insensatez

486 Words
VÍCTOR > —¿Cómo que la perdieron?> Sé que la culpa no es del todo suya; rastrear a Natalia cuando está en modo de caza es como intentar cercar un incendio forestal con las manos desnudas. Pero no pago fortunas para escuchar excusas. > —Intentamos persuadirla, señor, pero nos dio esquinazo —la voz al otro lado de la línea tiembla. Tiene suerte de estar a miles de kilómetros o ya lo habría estrangulado—. Se veía bastante mal. Iba sangrando. Incluso a través del abrigo pudimos notar su palidez.> *Mierda. Eso temía.* Esa mujer ha perdido el instinto de preservación. Su necedad la va a matar antes de que logre su venganza. Colgué y marqué el único número que odiaba usar, el de Elías. Si queríamos localizar a la Reina Roja antes de que se convirtiera en un cadáver, necesitábamos la vieja red satelital de los Ivankov. La tecnología de espionaje de los ochenta que el imperio ruso aún mantenía bajo las sombras. El rugido de las hélices del helicóptero apenas amortiguaba el caos en la carretera. La prensa no tardaría en llegar, pero a mí solo me importaba el rastro de destrucción que guiaba mis pasos: vehículos blindados volcados, metal crujiendo y olor a combustible. Y al final del camino, apoyada contra el tronco de un pino, estaba ella. Parecía un espectro. Su piel estaba empapada en sudor febril, los ojos desenfocados y una palidez que hacía resaltar la sangre que goteaba de su abrigo directamente sobre la tierra. A sus pies, Will temblaba, reducido a un despojo humano preso del pánico. > —Sirena —llamé, dando un paso cauteloso. Natalia giró la cabeza con lentitud. Su mano, aferrada al arma, apenas tenía fuerza, pero la intención de matar seguía intacta en su mirada. > —Vete —su voz fue un hilo áspero, envenenado. > —No. Te vas conmigo ahora. > —No puedes... darme órdenes... > Apenas se sostenía. El abrigo entreabierto reveló la mancha oscura que se expandía por su costado. Un impacto limpio. Se estaba vaciando. > —Por favor, sirena —di otro paso. El mafioso meticuloso que controlaba imperios se desmoronaba ante la visión de su muerte—. Él puede esperar. Te doy mi palabra de que no vivirá tranquilo. Déjame curarte. Natalia no respondió. Su cuerpo finalmente cedió, deslizándose por el tronco del árbol hasta quedar de rodillas, con los ojos fijos en Will, destilando un odio que ni la fiebre podía apagar. Me acerqué, arrodillándome a su lado. Le tomé el rostro entre las manos; quemaba. Le robé un beso corto, reseco, un juramento silencioso de que yo no la quería como un arma. Solo la quería viva. Cuando sus ojos se cerraron, la levanté en brazos. Su peso muerto en mi pecho se sintió como la línea del frente en una guerra que apenas comenzaba a reclamar sus bajas.
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