No duermo.
Literalmente nada.
Porque cada vez que cierro los ojos veo la foto.
Yo.
Dormida.
En la cabaña.
Alguien afuera.
Mirando.
Esperando.
Y el mensaje.
“Mía.”
Mía.
Como si yo fuera algo que reclamar.
Como si alguien me hubiera estado observando todo este tiempo.
Me levanto con dolor de cabeza.
Demasiado temprano.
Demasiado cansada.
Demasiado todo.
Bajo las escaleras de la mansión.
Silencio.
Raro.
Claire está en la cocina.
Taza de café.
Cara preocupada.
Cuando me ve intenta sonreír.
—Buenos días, cariño.
—No deberían existir las mañanas.
Eso le saca una risa pequeña.
Pero desaparece rápido.
Porque mira detrás de mí.
Como buscando a alguien.
—¿Ryder bajó?
Mi estómago hace algo raro.
Intento actuar normal.
—No lo he visto.
Claire suspira.
—Se fue anoche.
Parpadeo.
—¿Qué?
—No volvió.
Mierda.
Mi pecho se tensa.
Raro.
Innecesario.
Ridículo.
Porque Ryder Blake puede desaparecer si quiere.
No me importa.
No debería importarme.
—Seguro está bien —dice Claire, aunque ni ella parece creerlo.
Miro el móvil.
Nada.
Ni un mensaje.
Ni uno.
Ni siquiera un insulto.
Perfecto.
La universidad es horrible.
Peor que antes.
Porque ahora siento ojos encima todo el tiempo.
Demasiados.
Cada sombra parece sospechosa.
Cada esquina me pone nerviosa.
Y encima…
No encuentro mi móvil.
Otra vez.
Perfecto.
—No, no, no…
Vacío los bolsillos.
Mochila.
Nada.
Mierda.
Intento recordar.
Biblioteca.
Cafetería.
Pasillo.
Gimnasio.
Oh no.
El gimnasio.
Camino rápido.
Muy rápido.
Los entrenamientos ya terminaron.
Todo está casi vacío.
Entro por la puerta lateral.
Silencio.
Escucho agua.
Duchas.
Genial.
Cruzo rápido.
Buscando el banco donde me senté antes.
Nada.
—¿Hola?
Nada.
Abro una puerta más.
Y me congelo.
Oh.
Mierda.
Vestuario masculino.
Universitario.
Y claramente post-entrenamiento.
Porque hay bolsas.
Ropa.
Agua en el suelo.
Y entonces—
La ducha se apaga.
Mi respiración se detiene.
Pasos.
Lentos.
Y Ryder aparece.
Pelo mojado.
Toalla baja en la cintura.
Agua cayendo por el cuello.
Hombros anchos.
Una cicatriz vieja cerca del hombro.
Nudillos aún rotos.
Vendajes feos.
Mi cerebro deja de funcionar.
Completamente.
Silencio.
Diez segundos enteros.
Agua goteando.
Él no parece sorprendido.
Ni un poco.
Solo me mira.
Largo.
Frío.
Como si estuviera intentando entender qué demonios hago ahí.
No se tapa.
No se mueve.
Nada.
—¿Perdida?
La voz sale ronca.
Fría.
Mi garganta falla.
Muchísimo.
—Yo… mi móvil.
Perfecto, Ashley.
Muy inteligente.
Él mira alrededor.
Después a mí.
Otra vez.
—Aquí no hay nada tuyo.
Idiota.
—Entré sin querer.
—Claramente.
Silencio otra vez.
Muy incómodo.
Muy peor porque está demasiado cerca.
Y demasiado sin ropa.
No mires.
No mires.
No—
Miro la cicatriz.
Error.
Gigante error.
Porque él lo nota.
Sus ojos bajan apenas.
Mandíbula tensa.
Se acerca hacia una bolsa deportiva.
Y tiene que pasar muy cerca.
Demasiado cerca.
Cinco centímetros.
Tal vez menos.
Huele a jabón.
A lluvia.
A algo metálico.
Sangre seca.
A él.
Mi respiración se queda rara.
Retrocedo instintivamente.
Choco contra una taquilla.
Perfecto.
Él se detiene.
Muy cerca.
Demasiado.
Apoya una mano al lado de mi cabeza.
No me toca.
Ni un centímetro.
Pero igual se siente como una jaula.
Como si no hubiera espacio.
Sus ojos bajan a mi muñeca.
El moratón.
Sigue feo.
Sigue ahí.
Silencio.
—¿Te duele?
Parpadeo.
¿Qué?
—No.
Mentira.
Un poco sí.
Pero no pienso decirlo.
Su mandíbula se tensa.
Apenas.
—Bien.
Eso es todo.
Bien.
Como si esa respuesta le bastara.
Como si necesitara escucharla.
Silencio.
Muy raro.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
Mi corazón está haciendo cosas estúpidas.
Otra vez.
—No volviste anoche —digo sin pensar.
Sus ojos vuelven a los míos.
—No.
—Claire estaba preocupada.
—No le dije que se preocupara.
—Yo tampoco.
Silencio.
Uno largo.
Pesado.
Sus ojos parecen quemar.
No suaves.
No cariñosos.
Solo intensos.
Como si estuviera enfadado conmigo.
O consigo.
O con el planeta.
Entonces—
La puerta se abre de golpe.
—Bueno, esto es interesante.
Jaxon.
Perfecto.
Media cara vendada.
Labio roto.
Moretón horrible.
Se queda mirando la escena.
Yo atrapada entre taquilla y Ryder.
Ryder demasiado cerca.
Silencio incómodo.
—¿Interrumpo?
Ryder ni gira rápido.
Ni se aparta.
Nada.
Solo toma una camiseta del banco.
Se la pone lento.
Sin prisa.
Como si Jaxon no existiera.
Como si no fuera amenaza.
Después:
—Largo.
Frío.
Vacío.
Peligroso.
Jaxon ríe.
Pero tenso.
Mucho.
Me mira.
—¿Recibiste mi mensaje?
Mi sangre se enfría.
—¿Qué?
—Anoche.
Silencio.
Oh.
No.
El mensaje.
¿Fue él?
—Te bloqueé.
Su sonrisa desaparece.
Apenas.
—Qué cruel.
Ryder gira la cabeza despacio.
Muy despacio.
Eso da más miedo.
Muchísimo más.
Se coloca entre nosotros.
Literalmente entre nosotros.
—Repítelo.
Jaxon alza una ceja.
—¿Qué?
—Vuelve a escribirle una mierda así.
Pausa.
Frío absoluto.
—Y te rompo la otra mitad.
Silencio.
Pesado.
Feo.
Jaxon lo mira.
Largo.
Como si quisiera responder.
Como si no supiera si pelear o largarse.
Finalmente sonríe.
Pero amarga.
—Estás enfermo.
—Largo.
Jaxon me mira una vez más.
Después sale.
La puerta golpea.
Silencio.
Ryder sigue ahí.
Brazos cruzados.
Mandíbula dura.
—¿Qué mensaje?
Mi garganta se seca.
—Nada.
Me mira.
No le gusta esa respuesta.
Se nota.
Muchísimo.
Pero no insiste.
Solo suspira.
Molesto.
—Si vuelves a entrar aquí—
Da un paso atrás.
Frío.
Distante otra vez.
—No respondo.
Y se va.
Literalmente se va.
Sin mirar atrás.
Idiota.
Llego a casa agotada.
La cabeza hecha un desastre.
Ryder.
El vestuario.
La cicatriz.
El casi.
El mensaje.
Todo.
Subo al cuarto.
Y me detengo.
Algo debajo de la puerta.
Papel.
Mi estómago cae.
No.
No.
No.
Lo levanto.
Foto impresa.
Yo.
Dormida.
Otra vez.
La cabaña.
La sudadera de Ryder.
Desde la ventana.
Mi respiración se rompe.
Doy vuelta a la foto.
Escritura torcida.
Fea.
Una frase.
“Hoy olías a él.”
Mi cuerpo entero se congela.
Otra línea.
Más abajo.
“Mañana sabrás a mí.”