+ El avión despegó, elevándonos hacia la oscuridad del cielo nocturno. Me quedé dormida por el cansancio extremo, sintiendo el aroma de Dante envolviéndome. En mis sueños, volvía a estar en la academia, bailando sola en un salón de espejos, pero cada vez que giraba, mi reflejo era el de Dante, rodeándome, atrapándome, bailando conmigo una danza de la que nunca podría escapar. Cuando desperté, el sol entraba por las ventanillas del avión. Estábamos cruzando el océano. Dante estaba sentado en un sillón cercano, trabajando en su tableta, con un café en la mano. Se veía impecable, como si no hubiera pasado la noche en vela vigilando mi sueño. —Estamos por aterrizar —dijo sin levantar la vista—. Los médicos nos esperan en la villa. Me senté, sintiendo el peso del bebé y la realidad de mi co

