+ El auto se detuvo frente a la Academia. La fachada lucía inmaculada, las grandes ventanas reflejaban el sol de la tarde. Dante y yo salimos, y él me guio hacia el interior con su mano firme en mi cintura. Al entrar en el gran estudio principal, me detuve en seco. ¡No eran niñas! A mi alrededor, no había el grupo de niñas estudiantes que yo esperaba. En su lugar, había un grupo de aproximadamente quince mujeres. Chicas, figuras tan perfectas, esculpidas, algunas en leggings de diseño y tops deportivos. No eran las estudiantes de ballet de rigor; eran mujeres jóvenes, magníficas y con una disciplina visible, pero con un aire de peligro que se extendía más allá de la danza. Sus edades oscilaban entre los veinte y los treinta, y me miraban con una mezcla de curiosidad fría y competencia.

