—No es una ruina —me corrigió, acercándose y acomodándome un mechón de pelo detrás de la oreja. Su tacto me erizó la piel—. Es un lienzo en blanco. Ya no tienes lealtades fuera de mí. No tienes distracciones. A partir de mañana, trabajarás solo para la academia de mis socios. Tu mundo se ha reducido a mí, y a esta pequeña oficina. Me di cuenta de su estrategia maestra. —Y en cuanto a la humillación —continuó, su voz era baja y resonante—. Es un recordatorio funcional. No vuelvas a interponerte entre mi voluntad y la vida de alguien que te importe. Tu amigo está vivo. Ese es el precio de tu obediencia. Me giré, mirando por el gran ventanal de la oficina, viendo el cielo oscurecerse. —Vamos a cenar, Dante —dije con una frialdad calculadora—. Seré tu dama perfecta. Pero entonces, se ten

