* Antes de que pudiera recuperarme, se inclinó de nuevo. Esta vez, su enfoque era mi torso. Mis pechos, aún tensos y sensibles por la excitación, eran ahora su objetivo. Tomó la zanahoria glaseada que había quedado cerca de mi abdomen y, con la punta, deslizó el dulce glaseado que se había adherido a la hortaliza, recorriendo el borde de mi pezón derecho. El contraste de la textura, el frío y el dulce, sobre mi piel hipersensible, fue una nueva oleada de choque. —El sabor es secundario. El propósito es lo que importa —dijo, su voz era un susurro gutural y oscuro. Abrió la boca, no para besar, sino para reclamar. Atrapó mi pezón derecho entre sus labios, succionando con una fuerza posesiva que me hizo arquear la espalda. El dolor y el placer se mezclaron en una dulce agonía que viajó co

