Él se acostó a mi lado, rodeándome con sus brazos. Por primera vez en meses, no sentí que sus brazos fueran una jaula, sino un refugio necesario contra el mundo que acabábamos de enfrentar. Me quedé dormida escuchando su respiración, sabiendo que la paz era falsa, que el contrato seguía ahí, y que mi huida a Seúl era un recuerdo lejano. Pero mientras el bebé se movía dentro de mí, supe que había ganado algo importante. Había ganado tiempo. Había ganado su confianza. Y en el juego de Dante, la confianza es la única moneda que puede comprar la verdadera libertad... o la destrucción total. —Descansa, reina —fue lo último que escuché antes de que el sueño me reclamara. La tregua había comenzado. Pero en el fondo de mi corazón, sabía que los siete meses eran solo el principio de una historia

