El rostro de Martín era la prueba irrefutable de que mi fachada se había roto. La tristeza en sus ojos me perforó. Él era la última conexión con mi yo honesto, y no podía permitir que Dante lo destruyera. —No —susurré, la palabra era un ruego desesperado. En un instante de adrenalina pura, agarré la mano de Martín. —Te tienes que esconder, por favor. No te pueden encontrar. ¡No! Mi acción fue instintiva. Lo empujé, no suavemente, sino con una fuerza impulsada por el pánico, hacia la parte trasera de la oficina. —¡Escóndete! —le ordené, mi voz era un siseo urgente. Martín, confundido por mi repentino terror, dudó. —¿Por qué? —¡Hazlo! ¡Por favor! —rogué, sin tiempo para explicaciones. Él vio la urgencia mortal en mis ojos y se metió detrás del escritorio, agachándose en el espacio

