Policías a la vista

3228 Words
Abrí la puerta y vi a dos policías en el porche delantero: uno llevaba traje y el otro uniforme. Uno era guapo, el otro no tanto.   El de Uniforme parecía un buen tipo... joven, expresión agradable, un poco de disculpa como si odiara interrumpir la mañana del domingo de alguien. En contraste, la cara del de Traje era un estudio en ángulos agudos. Tenía bonitos ojos incluso si no eran azules. Los suyos eran de color avellana, como los árboles a principios de la primavera cuando están listos para explotar con hojas y, aunque todavía son de color marrón invernal, se puede ver un brillo verde.   El Traje mostró su placa. Aunque él quería decirlo, por si había alguna duda de su vestimenta.   —Policía—, dijo, como si yo ni nadie no pudiera reconocer los uniformes de ambos.   Levanté la barbilla y lo miré con la nariz. —Chocolatero—. No pude evitarlo. Échale la culpa a la Coca-Cola y las galletas. Con toda esa azúcar y cafeína, me sentía a tres metros de altura y a prueba de balas.   El de Uniforme parecía desconcertado, pero una esquina de la boca del de Traje se arqueó hacia arriba como si quisiera sonreír pero sabía que no debía. Algo lo hacía ser así.   Me miró desde mi cabello desordenado hasta mis pies descalzos, así que hice lo mismo con él, no es que pudiera distinguir mucho por el traje azul, la corbata tranquila y la camisa blanca. Bueno, la corbata estaba un poco torcida y la camisa blanca estaba un poco arrugada. Agregue todo eso a los ojos de árboles en primavera, la forma en que casi sonrió ante mi broma, y estaba preparada para agradarme... a menos que quisiera escribirme una multa por exceso de velocidad. Que era lo que normalmente me ocurría.   — ¿Eres Paula Montero? — preguntó alzando una ceja.   —No. — Respondí. Me sentí reacia a ofrecer voluntariamente cualquier información, y no solo por mi paranoia acerca de las multas de tráfico. Podía sentir oleadas de miedo que emanaban de Paula que permanecía en el sofá detrás de mí, como una estatua. Ella siempre fue una conductora cuidadosa, tan cuidadosa que a veces quería asomarme por la puerta del pasajero y empujar con un pie para hacerla ir más rápido. Pero este caso no se trataba de una multa por exceso de velocidad. Algo  me decía que había otra cosa detrás de estos policías. — ¿Está Paula Montero aquí? — preguntó el hombre de Traje, furia evidente en su gran voz. Los ángulos de su rostro parecieron hacerse aún más nítidos.   —Sí—, respondí, con mucha seguridad.   Él esperó.   Yo también.   — ¿Podríamos hablar con ella? — Prácticamente estaba apretando los dientes. Ahora fui yo quien tuvo que reprimir una sonrisa. No es frecuente que pueda frustrar a un policía, aunque siempre hago un esfuerzo. Tampoco crean que ando de multa en multa.   De mala gana, me volví hacia mi amiga Paula, como para protegerla de algo que le llegarán a hacer. Ahora estaba de pie, sosteniendo a Zach con fuerza, con los nudillos blancos. Antes pensaba que su rostro estaba pálido, pero ahora podría haber sido suplente de Casper el Fantasma Amistoso. Tenía los ojos muy abiertos, las pupilas puntiagudas. Sin duda que algo grave estaba por ocurrir, o ya pasaba y yo no me había enterado.   De repente me sentí impotente, como si la estuviera entregando al verdugo de la ópera. Cristo, debería haber encontrado alguna manera de hacer que ella me contara esos secretos para que pudiéramos haber arreglado lo que estaba mal.   Sí, claro, como si hubiera arreglado mi propia vida.   De repente Paula marchó con valentía hacia la puerta, entregándome a Zach al pasar. El pequeño Zach señaló a los hombres y sonrió. — ¡Orina hombre! — dijo, y se le escuchó clarito.   —Eso es, — le dije al pequeñín.    —Policía. Los policías son nuestros amigos—. Le quise recalcar a Zach.   En ese momento realmente no lo creí más de lo que lo creí cuando uno de ellos me detuvo en la carretera, pero estaba tratando de sumar algunos puntos brownie con ellos. Tenía la sensación de que Paula iba a necesitar algunos de esos, para endulzar a estos dos hombres.   Paula se movió directamente frente a la puerta y se enderezó la columna. —Soy Paula Montero—. Ella estaba erguida pero sonaba pequeña y débil, como un pequeño ratoncito.   — ¿Podemos hablar contigo un minuto? — preguntó el hombre de Traje.   Paula lanzó una mirada rápida detrás de ella como si buscara una ruta de escape, y recordé su pregunta ese primer día sobre si la casa tenía otra salida. Todo podía coincidir. Mi corazón se hundió. ¿Qué está pasando? ¿Su miedo iba más allá de la preocupación por un marido abusivo? ¿Rick había tenido razón? ¿Mi amiga era una fugitiva? ¿Era una asesina con hacha después de todo?   No podía imaginarme a la tranquila y gentil Paula Montero haciendo algo malo. Por supuesto, malo e ilegal no son necesariamente sinónimos. Tomemos, por ejemplo, a una persona inocente que supera algunos kilómetros el límite de velocidad impuesto arbitrariamente.   Paula no parecía inocente mientras permanecía rígida dentro de la puerta mosquitera, con la mirada fija en los policías en su porche delantero. Parecía asustada... y culpable a la vez.   — ¿De qué quieres hablarme? — Su voz era un graznido apenas audible hacía el oficial.   —Larry Méndez—, respondió el tipo (hombre) de Traje. — ¿Podemos entrar? — le preguntaron con insistencia.   Paula palideció aún más. Se quedó inmóvil como un soldado que guarda la entrada al fuerte Tiuna (Un lugar de Caracas donde existen los altos del gobierno).   Esperé a que ella les negara la entrada, se lanzara al porche y los ahuyentara. Consideré hacerlo por ella, diciéndoles que no podían entrar sin una orden de registro. Aunque por un momento pensé y esperaba fervientemente que no tuvieran uno de esos.   Los policías no dijeron una palabra, simplemente se quedaron en el porche, mirando y esperando. Esto no se veía nada bien. Estos hombres parecían buscar a alguien que había cometido algo atroz. O eso parecía.   De repente, los hombros de Paula se inclinaron hacia adelante en una postura de derrota. Buscó a tientas el pestillo, lo soltó y abrió la puerta. Con movimientos robóticos y forzados, Paula se hizo a un lado, permitiéndoles por fin entrar.   Pasaron junto a ella, invadiendo su hermosa casa. Se quedó rígida, con las manos detrás de la espalda, su expresión era la de una mujer conducida a la guillotina: aterrorizada, indefensa y resignada a su destino final. Sin poder llegar a defenderse.   El cinturón de la pistola del hombre de uniforme crujió, y sonó tan fuerte que hasta Zach se asustó. Paula jadeó y se echó hacia atrás.   El de Traje fingió no darse cuenta, pero entrecerró los ojos especulativamente.   —Soy el detective Adam Torres—, dijo con voz alta, —y este es el oficial Donald Carrero—.  Torres era un hombre corpulento, que se alzaba grande en la habitación de techos altos. Él era el tipo que habría cobrado importancia incluso si hubiera sido bajo. El de uniforme no era tan alto ni tan intimidante, ni tan simpático. Pude ver a esta pareja haciendo la rutina de policía bueno / policía malo. El de Traje definitivamente sería el policía malo, sin duda alguna.   —Me gustaría hacerle algunas preguntas—, le dijo a Paula. Viéndola seriamente. Paula asintió bruscamente con la cabeza.   — ¿Qué sabes sobre Larry Méndez? — preguntó el oficial sin anestesia ni nada por el estilo.   Ella se balanceó levemente. —L-Larry—. Tartamudeó de repente.   —Sí, señora. Larry Méndez—. Le asintió el oficial.   Parpadeó dos veces y se enderezó. — ¿Larry Méndez? — Su voz era más fuerte. ¡Ve, Paula! Los policías intercambiaron miradas penetrantes. Ya sabían que esta chica escondía algo, con solo ver su actitud.   —Sí, señora—, dijo Torres nuevamente, un poco impaciente. —Larry Méndez. ¿Qué puedes decirnos de él? — volvió a preguntar.   Ella sacudió su cabeza. —No conozco a nadie con ese nombre—. Sonaba como si estuviera a punto de echarse a reír, como si acabara de obtener un indulto de esa guillotina. Era tan falsa su respuesta que hasta yo pude notarlo.   —Sólo estamos tratando de localizar al Sr. Méndez—, dijo el oficial Torres. —No te va a causar ningún problema contándonos lo que sabes—. Sus palabras, así como el filo de su voz, indicaron que pensaba que Paula estaba mintiendo y no estaba haciendo un buen trabajo.   Yo le creí por un momento. Su alivio era demasiado visible para dudar.   —No conozco a nadie llamado Larry Méndez—, repitió esta vez con mucha firmeza. Estaba de pie con los brazos envueltos de manera protectora, defensiva, a través de su abdomen.   —Tómate tu tiempo y piénsalo—. Torres la miró con recelo.   —No tengo que pensar en eso. No conozco a nadie con ese nombre—. Ella se estaba indignando y molestando a la vez. Tantas preguntas por ese tipo la hacían sentirse más incómoda.   ‹‹ ¡Bien por ti, Paula! ¡Defiende tu posición!›› —Si no conoces a Larry Méndez, ¿por qué tenía él su nombre y número de teléfono en una hoja de papel en su apartamento? —le preguntó el oficial.   Todo su alivio desapareció, y pude verla mentalmente subiendo los escalones hacia esa guillotina nuevamente. Sabía que tenía un número que no figuraba en la lista. Ella se había mostrado reacia a dármelo. Para que este Larry Méndez lo tuviera debe significar que ella lo conocía. Todo era confuso.   — ¿Mi número de teléfono de casa? — Su voz tembló un poco.   —Así es. — le dijo Torres.   —No sé por qué lo tenía ni de dónde lo consiguió—. Aseveró Paula.   —No está listado en guardados, así que debiste dárselo—. Siguió Torres. Esta vez su mirada cambió.   — ¡No lo sé! Se lo juro Sr. oficial, nunca he oído hablar de Larry Méndez—. Exclamó Paula. — ¿Dónde estuviste anoche entre las ocho y las diez? — Preguntó Torres, aprovechándose de la angustia de Paula.   Bonitos ojos o no, ya estaba harta del hombre que acosaba a mi amiga. Dejé a Zach en el suelo y di un paso adelante, moviéndome a su lado, más cerca de Torres que ella.   — ¿La Sra. Montero necesita llamar a un abogado? — Exigí.   Cruzó los brazos y se balanceó ligeramente hacia atrás, arqueando una ceja. —Eso depende. ¿La Sra. Montero ha hecho algo ilegal? — me contestó.   ¿Cómo diablos debería saberlo? Pero no dije eso. —Si no crees que haya hecho nada ilegal, ¿por qué la estás interrogando? — le respondí.   —Solo estoy revisando un informe de personas desaparecidas que llegó a la oficina. Y es deber nuestro averiguar a qué se debe todo eso—. Una explicación sencilla, para él.   Le fruncí el ceño y él me frunció el ceño. — ¿Informe de personas desaparecidas? ¿Así que este Larry Méndez no está? —. Debe ser que no tiene familia ni amigos ese señor.   —No estaría tratando de localizarlo si estuviera en su apartamento—. Refunfuñó el oficial.   —Ya que le preguntaste a Paula dónde estaba anoche entre las ocho y las diez, ¿eso significa que desapareció durante ese tiempo? — Veo todos esos programas de policías. Yo sé de estas cosas. Carrero miró a Torres como si esperara que respondiera la pregunta. —Por lo general—, dijo el detective después de un largo momento de silencio. —Ahora, ¿es mi turno de hacer una pregunta? — le dije al oficial.   —Está bien, Lisa—, dijo Paula en voz baja antes de que pudiera responder al sarcasmo de Torres.    —Responderé la pregunta del oficial. Estuve en casa toda la noche. Salí del trabajo poco después de las cuatro, recogí a Zach en la niñera y lo llevé al parque que está por aquí cerca. He estado aquí desde las seis de anoche.   — ¿Sola? — me recalcó el oficial.   —Sí, por supuesto sola, a excepción de mi hijo—. Le dijo Paula con mucha seguridad.   — ¿Por qué quieres saber? — Me sentía muy a la defensiva por parte de Paula y, lo admito, tenía mucha curiosidad. — ¿Quién es este Larry Méndez y qué le ha pasado? ¿Por qué están comprobando su desaparición tan rápido? — le pregunté.   Torres me frunció el ceño de nuevo. — ¿Quién eres tú? — preguntó con odiosidad.   —Soy Lisa Pérez. Soy hermana de Paula—. Que gran mentira me salió.   —No tú no eres. Ella no tiene una hermana—. Dijo el oficial.   ¡Ajá! Así que había investigado sus antecedentes. Esto se hacía más profundo todo el tiempo. ¡Qué locura!   —Bueno, soy su mejor amiga—. Cambié la versión. Punto negativo.   Torres y yo nos miramos y nos evaluamos el uno al otro. Me di cuenta de que estaba pensando en pedirme que me fuera y yo estaba pensando en negarme.   —En esa hoja de papel que se encontró en el apartamento de Larry—, dijo Carrero, rompiendo el silencio, —justo debajo del número de teléfono de la Sra. Montero estaba la fecha de ayer y la hora, las ocho en punto. El Sr. Méndez se fue con una cita y nunca regresó a casa. El gerente de su apartamento estaba preocupado y nos llamó—. Explicó.   — ¿No volver a casa de una cita equivale a sospecha de juego sucio? — Yo pregunté. Vaya, todas esas noches podría haber tenido a la policía buscando a Rick.   Torres dirigió a Carrero una mirada de advertencia. Había más en la historia, pero no nos iban a contar. Zach, cansado de ser ignorado, corrió por el piso, agarró su camioneta favorita y cargó hacia el lugar del evento. — ¡Aquí! — Sonriendo felizmente, agarró la pernera del pantalón de Carrero con una manita sudorosa y le sostuvo el juguete con la otra.   —Oye, ¿qué tienes ahí? — El cinturón de la pistola crujió, Carrero se puso en cuclillas al nivel del niño y aceptó el camión. —Ruedas geniales—.   — ¡Zach! — Paula se inclinó y levantó a su hijo, arrebatándolo como si pensara que el policía lo haría daño. —No molestes al policía—. Su rostro estaba pálido de nuevo, el pánico de nuevo en su voz y sus ojos. —Él está trabajando. ¿Por qué no vas a tu habitación y juegas con tu dinosaurio morado? Mami no tardará mucho y luego te prometo que iremos al parque—. Ella lo bajó. —Iré ahora. — Levantó los brazos para abrazarlo. Ella lo abrazó, luego le dio unas palmaditas en el trasero y lo envió fuera de la sala.   — ¡Adiós! — él dijo.   — ¡Adiós! — todos respondimos, incluso el policía. Carrero sonrió, pero Torres hizo una mueca y apretó los labios como si de repente se hubiera dado cuenta de lo que había hecho... dejó que su fachada de macho se desvaneciera. Algo lindo. Probablemente apretaría los labios aún más fuertes si supiera que yo pensaba eso. Consideré decirle solo para verlo reaccionar.   Entonces Carrero se puso de pie, el movimiento hizo que el cinturón de su pistola crujiera de nuevo, y de nuevo Paula se estremeció al oír el sonido.   Pero se preparó, respiró hondo y temblorosamente y se enfrentó directamente a la policía. —No conozco a Larry. Estuve aquí en casa anoche. Lo siento, pero no puedo ayudarles—. Se volvió y caminó hacia la puerta.   Intento muy elegante y hábil de deshacerse de ellos. Tal vez lo probaría la próxima vez que me atrapen yendo un poco rápido. No, no estaba acelerando. Debe haber sido otra persona. Lo siento, oficial, pero no puedo ayudarlo. Entonces vete.   — ¿Alguien puede verificar que estuviste aquí toda la noche? —  Preguntó Torres, ignorando sus esfuerzos por deshacerse de él. Probablemente tampoco funcionaría para mí con el futuro policía de tráfico. Se volvió y me miró. — ¿Qué hay de ti, mejor amiga? —   Como si no me sintiera lo suficientemente mal por pasar la noche con Rick, ahora significaba que no podía proporcionar una coartada para Paula. Si tan solo hubiera venido a jugar al Scrabble en lugar de dejarlo entrar a mi casa, tanto Paula como yo estaríamos mucho mejor.   Pensé en intentar otra mentira, pero Paula ya había admitido que había estado sola en casa. —No— yo dije. —No puedo verificar eso. Estuve... ocupada anoche—. La mirada de Torres pasó de Paula a mí y viceversa, estudiándonos en silencio durante un largo momento. Esos ojos eran intensos, casi totalmente marrones, sin rastro de primavera en ellos ahora. Había visto suficientes películas de policías. Sabía que estaba esperando a que nos rompiéramos. Tenía que darle crédito. Él fue bueno en eso. Me encontré queriendo confesar que había hecho ochenta por la I-70 ayer por la noche y luego había pasado la noche con mi casi ex marido, decepcionando así a mi amiga y a mí. Pero realmente no pensé que ese fuera el tipo de craqueo que estaba buscando.   Finalmente, sacó un par de tarjetas de su billetera y le entregó una a Paula. —Llámame si recuerdas algo—.   Luego me entregó otra a mí. —Tú también. — Por solo un segundo, mi cerebro dio un vuelco y pensé que se estaba acercando a mí. ¡Caramba! Ni siquiera completamente divorciada todavía, mi casi-ex todavía dormía en mi cama, y yo ya estaba leyendo cosas en las miradas de los hombres y en las tarjetas de presentación.   Aun así, no pude evitar comprobar si llevaba un anillo de bodas. No lo estaba. Me alegré de haberme quitado el mío y haberlo arrojado al río cerca de casa. Está bien, eso es mentira. Le dije a Rick que lo arrojé al río, pero la verdad es que lo vendí. Yo quería lanzarlo en el río, pero tenía un gran diamante. Diablos, me encogí cuando Rose hizo el gran gesto de arrojar su collar al océano al final del Titanic. Que desperdicio. Ella podría haberlo vendido, quedarse con el dinero y mentir acerca de tirarlo a la basura como lo hice yo.   La policía empezó a marcharse, pero Torres se volvió hacia la puerta. —No suena como si fuera de por aquí, señorita Montero—, dijo. — ¿Detecto un toque distinto en ese acento? —   Ella se congeló. —No, — dijo ella, su voz apenas más que un susurro. —Soy de... otro lugar cercano a este. —   Interesante. Me había dicho Caracas cuando alquiló la casa.
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