Capítulo 15: Confusión

1758 Words
Summer A veces nos toca entrar en diferentes mundos por necesidad y salir se nos convierte en una operación a corazón abierto. Yo entré a su mundo por amor, por placer, con el conocimiento de que alejarme luego, sería una de las tareas más difíciles que me habría tocado en esta vida. Volteé mi rostro hacia la cama y lo observé dormir. Me pidió que me quedara cuando todos se fueron y lo hice. «Solo unas horas más» —me dije. Me costaba asimilar todo lo que había sucedido entre nosotros y lo rápido que se dieron las cosas tras dos años de espera. Miré el teléfono, eran las cuatro de la mañana, no habían pasado más que veinte minutos desde que salí de la cama y me perdí en el paisaje nocturno de la ciudad. Rara vez contaba con este privilegio y me gustó la sensación de poder reflexionar sobre mi vida. ¿A qué conclusión llegué? Estaba en el pozo. Había complicado las cosas más de lo debido y lo que quería estaba claro, a él, solo para mí. Sin sombras del pasado. Me hice un ovillo en el sillón, sintiendo el calor de su camisa sobre mi piel y su perfume impregnado en ella. —¿Vas a volver a la cama o te quedarás allí hasta que amanezca? —No puedo dormir —dije, intentando contener el nudo en mi garganta. El sonido de las sábanas hizo que volteara a verle. Se levantó y caminó hacia mí, completamente desnudo. ¿No le importaba que lo vieran así? —Mírame y dime que es lo que pasa. Vacilé. Apoyé la barbilla en la palma de mi mano y miré afuera. ¿Por qué debía exponerme ante él, ahora? Solo había sido sexo y esto, no era una relación. En la mañana volvería a ser el mismo. Era jueves. —No puedo saber qué hay en tu cabeza si no me dices. Confiesa, Summer, de lo contrario, no podré ayudarte. —No vas a poder ayudarme —no puedes. —Déjame intentarlo, al menos —le miré y volví a vacilar antes de decir: —Me pasas tú, yo —hice una pausa— y también me pasa ella. Esto nunca debió suceder. —¿Te arrepientes? —Sí. —Y tú lograste lo que querías, ¿no es así? Se quedó en silencio. Cuando el silencio dice más que las palabras, no hay nada que hacer. Me levanté del sillón, agarré mis cosas y me metí en el baño. No vino detrás —¡Ja! Estúpidas esperanzas—. Era una tonta por pensar que podría sentir algo por mí. Me froté los ojos para impedir que salieran las lágrimas que intentaba contener. Escuché la puerta de la habitación al cerrarse, y metí las manos bajo el agua de la pila para lavar mi cara y terminar de vestirme. Salí del baño; no estaba allí. Las sábanas revueltas eran el recordatorio fehaciente de un sueño cumplido, un sueño egoísta por parte de ambos y las consecuencias, ya estaban siendo terribles. Bajé las escaleras en la penumbra de la noche, mientras las luces de la ciudad eran las únicas capaces de conducirme por el lugar. Llegué al salón, tampoco estaba allí. Presioné el botón del elevador. —No te atrevas a cruzar esa puerta, Lennox. Me metí dentro y le piqué al botón para que se cerraran las puertas. Me fui de allí, no sin antes dejarle claro que: —No me pondré bajo las sombras de un fantasma, Iván. Iván Pasé la mayor parte del día en casa, intentando hallarle el sentido a todo esto. Había complicado todo y, tal vez, mis sospechas no eran ciertas, tal vez sí. Si no, Lennox no merecía que la arrastrara a esta situación. Estaba enamorada de mí, lo confesó sin querer y yo no lo percibí antes. “Y si sí.” Si lo es, si es ella… —Señor Harper, va a querer algo más —miré a la chica, la misma que me atendía siempre que venía al bar. —Dile que venga. Colocó la bandeja vacía contra su pecho y se inclinó hacia delante para mirarme. —¿No va a pasar a los camerinos? —No, dile que aquí la espero —dije quitándole la vista de encima para mirar a la tarima vacía. Se marchó y me quedé en las mismas que antes. Veinte minutos después apareció ella, luciendo un vestuario blanco con cinto de monedas doradas alrededor de su cintura. Recorrí su cuerpo con la mirada hasta dejarla clavada en su abdomen descubierto. Era precioso y definido. Pero desapareció cuando se sentó delante de mí. Entonces solo podía ver su rostro, otra vez cubierto por un velo a juego. —Hola, Iván. ¿Por qué me has llamado aquí? —extendió las manos por encima de la mesa para alcanzar la mía y por mucho que intenté, no pude evitar reaccionar ante el contacto. —Necesito información y no me voy a ir hasta que me des algo concreto. —¿No quieres venir al camerino? Ven, hablemos allí mejor —dijo e intentó levantarse. Me recosté contra el respaldo de la silla y le sonreí. —No voy a follarte esta noche. Esta noche, no habrá manipulación. —¿En serio piensas que te manipulo cuando hacemos el amor? Asentí. Soltó una exhalación que hizo que el velo se moviera ligeramente y comenzó a mirarse las uñas. Una maña que había percibido en ella cada vez que le preguntaba sobre su vida. —¿Ofendida? —No me gusta que pienses así de mí. —¿Qué esperabas? No te conozco, no me dejas hacerlo —me incorporé hacia delante y la miré a los ojos—. ¿Quién es la persona que tienes que cuidar? ¿Quién depende de ti? Negó. —¡Habla! —espeté furioso agarrando su mano con fuerza. —Mi padre, Iván. Es mi padre. Él es un hombre postrado. —¿Dónde vives? ¿Cómo se llama? —volvió a negar— ¿Cuál es tu verdadero nombre?… —¡Basta! Cállate, Iván, no preguntes más. —¿Crees que es justo mantenerme en las sombras después de todo este tiempo? He soportado más de lo que pensé que sería capaz, Ivy. Esto no es lógico, no es sano. Nunca me he conformado con tan poco en la vida. Dices que me quieres. No se puede querer a una persona, ocultarle tu identidad y esperar que se conforme. —Me llamo Ivy, ya te lo he dicho. —Nunca has mencionado tu apellido. —Fuentes, Ivy Fuentes. Me levanté de la silla, dispuesto a marcharme. —Me marcho. Estaré ausente un par de semanas, quizás más. Aún no lo tengo claro. Espero que ese tiempo te sirva para reflexionar —tomé la chaqueta sobre el espaldar de la silla y me detuve delante de ella—. Por primera vez, ponte en mi lugar. Tal vez así logres darte cuenta de que esta situación es intolerable. Caminé dos pasos hacia la salida y luego retrocedí. —Me dolería tener que dejarte. Aunque no quería encontrarme en la posición de tener que escoger. Me encerré en el coche, cabreado con ambas, pero sobre todo conmigo mismo. La confusión es uno de los peores sentimientos. Se volvió el tatuaje de mi vida en el momento en que acepté su estúpida condición, el día que pretendí sacarla de mí entrando en ella. No podía hablar con Eric sobre como me sentía. Se burlaría medio día y luego intentaría aconsejarme, dándoselas de don sabio. Estaba demasiado cabreado para soportarlo. Así que saqué el móvil y le marqué a la única persona con sentido común en mi vida capaz de no cabrearme más. *** —¿Por qué no me haces caso? Aprovecha este tiempo a solas con Summer y dedícate a conocerla. —Está enamorada de mí. Me lo confesó, aunque no se dio cuenta —comenté desplazándome por la sala. —Lo sé —Paré de lanzar la bola de Christan y me senté en el sofá. —¿Cómo? Yo no lo sabía. —Una mujer se da cuenta de ello, pero tú eres un asno que solo tiene ojos para esa fulana. Detuve la bola otra vez y la miré. No se percató de la mirada que le eché por lo que había dicho, o tal vez ni le interesaba. Le dio un sorbo a su copa y arrugó el ceño. —Espera, ¿qué fue lo que te dijo? —Que lleva años deseándome —apretó los labios y luego negó con la cabeza—. ¿Qué pasa? —Pobre niña. —Si me doy una oportunidad con ella, ¿crees que pueda llegar a amar a Summer como amo a Ivy? —Negué y me reí por lo que acababa de decir. No me creía que realmente estuviese tanteando esa posibilidad—. Olvídalo. Dejó su vino sobre la mesa y se sentó a mi lado. —Tú no amas a Ivy, mi niño. Amar es un sentimiento que todavía no conoces. Lo que sientes por ella es solo una enfermiza obsesión que, si te soy sincera, espero que superes pronto. —¿Por qué te empeñas en Summer? —La verdad. Me parece una chica tierna y familiar. Justo lo que necesitas para superar tu soledad. Negué otra vez. Nos quedamos en silencio un par de minutos mientras lanzaba y cogía la bola en el aire varias veces. Clara siempre estuvo al pendiente de mí tras la muerte de mi madre. Me llevó a vivir con ella cuando papá se marchó y, a pesar de todos sus esfuerzos, siempre preferí estar solo. A mi modo de ver, a ella le aterraba no cumplir la promesa que le hizo a su mejor amiga antes de morir. —Me voy, ya es bastante tarde —avisé. Agarré la chaqueta y las llaves de encima de la mesita y abracé a la mujer que se había convertido en más que la mejor amiga de mamá—. Gracias, por estar para mí, Clara. Asintió y me encaminé hacia la puerta. —¿Qué sentiste, Iván? —No necesitaba que me dijera a qué se refería. —No podría explicarlo. Pero mis sentimientos son un caos ahora mismo. Cuando estuve en el coche encendí la pantalla del móvil, entré a mensajes y busqué los suyos. No necesitas venir mañana a trabajar. Nos vemos el lunes.
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