—¡Mírame, Elena! —gruñó, sus ojos, oscurecidos por la lujuria, me taladraban—. Mírate mientras te quito la poca paz que te queda. Su boca se estrelló contra la mía. Este beso no era solo un acto de pasión, sino de aniquilación emocional. Era voraz, exigente, buscando arrancar el aliento de mis pulmones. Respondí con una furia primitiva, mis manos aferrándose a su cabello, tirando, buscando un dolor que pudiera distraerme del placer que se estaba infiltrando. Mientras me besaba, sus manos se movieron con una precisión brutal. Deslizó los jeans por mis muslos. El sonido del denim rozando el suelo fue el telón de fondo de mi despojo. Yo estaba en mi sujetador de encaje y bragas, expuesta en el corazón de mi academia. —¡No voy a gemir! ¡No te daré eso! —jadeé contra su boca. —Me lo darás.

