—¿Extrañas el escenario? —La voz de Dante llegó desde la sombra de la habitación. No lo había oído entrar. —Extraño la verdad —respondí sin girarme—. Extraño saber quién soy cuando nadie me está mirando. Dante se acercó y se paró detrás de mí. No me tocó, pero sentí su calor irradiando hacia mi espalda. —Eres mi mujer, Elena. Esa es la única verdad que necesitas —dijo, y su voz tenía una nota de algo que casi parecía arrepentimiento, si es que los monstruos pudieran sentirlo—. Y el niño que llevas... es un varón. Un heredero. Me giré bruscamente. Mis ojos se llenaron de lágrimas de rabia. —¿Un varón? —susurré—. ¿Un niño para que lo conviertas en alguien como tú? ¿Para que aprenda a comprar mujeres y a quemar sus vidas? Dante me tomó de los hombros, sus ojos brillando con una determin

