El caos en el almacén se detuvo abruptamente, reemplazado por el eco de los disparos y los gritos ahogados de los hombres de Bianchi. El aire olía a sangre, metal quemado y la furia visceral de Dante. Él me sostenía en sus brazos, mi cuerpo temblaba por el shock y el dolor agonizante del hombro y el tobillo. —Marco, encárgate de la escoria. Quemen este lugar. Nadie se entera de que Bianchi ha fallado tan espectacularmente. —La voz de Dante era un trueno grave, la orden de un rey que acaba de ejecutar a un traidor. Marco asintió, su rostro era una máscara de eficiencia brutal. —Sí. Dante no perdió un segundo. Me llevó cargando, sin importarle mi peso ni mis heridas. Mis brazos, liberados de las bridas, se aferraron a su cuello, buscando instintivamente la seguridad en el único monstruo

