El auto frenó en seco, haciéndome caer hacia adelante. El cinturón de seguridad se clavó en mi pecho, justo encima del estómago, y solté un gemido de dolor real. El pánico se apoderó de mí. El sudor frío me empapaba el vestido de seda, que ahora se sentía como una mortaja. Me miré en el espejo retrovisor. Mis ojos estaban desorbitados, mi moño perfecto de profesora de ballet se había deshecho y mechones de pelo caían por mi cara como serpientes. Ya no era la reina del imperio de Dante; era una fugitiva, una presa política en una guerra de egos. —Bájate —ordenó Martín, saliendo del coche y rodeándolo para abrir mi puerta. Me quedé inmóvil. Fuera del coche, la oscuridad del callejón parecía una boca abierta lista para tragarme. Escuché el eco de una sirena a lo lejos y mi mente voló hacia

