+ Abrí mis ojos. La luz grisácea del amanecer se filtraba por las cortinas motorizadas del penthouse. A mi lado, Dante dormía profundamente, su rostro en reposo era extrañamente pacífico, desprovisto de la crueldad que lo definía despierto. Su respiración era pesada y rítmica. Cuidadosamente, con la lentitud de un animal salvaje que escapa, me levanté de la cama. Cada músculo protestó, recordando la agotadora clase de la tarde anterior y la noche de servidumbre con Dante. Caminé desnuda hacia el baño. Me dirigí al espejo, mi reflejo me devolvió una imagen que era una mezcla de bailarina agotada y fantasma. Me miré directamente a los ojos. Las preguntas, silenciadas por la presencia de Dante, estallaron en mi mente. —¿Será que vale la pena que sea la puta de Dante? —Mi voz era apenas u

