Pero la traviesa no quiere esperar, así que comienza a moverse, buscando su placer. —¡Eres mala preciosa! –le digo y comienza a reír. Pronto, esa risa se convierte en gemidos. Lujuriosos y delirantes gemidos que me provocan y me hacen embestirla más fuerte. —¡Así, aaaah, así! –me dice y sonrío. ¡Fuerte! –soy su esclavo y quiero obedecerla, por lo que acelero mis movimientos. Estamos en perfecta sincronía. Pero se me antoja mirar esas deliciosas nalgas, por lo que la levanto un poco y la giro. Hago que apoye su pecho en el colchón, mientras sigo penetrándola. Suelto una ligera nalgada que hace que se quede quieta. Sin embargo, siento que me aprieta más. Estoy a punto de llegar, pero quiero esperarme. No quiero terminar aún. Sigo bombeando, me recuesto sobre ella y tomo su

