más fuerte el stick de hockey. Mandíbula dura. Ojos fríos. Muertos. —Quédate aquí —repite. —Ryder— —Aquí. No grita. No hace falta. Porque su tono ya suena como una orden. Camina hacia la puerta. La abre apenas. Yo igual me acerco. Porque claramente no sé obedecer. Y entonces lo veo. No es Jaxon. Es Daniel. Traje oscuro. Cara de pocos amigos. No. Cara de furia. La clase de furia cara. De gente rica emocionalmente rota. Ryder sale primero. Se pone delante de mí instantáneamente. Ni siquiera mira atrás. Solo se coloca entre Daniel y yo. Stick en mano. Como si fuera normal prepararse para una guerra familiar a las nueve de la mañana. —No entres —dice. Seco. Frío. Daniel lo ignora. Mira a Ryder. Después el stick. Después la cabaña. —¿Qué coño hiciste? Silencio. Ryder no parpadea. —¿Dónde está Jaxon? —pregunto. Daniel me mira un segundo. Y algo cambia apenas en su cara. Como si hubiera olvidado que yo existía. —Urgencias. Mi estómago cae. —¿Qué? —Tu hermano casi le rompe la cara. Ryder ni se inmuta. —No suficiente. Daniel da un paso adelante. —¿Estás loco? —No. —¡Está en el hospital! —Respira. Qué tragedia. Mi respiración se corta. Porque Ryder jamás habla alto. Jamás pierde el control. Y ahora mismo parece estar a dos segundos de explotar otra vez. Daniel aprieta la mandíbula. —¿Qué demonios pasó? Silencio. Largo. Ryder sostiene el stick. Frío. —Lo que debía. Daniel se queda quieto. —¿Perdón? —Lo que debía. Como si fuera obvio. Como si no hubiera nada más que explicar. Daniel da otro paso. —No vuelvas a ponerle una mano encima a tu hermano. Y entonces pasa. Sus ojos bajan. A mi muñeca. Morada. Marcada. Fea. Silencio. Uno. Dos. Tres segundos. Daniel me mira. Después a Ryder. La expresión cambia. Peor. Más fría. —¿Tú? —pregunta. El aire se congela. Ryder ni pestañea. Pero algo en su cara se endurece. Muchísimo. —No —digo rápido—. Fue Jaxon. Silencio total. Daniel no habla. Solo mira el moratón. Después a Ryder. Después otra vez a mí. Como si estuviera haciendo cuentas mentales. Como si algo acabara de encajar. Tres segundos. Cuatro. Cinco. —Subid al coche. Parpadeo. —¿Qué? —Los dos. Ryder sigue quieto. —No. Daniel lo mira. —No te lo estoy pidiendo. Silencio. Muy feo. Muy Blake. Finalmente Ryder deja el stick apoyado. Pero antes de pasar junto a mí murmura: —No te separes. Ni una mirada. Solo orden. Otra vez. El camino de vuelta es horrible. Silencio. Daniel conduce. Cara de piedra. Yo atrás. Ryder a mi lado. Ventana. Brazos cruzados. Sin camiseta. Nudillos rotos. Cara cansada. No ha dormido. Ni un minuto. Se nota. Pero igual sigue alerta. Como si esperara pelea. Como si el mundo entero le debiera algo. Mi móvil vibra. Número desconocido. ¿Estás bien? Frunzo el ceño. Otro mensaje. No contestas. Jaxon. Lo bloqueo. Ryder lo nota. No pregunta. Pero su mandíbula se aprieta. Otra vez. La mansión Blake parece demasiado silenciosa. Rara. Como si supiera que algo explotó. Entramos. Y entonces— —¡Ashley! Claire. Acaba de llegar. Abrigo todavía puesto. Bolsa en el hombro. Cara cansada. Pero cuando me ve… Se congela. Sus ojos bajan a mi muñeca. —Dios mío. Camina rápido hacia mí. —¿Quién te hizo eso? Mi garganta se seca. Silencio. No sé qué decir. Porque si digo Jaxon… Todo explota. Si miento… También. —Yo— —Se cayó. La voz viene detrás. Ryder. Apoyado en la puerta. Frío. Sin expresión. Mintiendo por mí. Parpadeo. Claire frunce el ceño. —¿Caerse? —Sí. —Ryder. No le cree ni un poco. Cruza los brazos. Mira mi muñeca otra vez. Después sus manos. Los nudillos. La sangre seca. La piel rota. Silencio. —¿Y eso? —pregunta. Ryder ni pestañea. —Hockey. Mi boca casi se abre. ¿Hockey? Claire lo mira como si fuera idiota. —Claro. Daniel pasa de largo. —No ahora. —¿No ahora? —Claire gira—. ¿Qué demonios ha pasado? Silencio incómodo. Nadie responde. Perfecto. Ryder sube las escaleras. Sin mirar atrás. Como si nada importara. Como si casi matar a alguien fuera martes cualquiera. Antes de desaparecer arriba… Se gira apenas. Solo un segundo. Me mira. Mi muñeca. Después a Claire. Como asegurándose de algo. Y se va. Mi estómago hace algo raro. Otra vez. Odio eso. La noche cae horrible. Lenta. Pesada. No puedo dormir. Ni concentrarme. Ni pensar. Todo es demasiado. Jaxon. La cocina. La cabaña. Ryder durmiendo en el suelo con un stick como si fuera un guardaespaldas traumatizado. Mi puerta está medio abierta. Entonces escucho gritos. Abajo. Frunzo el ceño. Salgo. Bajo dos escalones. Y ahí están. Daniel. Ryder. En el despacho. La puerta entreabierta. —No vuelvas a ponerle una mano encima a tu hermano —gruñe Daniel. Silencio. Después la voz fría de Ryder. —Que él no vuelva a ponerle una mano encima a ella. Mi respiración se detiene. Daniel suelta una risa seca. Sin humor. —¿Ahora eres su héroe? —No. —Entonces ¿qué coño haces? Silencio. Largo. Feo. —Protegiendo un problema que no es tuyo. Algo cambia en la cara de Ryder. Peligroso. —Sí es mío. Mi corazón hace algo estúpido. Muy estúpido. Daniel lo mira. Como si no reconociera a su hijo. —Te estás volviendo loco. —No. Pausa. Frío. Letal. —Solo sé perfectamente lo que hizo. Silencio. Pesado. —Es tu hermano —dice Daniel más bajo. Ryder da un paso atrás. Mandíbula tensa. —Y ella estaba llorando. Eso me golpea raro. Porque no lo dijo como algo dramático. Lo dijo como un hecho. Como suficiente razón. Daniel se pasa una mano por la cara. Cansado. —No compliques esto. —Ya está complicado. Silencio. Y entonces— PORTAZO. Ryder sale del despacho. Rápido. Frío. Oscuro. Ni siquiera me ve al principio. Va hacia la entrada. Chaqueta negra. Llaves. Como si fuera a largarse. —¿Ryder? Se detiene apenas. Solo un segundo. —¿A dónde vas? No me mira. —Fuera. —¿Volverás? Silencio. Largo. Después: —Cierra con llave. Y se va. La puerta golpea. Otra vez ese vacío raro. Mi pecho se siente… raro. Demasiado raro. Subo al cuarto. No puedo dormir. A las 1:43 AM el móvil vibra. Instagram. Solicitud de mensaje. Número raro. Sin foto. Sin seguidores. Frunzo el ceño. Abro. Y el aire desaparece. Es una foto. Mía. Dormida. En la cabaña. Anoche. Llevo la sudadera de Ryder. Estoy tapada. Dormida. El ángulo es desde la ventana. Desde fuera. Mi respiración se rompe. Texto debajo. Solo una frase. “Te encontré.” Otro mensaje aparece. “Mía.” Se me congela la sangre.
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