+* El sol de la tarde golpeaba el barandal de mármol, pero el aire que subía por la ladera era lo suficientemente fresco como para hacerme apretar a Alexander contra mi pecho. Mi hijo era un peso tibio, una presencia que llenaba cada hueco de mi existencia. Mirar sus pestañas largas y su nariz diminuta, una réplica exacta de la de su padre, me sumía en una especie de trance. Dante se había ido. Un viaje relámpago, negocios que requerían su presencia física y su mirada de acero para sellar acuerdos que mantenían este estilo de vida. La casa se sentía inmensa sin él, a pesar de que cada rincón estaba custodiado por hombres con el rostro de piedra y armas ocultas bajo sus trajes. Sentí el roce de unos pasos ligeros sobre la alfombra de la habitación antes de que salieran al balcón. No neces

