Capítulo 2: El perfumista de Manhattan.

1789 Words
Summer —Prepararé tu comida favorita en cuanto vuelva del trabajo, mamá —le prometí a la mujer que se encontraba sentada en silla de ruedas, una mujer valiente que por azares del destino había terminado allí. ¿Azares del destino? —bufé para mis adentros. El azar del destino tenía nombre y apellidos, el maldito de Esteban Fuentes, un desgraciado del cual tuvo la desdicha de enamorarse años después de la muerte de papá. Tuve una vida feliz hasta que ese señor pisó el umbral de nuestra puerta por primera vez. Mi madre no lo amaba como a mi padre, pero lucía enamorada —o quizás solo se trataba de una obsesión. ¡Vaya usted a saber!— Sin embargo, de su parte no recibió más que maltratos y engaños hasta que un día terminó siendo víctima de un accidente automovilístico, mientras descubría como el hombre que amaba le era infiel. Esa mujer llena de vida, capaz de realizar cualquier tipo de trabajos, terminó dependiendo de otros, anclada a una silla de ruedas, sin más movimientos que los de su mano izquierda y los músculos de su rostro qué, al menos, le permitían sonreír. Cansada de una vida miserable, lo denuncié, sus maltratos, sus robos, todo lo que había hecho. Por suerte gané, gracias a que había recopilado pruebas contra él, tenía testigos. Y terminó con una orden de alejamiento para mi madre y para mí, aunque el camino recorrido fue difícil y tormentoso. —¿Segura que vendrás temprano hoy? —inquirió la tía Celia con ese típico tono de voz suyo cuando no daba crédito a lo que decía. Y sabía por qué. Mi jefe. Con la mirada puesta en sus acciones y sus cejas enarcadas, sirvió un vaso de jugo también para mí. —Es viernes tía. El señor Harper no tiene reuniones agendadas después de las cuatro de la tarde, lo que se traduce a que yo tampoco tengo trabajo —al menos no algo urgente. Bebí del jugo mientras pasaba por el lado de la estufa para apagarla. Otra vez, la tía estaba a punto de quemar los huevos de mamá. La tía Celia se encargaba de cuidar de ella cuando yo no estaba. No éramos parientes, pero como si lo fuéramos. Era nuestra vecina y también la madre de mi mejor amiga. La conozco desde que abrí los ojos al mundo, así que sí, éramos familia. Recogí mi cabello en un moño alto y descuidado frente al reflejo de mi persona en la nevera, coloqué mis espejuelos permanentes en su lugar y me dispuse a salir. —¿Otra vez te irás desarreglada, Summer? Deberías invertir un poco en tu guardarropa. No me extrañaría que llegaras un día a casa al ser despedida por sacarle un ojo a tu jefe con esas camisas —se burló—. Ni siquiera entiendo cómo lograste que te contratara con esas fachas. —Mi currículo lo hizo por mí. —Y por lo mismo no te pide que le acompañes a ningún evento. Nadie quiere a una secretaria que no se arregle a su lado. «Sí, es un caos consigo misma, pero es la mejor que he tenido» —le dijo el jefe a uno de sus amigos mientras se burlaban de mí. Ladeé la cabeza solo un poco para enfrentar a la tía mientras terminaba de darle el jugo a mamá. —Soy valiosa a su lado. —Un día llegará una con iguales capacidades que tú y con mejor aspecto, y te echará, tenlo por seguro. «Mientras no tenga que mostrarla en público, todo estará bien». Gruñí en su dirección mientras agarraba mi bolso. Repartí besos entre las dos y salí de casa directo a la oficina. No necesitaba preocuparme por si mi jefe encontraba a alguien para sustituirme. Era viernes. Se comportaba como un ogro trajeado durante la semana, pero los viernes podían suceder dos cosas: la primera, su humor cambiaba y parecía un jefe normal; la segunda…, todo se volvía un caos, mandaba a la porra a todos, incluyendo a su mejor amigo y a mí, me daban ganas de renunciar. Por eso, solo en esos momentos, implementaba los recursos necesarios para tener el menor contacto con él. Estaba a punto de subirme al ascensor cuando recibí un mensaje de mi mejor amiga. ¿Puedo llevarte el almuerzo hoy? Por favor, di que sí, Sum. Necesito urgentemente desempañar mis espejuelos con la imagen de tu jefe. Una carcajada brotó de mi boca gracias a las ocurrencias de mi amiga. Agarré el teléfono para contestar su mensaje cuando su voz me sobresaltó, casi provocando que mi teléfono cayese al suelo y con él, todas las muestras de perfumes que llevaba conmigo. —No tengo todo el día, señorita Lennox. ¿Sube o no? Levanté los ojos de la pantalla del móvil para enfrentarme al rostro contraído del señor Harper, mientras sostenía el botón de espera del elevador. Resoplé con disimulo y entré. En ese momento tenía dos cosas claras. La primera: Harper estaba de un humor de mierda, lo que se traducía a que sería un viernes de mierda como el resto de la semana; la segunda: después de hoy, necesitaría un día de relajación con mi mejor amiga en el café-bar de la esquina. Intentando no pensar en lo que aún no había sucedido, entré en el elevador. Disfruté del incómodo silencio que siempre se creaba entre nosotros cada que estábamos solos. ¡Ja! Incómodo para mí, a él parecía no importarle. Llevaba tres años trabajando para el tieso de Iván Harper y sí, aún me resultaba incómodo estar a solas con él. Ladeé la cabeza para mirar su reflejo en el espejo del ascensor. Cabello castaño claro, perfectamente peinado. Una barba de apenas dos días, muy bien delineada, enmarcaba un perfilado mentón y, el traje, que como cada día gritaba arráncame, se ceñía a su esbelto cuerpo. Mi amiga tenía razón, Harper era capaz de revertir cualquier miopía con solo aparecer a metros de distancia. Pero yo solo recibía de su parte trabajo y más trabajo, y una que otra burla cuando sus amigos se aparecían en la oficina. Los detestaba, sobre todo, al imbécil de Eric. Era el más fastidioso de los tres y con el que tenía la desgracia de toparme todos los días, ya que trabajaba aquí. Volví al presente cuando el clin del elevador me avisó que habíamos llegado a nuestro destino. Una hora más tarde me arrepentí de que alguna vez hubiese llegado. —¿Qué te parece este perfume? —preguntó pasándome el pequeño frasco que contenía la muestra. No era la primera vez que tenía que colaborarle en el trabajo, como es obvio; sin embargo, jamás me había pedido mi opinión personal acerca de ninguno de los perfumes que la marca fabricaba. Tomé el frasco y lo acerqué a mi nariz, percibiendo el fuerte aroma a rosas que desprendía mientras Harper no me quitaba ojos de encima. —Es un buen perfume, supongo —murmuré. —¿Supones? ¿Qué te hace pensar que es un buen perfume? —Traté de ignorar su tono hosco dado su estado de ánimo. —Su aroma es intenso —repuse. —¡Ah! Eso pensé —dijo poniéndose de pie. Tomó el frasquito en sus manos y se situó delante de mí. —¿Te has puesto perfume hoy? Negué, no porque siempre vaya sin perfume, sino porque hoy precisamente no contaba con el tiempo suficiente para terminar de arreglarme en mi habitación. —Extiende tus muñecas. Acaté su petición al instante y observé su rostro contraído. ¡Madre Santa, qué cejas tan hermosas tiene! Me pregunté por qué los viernes podía convertirse en un ángel o, por el contrario, en un ser tan volátil. Mientras, él esparcía gotas del perfume en mis muñecas, detrás de mis orejas y clavícula. —Vuelve en una hora. Media hora más tarde —sí, media— estaba en su oficina, de pie y con olor a bosque, abrazando mis sentidos —no uno, sino todos. —¿Quiere abrir los ojos o va a continuar olfateándome? —¡Huy! Perdón —me excusé dando un paso atrás. —Dime qué percibes —pidió tomando mis manos de las muñecas y acercándolas hasta mi nariz. —Cedro —¡Ajá! Eso significa que me huele a mí. ¿Sigue pensando que es un buen perfume? —Acercó su nariz a todos y cada uno de los lugares en los que había esparcido el líquido y, aunque no lo hizo con la intención de invadir mi espacio, su cercanía envió chispas a través de mis terminaciones nerviosas. Si tan solo me vieras, Iván. —Llevas tres años trabajando para mí y esta marca y aún ignoras la diferencia entre un perfume de alta calidad y uno de baja. Descártalos, todos. Fue un viernes de mierda, literal. No solo para mí, también para todo el equipo de Enigma Parfums. Tuve que dirigirme a la fábrica por lo menos tres veces en lo que quedó de día, descartamos toda la colección en la que veníamos trabajando durante meses por el hecho de que la composición del diluyente no era la adecuada y los perfumes resultaron demasiado intensos. Puede que a algunos les gusten los aromas demasiado fuertes, pero para Iván Harper, “El Perfumista de Manhattan”, lo sucedido se traducía a una baja calidad en el producto, ya que «se evapora demasiado rápido en la piel». Esas fueron sus siguientes palabras, además de culparme por no saber algo tan básico. **** —¿Quieres explicarme por qué tengo que ponerme esto? Miré aquel trozo de tela sexy que colgaba de mi índice justo frente a mi cara. —Porque no puedes meterte en la piscina sin eso. —Eso ya lo sé. Lo que no comprendo es por qué este. Hanna, mi mejor amiga, me observaba con escepticismo mientras bordeaba la cama de su habitación de hotel. Me tomó de los hombros y, abriendo mucho los ojos, dijo: —Escúchame bien, Summer Lennox. Es fin de semana, me he ganado un doble acceso a todas las instalaciones VIP del hotel donde trabajo gracias a todo un año de sacrificios y quiero compartirlo con mi mejor amiga. Así que te advierto, hoy no se habla de trabajo. Necesito que te relajes y disfrutes de un fin de semana sin las preocupaciones sobre tu madre, de trabajos extenuantes y ogros Harper alrededor. ¿Estamos? Asentí, prometiéndome a mí misma que no hablaría de trabajo y, por supuesto, agradecida de no tener que sufrir las consecuencias del huracán Harper al menos por dos días. Sobre todo después de los sucesos del viernes.
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