Capítulo 17: Revelaciones

2351 Words
Summer Iba a matar a Hanna. Cerró la puerta tras de sí y se recostó contra ella. —Vine a verte, pero no esperaba tal recibimiento —dijo con ambas manos a la espalda y la vista clavada en mí—. Cada vez que intento hablar contigo, te las arreglas para cogerme con la guardia baja. —¿Quién te dejó pasar? —¿Por qué la tía no detuvo a la idiota de su hija? —Tu madre y tu amiga me dieron permiso de pasar. Comencé a reírme. —¿Mi madre? Esa confabuladora no es mi madre. Caminó en mi dirección y retrocedí, bordeando la cama. Le advertí que no se acercara, pero alzó un dedo al aire y señaló la silla de mi tocador. Se sentó en ella, se inclinó y apoyó ambos codos en sus rodillas. —Necesitamos hablar, Summer, pero antes necesito que te vistas. No despegó la vista del suelo al hablar. —No tengo ropa, Harper. —Entonces decide, ¿antes o después? —¿Antes o después de qué? —Pasó una mano por su cabello y salió disparado de la silla. Tuve que llenar mis pulmones de aire en el momento en que su mano fría se asentó en mi cintura y la otra acunó mi rostro —o, al menos, lo intenté. Por acto reflejo, busqué el contacto que tanto placer me ocasionaba. Cerré los ojos y separé ligeramente los labios cuando los acarició, dejando escapar un suspiro agónico de ellos. —¿Crees que voy a creerte eso? —Es cierto —susurré. Su lengua acarició mi labio superior, invitándome a acogerlo. Me encontraba atrapada, no solo entre su cuerpo y la pared, también bajo sus ojos. Esa mirada llevaba escrito el ansia con letras de fuego. Me deseaba a mí, mi pecho vibró. Y cómo quien quiere besar, busqué su boca. Llevé ambas manos alrededor de su cuello y me deleité con esos labios sabor a licor —había bebido, seguramente, whisky. El sabor no era tan malo si venía de su boca. Mordí ligeramente su labio inferior y acarició mi brazo. —No puedo decirte que te amo, o que siento mil cosas por ti. No quiero engañarte ni engañarme, solo puedo decirte que no logré sacarte de mí. Nos quedamos allí de pie, abrazados, mirándonos por unos instantes mientras buscaba en mí un poco de comprensión. Le tomó un tiempo, pero finalmente respondió mi pregunta y eso era suficiente. Al menos por ahora. Llevé mis manos al broche de su cinturón y lo desaté. Hice descender la cremallera de su pantalón y liberé su m*****o semi erecto para apresarlo en un puño. Cerró los ojos con fuerza y entreabrió los labios. —No planeo que me saques de ti. Me arrodillé ante él y moví mi mano arriba y abajo con suavidad. —¿Qué planeas, niña? —susurró con voz entrecortada cuando pasé mi lengua firme sobre su glande sin dejar de mirarlo. Sonreí. —Lo sabes mejor que nadie. Continué moviendo la mano de arriba abajo al tiempo que rodeaba la punta de su pene con mi lengua. Hice que sus pantalones cayeran al suelo junto a su bóxer —estorbaban demasiado como para dejarlos allí— y engullí sus testículos en tiempos alternos. Chupé, lamí y tracé círculos con la lengua, para darle los mimos que merecían. Necesitó apoyo de la pared para mantener el equilibrio y me miró, totalmente sorprendido. —¡Joder! ¡Esa lengua, Sum! —bramó bajito. Recorrí toda su extensión y la metí en mi boca. Succioné, rocé con los dientes su punta y continué los movimientos de mi mano, hasta que la suya fue directo a mi cabeza y comenzó a mover sus caderas. Lo miré por encima de los espejuelos, completamente empañados, mientras lágrimas de placer rodaban por la comisura de mis ojos. —Así, Sum. Mírame así. Continuó poseyendo mi boca, como si fuese el último día de su vida. Gracias a Dios —o al diablo—, tenía buenos reflejos. —Me encantaría llenarte esa boca, pero no hoy. Me levantó del suelo después de salir de ella e hice los espejuelos a un lado, dejándolos sobre la mesilla de noche que se encontraba a mi lado. Estudió mi rostro y comenzó a reírse. —¿De qué te ríes? —su cabello caía empapado de sudor sobre su frente. —Eso ha estado… —frunció el ceño y se quedó en silencio y comenzó a quitarse la chaqueta y todo lo demás. —¿Ha estado qué? Confiesa, Harper. Admite que la nerd te ha dado el mejor sexo oral de tu puta vida —le di un empujón contra su pecho duro y desnudo, pero agarró mis manos y me besó, duro y salvaje. Ladeé la cabeza para darle acceso a mi cuello. Lo recorrió con su lengua hasta llegar al lóbulo de mi oreja. —Dudo que pueda olvidarlo. Como no puedo olvidar el perfume de tu coño húmedo. Desabrochó mi sostén y se deshizo de mis bragas. Me trepé sobre él y con una mano se guio dentro de mí. Agarró mi trasero para sostenerme cuando enredé las piernas a su alrededor y comencé a mover las caderas. Lo sentí y eché la cabeza atrás completamente extasiada cuando metió uno de mis pechos a su boca y mordió mi pezón. —No sales de mí, Summer Lennox y tampoco puedo salir de ti. —No deberías salir de mí nunca. Es el mejor lugar donde puedes estar. ¡Ah! Más, Iván. —Engreída. Me complace que gimas mi nombre. Recuérdalo. Caí de espaldas sobre el colchón. Me sacudí cuando al abrir las piernas entró más profundo. —Cabrón. Aumentó el ritmo de sus embestidas y aluciné con ello. No me quedaba mucho y se lo hice saber. —Córrete, Sum. Libérate para mí. Unas cuantas embestidas más y me deshice en espasmos de placer mientras continuaba moviéndose dentro y fuera con un ritmo frenético. Salió de mi interior maldiciendo y vertió todo su simiente en mi abdomen. Metió su cabeza en el hueco de mi cuello y reclamé: —¿Era demasiado detenerse y ponerse un preservativo unos segundos? —¿Qué quieres? Yo solo venía a hablar, no esperaba tu recibimiento. —No te estaba esperando. No tengo ropa, ya te lo dije. —¿Esperas que te crea eso? —Me encogí de hombros—. Mejor te limpio eso. Se levantó de la cama y pareció buscar una puerta diferente a la que había entrado. Tal vez, buscaba un baño que no tenía en esta habitación. —Olvídalo. La de la izquierda, segundo cajón —indiqué, apuntando hacia el clóset donde guardaba mis toallas. —¿Qué pasó con tu ropa? —preguntó extrañado. —Al parecer a nadie le gusta —me quejé. —¿Es esta tu ropa interior? —Te mandé a por una toalla, no a hurgar en mi ropa íntima. —Ya he hurgado mucho más profundo. —Imbécil. Se acercó con una toalla en la mano y limpió todo rastro de placer de mi vientre y entre mis piernas. Besó y olfateó la cara interna de mis muslos, mi vientre y mis pechos. Me hacía cosquillas. —¿Qué haces? —Guardando. Noto cierto olor a almendras, sudor, placer… —me reí. Su olfato era en extremo perceptivo, tanto que podía percibir mi gel de ducha, cuando yo no podía olerlo siquiera veinte minutos después de bañarme—. Podría hacer un perfume con todo eso, solo para ti. —¿Va a asesinarme, Mr. Grenouille? —indagué con burla. —No necesito hacer eso para extraer tu esencia. —¡Ja! Y le vas a poner Sexo Salvaje. —Le podría poner, Summer —bromeó riendo, pero cuando volvió a mirarme ya no sonreía—. Deja de usar Forbidden —sonó más a una orden que a una petición. —¿Por qué? —Prefiero pensar que tú no eres prohibida para mí. —Está bien. Tengo más —dije recordando la colección de perfumes Harper que había logrado compilar en tres años. Se tumbó a mi lado y se quedó mirando al techo. Me giré y apoyé la cabeza sobre mi mano, me quedé mirándolo por un par de segundos. Tenía tantas preguntas que hacerle. ¿Y ahora qué? —¿Vas a irte? —¿Quieres que me vaya? —Negué—. Entonces me quedo. —Antes dijiste que no podías sacarme de ti. ¿Qué significa eso? No puedes sacarme a mí, tampoco a ella. ¿Quién se quedará en tu vida? Está claro que las dos no podemos. No podría con ello. Descansé mi cabeza en la almohada y no observé ningún punto en específico. Más bien, quedé con la mirada perdida. —Exactamente eso. —Entonces, no has logrado lo que quieres —lamenté bajito. —Me he dado cuenta de que no siempre logro lo que quiero. Al menos por esta vez, quiero hacer caso a lo que es lógico e intentarlo con más fervor. Por eso has venido. Una lágrima corrió por el borde de mi ojo. ¿Es esto lo que quieres Sum, ser utilizada de esta manera? —Me pregunté a mí misma. No, esto no es lo que quiero. Estaba a punto de echarlo fuera de mi cama y de mi vida cuando abrazó mi cuerpo. —Quiero conocerte, Sum. Quiero conocer a la mujer que en tres años no me di la oportunidad de ver. El domingo en la mañana, Clara se apareció en casa para invitarme a un café. La recibí con ropa de mamá porque, después de la experiencia de la noche anterior, ya no iba a estar recibiendo gente en bragas. No fuimos a ningún lugar, no podía salir con la ropa de mi madre, ya que no me quedaba y Hanna le puso candado a su clóset porque me rehusé a salir de compras el sábado. Pero cuando se enteró de que, Clara Bell estaba en mi casa, voló hasta allí. Clara era una mujer bastante cordial y me pregunté muchas cosas acerca de ella y su vida. Desayunó en casa y nos contó que vivía sola con su perro Christan. No tenía hijos, salvo por el pequeño peludo e Iván. Iván, apreté las piernas por debajo de la mesa ante la mención de su nombre y más tarde me di cuenta de que no sabía nada con respecto a su vida personal. —¿Qué sucedió con la madre de Harper? —Pregunté al llevarme una cucharada de avena a la boca. —Murió cuando él era muy joven. Luego se quedó solo y lo adopté —parpadeé un par de veces ante el dato. No tenía idea de que Iván era adoptado y no me atreví a preguntar por su padre. La verdad me daba pena preguntar por algo más. Mamá pareció disfrutar la compañía de alguien nuevo. Al parecer, a Clara no le importó que ella no pudiese hablar y entablaron una conversación donde mi madre negaba y asentía repetidas veces. Poco después llegó la tía con la peor noticia que podría recibir ese día. —Lo siento, mi niña. No he podido recuperar tu ropa porque ya se la habían dado a esas niñas. Hice un puño con la bata de mi madre a mis costados para no escupir unas cuantas cosas delante de la visita. Pero aunque no dije nada, fracasé. Clara terminó interviniendo. —No te preocupes si no tienes ropa, Summer. He aquí tu solución —dijo señalando su persona. —Gracias, Clara. No te ofendas por lo que voy a decir, pero esos vestidos están bien para un día, no son mi estilo. Hanna me abrió los ojos por detrás y alzó su mano en un puño con la promesa silenciosa de golpearme luego. —¿Qué crees, niña? Déjame decirte que no solo vendo ropa de gala. Tengo para todos los gustos y tú —apuntó en mi dirección— vas a llevar mi ropa de ahora en adelante. Hanna sonrió satisfecha en esta ocasión, la tía, por su parte, soltó una exhalación de alivio y se puso a recoger la cocina. Mi madre, en cambio, continuaba demasiado molesta con ella por lo que había hecho. Dos horas después, el desierto de Atacama estaba en la sala de mi casa, luego de que una camioneta con el logo de Bella Donna descargara cientos y cientos de perchas de ropa. Tenía ropa de todo tipo, vestidos de todos los estilos y marcas. Sí, tenía ropa de la que me gustaba, solo que estas eran finas y con diseños más a la moda. —Vas a necesitar esto en Grasse. No te preocupes, es tu talla —indicó, Clara y se dirigió a mi habitación cargando un porta trajes. Ella ya tenía acceso a esa parte de la casa. Hanna estaba superfeliz porque ella también se había quedado con un par de vestidos. Al despedirse de mí, le prometí que le pagaría todo, pero debía hacerlo por cuotas porque de otra manera no podría. —No te preocupes, esto ya está pagado. —¿Ha sido él? —¿Qué te hace pensar que ha sido él? Fui yo querida. Me has hecho un gran favor y te lo estoy pagando —pasó su brazo por encima de mis hombros y bajó la voz—. Noté cierto Rolex de oro rosa y cintas negras sobre tu mesilla de noche. Me sentiría fracasada de que mis planes no se dieran si hubiese alguien en tu vida. Eso de no conocer bien a quién pertenece. ¡Opss! Me quedé sin palabras y ella no hizo más que reírse. —Debo confesarte algo —hizo una pausa y me miró directo a los ojos. Ya no estaba riendo, al contrario, estaba demasiado seria y eso hizo que temblara un poco—. No me gusta la tal Ivy, y no la quiero en su vida.
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