Iván
—Voy a tomarme el tiempo de hacerte sentir lo que nadie ha logrado, Iván Harper. Nunca en la vida vas a desear otra mujer que no sea yo.
— ¡Hazlo! —mi voz salió en un sofoco excitado.
La manera en la que sus manos se aferraban a mi espalda mientras besaba la piel de mi cuello era embriagadora. Ya había logrado hacerme sentir lo que ninguna otra mujer había conseguido a lo largo de toda mi vida. Pero me gustaba mantenerla en la incertidumbre, y que pensara que no era así, avivaba la conexión que existía entre nosotros.
Una conexión que lanzaba puñetazos para que le prestara atención, que pregonaba el peligro que se avecinaba si me quedaba un minuto más a su lado. Quería salirme a tiempo y, luchando contra ese sentimiento, me introduje más y más profundo en su interior, provocando gemidos de placer que solo me hacían desearla más; no querer alejarme.
Entonces lo intenté una vez más.
—Necesito verte. Devélate ante mí, Ivy, acaba con esta incertidumbre que me está matando.
Abrió sus ojos, observándome con una mirada encendida y salvaje. Estudié cada centímetro permitido de su rostro, también aquellos que no lo eran. Analicé una vez más aquella barrera que nos separaba y se me impedía remover; una máscara, un velo facial con adornos en forma de monedas de oro, el cual detestaba.
Aclaró su garganta antes de hablar. Y esperé la negativa que tantas veces había escuchado.
—Te develaré mi identidad.
Parpadeé un par de veces sin poder creerme del todo lo que había escuchado. Hice más fuerte mi agarre con miedo a dejarla caer por el aturdimiento.
—Sé que te he hecho esperar más de lo debido y ya no hay motivos para mantener mi rostro en secreto.
Elevó sus manos en dirección a su cabeza para remover las pinzas que sujetaban el velo a su cabello. La máscara cayó y la realidad de su rostro cayó sobre mí.
Me separé de su cuerpo, saliendo de su interior. Ella se aferró a la pared en un intento por mantenerse en pie al perder el contacto, sin dejar de mirarme.
—¿Summer?
El calor dentro de aquella habitación era demasiado intenso cuando abrí los ojos. Me senté sobre el colchón para analizar todo aquello y pasando mi mano por la frente para limpiar las gotas de sudor que se habían formado allí, di gracias al cielo de que solo se tratase de un sueño.
Un sueño, o más bien una pesadilla.
Ivy.
El desconocimiento de su identidad me había llevado a esto, a tener sueños eróticos cada día e imaginar su rostro en cada uno de ellos. ¡Joder! Pero de ahí a imaginar el rostro de Summer Lennox en el cuerpo de Ivy, mi Ivy; era demasiado.
Con los codos apoyados en ambas rodillas me pasé las manos por el cabello varias veces, llegando a la conclusión de que tomar una ducha fría era la mejor solución para aliviar la presión que sentía el vecino en el piso de abajo. Otras opciones quedaron descartadas cuando la idea de que el rostro de Summer volviera a aparecer se hizo en mi mente.
Eran apenas las cinco de la mañana. Me encaminé hacia la regadera con el pensamiento de que mi secretaria no era una mala chica, por el contrario. Me había soportado durante tres años, no solo a mí, sino también a Eric y en un inicio a Pablo, aunque de este último se deshizo cuando lo enviamos a dirigir la sede de la empresa en España. Cuando no estaban ellos alrededor era bastante sosegada, se relajaba porque yo me enfocaba más en el trabajo que en su aspecto físico. Niñeadas que aún conservábamos los de treinta, supongo. El caso es que Summer Lennox no es mi tipo.
****
—¿Continúas presentándote en la oficina con esas fachas? —no pude evitar preguntar mientras la señorita Lennox organizaba archivos en mi despacho.
No entendía por qué continuaba pretendiendo ser una nerd, cuando habíamos descubierto algo muy diferente aquella noche y ella lo sabía. No dije nada al respecto. Me había comportado como un idiota cuando la saqué de encima de Eric y de aquel lugar, de sugerirle la idea de besarla. Le eché la culpa a su fragancia y lo seguiré haciendo en el futuro. No había otra explicación para actuar de esa manera, ya que llevaba el mismo perfume que le había regalado a Ivy un mes atrás. El mismo que utilizaba cada noche desde entonces.
No dijo una palabra. Permaneció sentada sobre la moqueta, sus espejuelos en el mismo lugar de siempre y de su moño alto, se salían varios mechones de cabello. Nunca había visto a mi secretaria con un atisbo de maquillaje en su rostro (hasta aquella noche). Nunca la había visto en un vestido que resaltara la mujer que vi en esa disco.
—Te pago lo suficiente como para que vistas de acuerdo a lo que se requiere en esta oficina. ¿Me equivoco?
Eso no salió como quería. Sin embargo, mi comentario pareció llamar su atención. No volteó a mirarme, simplemente ladeó la cabeza mostrándome su rostro de perfil y, hablando por encima de su hombro, murmuró:
—Ninguna de sus políticas estipula código de vestimenta, señor Harper.
—No es necesario —dije tomando la bolsa de Bella Donna Boutique antes de situarme frente a ella—. Todas las secretarias de esta empresa parecen entenderlo sin imposiciones, excepto claro, quienes deben hacerlo.
Levantó su cuerpo del suelo y estuvo a punto de decir algo, dominada por la ira. Se detuvo en cuanto le lancé una mirada de advertencia mientras me acercaba a ella. Observando esos ojos enfurecidos, le tendí la bolsa con la ropa; más bien la estampé contra su pecho y añadí:
—Cámbiate. Debemos salir y se nos hace tarde.
—Usted nunca me lleva a ningún lugar fuera de esta oficina. ¿Por qué ahora?
—¿Tengo que responder esa pregunta? Es algo bastante obvio.
Asintió en reconocimiento. Sabía perfectamente que conocía por qué no la llevaba cuando la necesitaba. Y que escuchaba cuando Eric y yo hablábamos… o, mejor dicho, nos burlábamos de ella.
—De cualquier manera, iré con mi propia ropa. Podré pasar por casa y…
—Es un evento de sociedad, Summer. Las mujeres asisten allí vistiendo las prendas de los diseñadores más reconocidos del país. No serías más que la burla de todos.
—¿Incluyéndolo? No importa, ya estoy acostumbrada.
— ¿Quieres dejar de comportarte como una chiquilla? Ya invertí en ti y si no lo usas, lo descontaré de tus próximos salarios —anuncié esto último dándole la espalda para ocupar mi silla.
— No había necesidad de que invirtiera en mí. Seguro que puedo encontrar algo acorde en mi…
— ¡Cierra la boca de una buena vez y quítate esa maldita ropa, Summer Lennox! —aseveré, dándole la espalda para volver a mi silla.
No sé cuántos segundos le tomó, pero la escuché soltar una exhalación al tiempo que yo miraba al techo y me preguntaba por qué había hecho todo lo que hice. Desde por qué había llegado a ver a Clarita, comprar un vestido para ella y agendar una cita. Sobre todo, me preguntaba por qué jodido infierno tendría que llevarla conmigo. ¿Desde cuándo me importaba exhibir a esta mujer?
“Desde que la viste mover el culo y tienes sueños calientes con ella” —habló la voz de mi conciencia.
—Como desee, Iván Harper.
¿Me acaba de llamar por mi nombre?
—¿Cómo me has—?
¡Mierda de todos los santos!
Está bien. Admito que he tenido sueños fuera de lo común —y que de paso me gustaría borrar de mi memoria— con mi secretaria. Pero voltear a verla y encontrarla prácticamente desnuda en mi despacho… eso, no tenía precedentes. No ayudaba a mis deseos de dejar todo pensamiento obsceno a su costa en el olvido. Las imágenes de ese sueño volaron como un boomerang en mi cabeza mientras ella permanecía de pie a pocos metros de mi escritorio, en ropa interior que, para nada, era tan sosa como pensábamos Eric y yo.
Agarró el vestido que había comprado para ella que, por cierto, no lo había escogido yo. Clarita siempre me hacía el favor cuando quería regalarle alguna pieza a una chica. Como si no me hubiese dejado ver ya lo suficiente de su cuerpo, dio media vuelta, regalándome la vista de su espalda desnuda al quitarse el sujetador y su redondo y pálido trasero. Imaginé como se vería de rosado y terso luego de unas cuantas palmadas y mi fiel compañero vibró en lo más bajo.
¿Era consciente de que se había volteado justo frente a un cuadro cubierto por cristal? La vista de sus pechos desnudos estaba reflejada allí, frente a mis ojos.
“Descarta la idea de dejar de soñar con la sosa”.
Vi cómo la pieza de seda se deslizaba por su piel. Eric tenía razón, mi asistente no tenía nada que envidiarles a esas mujeres que solíamos frecuentar. Me pasé la mano por el cabello y me odié por desear a una mujer cuando ya tenía otra en mi vida.
“En primer lugar, no tienes a ninguna mujer en tu vida, porque una mujer que solo vez un día a la semana solo para follar, no es tu mujer. En segundo lugar, a esta la conoces”.
A veces odio tener conciencia. Sobre todo, cuando tiene razón.
—¿Cumple esto sus expectativas? —Preguntó abriendo los brazos a ambos lados de su cuerpo al girarse.
Su rostro continuaba sonrojado, un indicio evidente de que continuaba enojada. No dije una palabra y eso hizo que agachara un poco la cabeza y me mirara por encima de los espejuelos, quizás esperando una respuesta.
—No, primero debemos arreglar tu cara.
—No hay nada mal en mi cara. Me niego a cumplir una más de sus estúpidas órdenes.
—¿Estúpidas órdenes?
—“Quítate esa maldita ropa, Summer Lennox”; “lo descontaré de tus próximos salarios” —imitó en tono burlesco.
No me había percatado de cómo sonaba lo que dije hasta que lo repitió y no pude contener la carcajada que brotó de mi pecho.
—No me refería a que te desnudaras en mis narices cuando te dije que te cambiaras.
—¿Por qué? ¿Nunca ha visto una mujer desnuda? Ah, claro. Mujeres sí, una nerd nunca.
Enarqué una ceja ante su comentario. Provocativa y rebelde.