+ELENA+ La presencia de Dante en mi santuario, sentado como un dios oscuro en el suelo de mi estudio, era una profanación. Cada palabra suya era un lazo más en la cadena que me había impuesto. Me alejé de él, recogiendo mi orgullo del suelo junto con el mantel imaginario del pícnic. —Traeré otra copa —dije, mi voz era tensa y formal. Necesitaba moverme, romper la inmovilidad de su dominio. —No —ordenó—. Quiero beber de tu copa. Su tono no admitía discusión. Era un acto de posesión íntima en un espacio público. Él no solo quería mi cuerpo; quería compartir mi saliva, mi vino, mi aire. Asentí, mi corazón latiendo con una rabia sorda. Me senté a su lado, sintiendo el calor de su cuerpo a través de los jeans. Él tomó la copa de mi mano y bebió un trago largo del Barolo del 2006, un vino

