Capítulo cuarenta y dos Me estaciono a un costado de la carretera casi cerca de la manada principal y apago el motor del auto, me bajo lo más rápido que puedo y la brisa fresca de la tarde me pega de lleno en el cuerpo mandándome oleadas gigantescas de su olor a mi nariz. Al parecer cuando quiere se deja detectar fácilmente y cuando no, se oculta de mí hasta que lo tengo a pocos metros. Paso por los enormes arbustos y matorrales sin fijarme mucho en que pueda dañar mi ropa y al llegar ahí lo veo, sentado dándome la espalda mientras observa los rayos del sol que caen directamente al agua cristalina. Me acerco hasta estar al frente de él y subo a la enorme roca para sentarme a su lado, sus ojos perdidos me indican que algo, tal vez, malo ha sucedido y doy una larga respiración espera

