Summer
Grasse estaba siendo un lugar hermoso. Desde que tomamos el coche de alquiler en Nice quedé impactada. Tal vez eran las ansias de salir por vez primera de los Estados Unidos, sobre todo de New York, donde había pasado la mayor parte de mi vida.
Según internet era un pueblito pequeño en la Riviera francesa, al norte de Cannes. La ciudad insignia del perfume y un lugar del cual enamorarte. Según Harper, los mejores perfumes se fabrican en este pueblo —se le olvidó incluir los suyos—. Habló de eso y de los campos de Pégomas; también del sitio donde nos quedaríamos. Una finca perteneciente a sus amigos franceses compañeros de universidad, porque sí, aquí había estudiado química y perfumería. ¿Cómo lo sé? Me lo contó durante el vuelo, al decidir intercambiar su asiento de primera clase con mi compañero de al lado, porque «es un vuelo muy largo para estar solo y aburrido».
Atravesamos una carretera rodeada de pasto, hasta cierto punto donde comenzaron a aparecer flores de campo, cientos de ellas. Bajé la ventanilla del coche y saqué la cabeza, la brisa de este lugar sí que es realmente agradable. Dulce y sutil. Llevábamos alrededor de una hora de camino desde Nice y supuse que estaríamos cerca de la finca.
—¿Impresionada?
—A morir. ¿A quién no le impresionaría tanta belleza? ¿Es esta la finca de tus amigos?
Volví a entrar en el coche y cuando volteé a mirarlo se estaba riendo.
—¿De qué te ríes?
—De nada. La finca está más adelante.
—¿Son iguales que tú y Eric?
—¿A qué te refieres?
—A que si son igual de pedantes o son personas decentes.
Soltó una carcajada y me quedé mirando al campo unos segundos. Le dije pedante y le ¿gustó? Se hizo silencio y pensé que me ignoraría, pero al parecer estaba recabando en lo más profundo de mis palabras. Tomó mi mano y me miró serio.
—Nadie va a burlarse de ti aquí, Summer. Ni yo podría.
Varios minutos después, nos detuvimos frente a un gran portón de hierro blanco con flores talladas en varios colores. El portón dividía el terreno anterior de otro igual de grande —o al menos así lo percibía yo—. Este a diferencia del anterior, estaba repleto de rosas de color rosado.
Era hermoso contemplar como los rayos del sol bañaban cada uno de sus pétalos. Apoyé la cabeza en el borde de la ventana y un aroma dulce trastocó mi olfato. No demoramos mucho en llegar a la casa. Una bonita edificación en colores beige y un amarillo muy tenue, rodeada por un hermoso jardín nos dio la bienvenida.
—¡Oh, ya están aquí! —se escuchó desde fuera la voz de una mujer. Miré en la dirección de la que provenía y encontré a la dueña.
Me quedé contemplándole como pájaro recién salido del cascarón sin saber qué hacer mientras él, se desabrochaba el cinturón y rodeaba el auto para abrirme la puerta, antes de saludar a la chica con un caluroso abrazo.
—¡Qué bueno volver a verte, mi perezoso!
—Solo ha sido un año, Juliette —dijo él, deshaciendo el abrazo.
—No importa, siempre es bueno tenerte en casa —añadió la mujer guardando unas tijeras de jardinería en el bolsillo de su overol—. Por cierto, Aaron se ha ido al pueblo a por unas cosas que necesitamos para la cosecha, pero estará aquí enseguida.
—¡Ni me lo digas! Sacos, ¿no es así? —Ella asintió—. Siempre los deja para último momento.
—¡Qué te puedo decir! Si lo conoces tanto como yo —ambos comenzaron a reír y yo me quedé allí plantada, detrás de ellos, esperando que en algún momento notaran mi presencia.
La chica se giró en mi dirección. Tenía el cabello, aparentemente rubio atado en una coleta baja y una gran pamela sobre su cabeza la protegía del sol. Sus ojos de un azul grisáceo acompañaba una amplia sonrisa de dientes blancos. Lucía jovial y una persona agradable y, a pesar de estar trabajando la tierra, su ropa lucía espectacular. ¡Era la primera vez que veía a alguien lucir bien en overol! Recordé entonces lo que todos dicen: la mujer francesa siempre sabe vestir.
—¿Quién es la chica que ha tomado el puesto de Eric?
—Es mi secretaria —se limitó a decir.
—¿Sabes que incluso las secretarias tienen un nombre? —Se giró en su dirección y le torció los ojos en desagrado, a lo que el respondió de la misma manera.
—Me llamo Summer.
—Se llama Summer.
Respondimos al unísono y le torcí los ojos yo también. Después de presentarnos casi de manera adecuada, entramos a la casa. Era igual de hermosa que el exterior y por la decoración, se notaba que las personas de allí amaban las flores. Me dio una pequeña introducción a las instalaciones principales y luego nos llevó por un no muy largo pasillo hasta una pequeña cabaña. Iván conocía bien el lugar, porque nos dejó solas y se encaminó primero.
—Lo siento, Summer. Pensaba ofrecerte la habitación de mi cuñada para que tuvieras más privacidad, pero volvió de la capital ayer en la noche.
Entramos en la habitación que daba justo frente a la puerta por la que había desaparecido Iván. Una cama doble se encontraba situada en el centro, a su costado, un ventanal que daba vista a un hermoso y extenso campo de flores, rosas, para ser exactos. Me acerqué allí y me pregunté que tan grande sería ese lugar. Observar al horizonte allí, era como buscarle fin al océano. Un interminable piélago de rosas.
—¿Es precioso, verdad? —Casi olvidé que no estaba sola.
—Lo es.
—Deja que veas el campo mañana, no querrás irte de aquí —su voz se escuchaba tan pasional al hablar de ello que me entraron ganas inmediatas de conocerlo—. Por cierto, tendrás que compartir baño con Iván, está justo al finalizar el pasillo.
—No se preocupe, no tengo problemas con eso.
Me dejó sola en la habitación tras una pequeña charla introductoria. Estaba un poco cansada del viaje, y solo me dediqué a desempacar lo necesario para tomar un baño. No me lo encontré en el corto trayecto de ida y vuelta. Tampoco escuché ningún ruido proveniente de su habitación. ¿Se habría dormido ya? No era muy tarde, de seguro había sido por el cansancio del viaje. Yo no pude lograrlo. Me vestí en un mono de lino azul y sequé mi cabello a medias. No quería gotear demasiada agua y que mi ropa terminara empapada. Me miré al espejo al terminar, ya sobrepasaba un poco mi trasero y era evidente que necesitaba un corte. La verdad es que si soy un desastre, no recordaba cuando fue la última vez que mi pelo vio las tijeras.
Llamé a casa para decirles que habíamos llegado y estábamos bien instalados. Di vueltas en la cama, encendí mi teléfono y descargué todo tipo de juegos para entretenerme. Rápido me harté de ello y decidí salir de la habitación. Tal vez tenía suerte y me encontraba con alguien que cotorreara el mismo idioma que yo. O con Juliette. Le había preguntado si ella era la única que hablaba inglés en la casa y me aseguró que todos lo hacían, excepto los empleados.
Caminé el pasillo de vuelta a la casa, dejando atrás la pequeña bifurcación que llevaba hasta la piscina. Vi a lo lejos algunos trabajadores entrar a un amplio cobertizo con sacos vacíos acuestas. Los que notaron mi presencia, alzaron la mano y pronunciaron un “Bonsoir, madame” a modo de saludo. No podía clasificar su pronunciación que estaba segura era mejor que la mía —mi francés era fatal. Me limité a levantar, mover la mano y sonreír al mismo tiempo, evitando a toda costa sonar como una cabra delante de los desconocidos.
Escuché voces al entrar en la casa, algunas desconocidas y otras las conocía perfectamente.
—¿Esta vez si me vas a llevar a Le Jules Verne, o tendré que esperar otro año más?
—No. Pídele a tu prometido. Yo paré hace mucho de gastar mi dinero en ti.
A medida que me acercaba las voces se hacían más claras. Ese sin lugar a dudas, había sido Iván.
—No te conocía ese lado celoso.
—No son celos, él ya perdió el interés —otro hombre estaba hablando cuando entré en la escena. Un escalofrío me abordó, no solo por lo que escuché, sino también por lo que vi. Una chica alta, y de cabello rubio yacía sobre el sofá doble, con la cabeza descansando en su regazo. Apenas hacía unos días me había confesado que quería conocerme y yo ya me sentía posesiva sobre él. Volteé la cara en cuanto me miró.
—¡Oh, Summer! Ya estás aquí.
Juliette vino hasta mí y me tomó del brazo al tiempo que el hombre de cabello castaño y complexión atlética detrás de ella, se ponía de pie. Me presentó ante él y mencionó que era Aaron Meyer, su esposo. El hombre invadió por completo mi espacio personal, envolvió mi minúsculo cuerpo entre unos robustos brazos y dijo:
—Bienvenida a nuestra casa —su voz alegre me hizo sentir más bienvenida que sus palabras, aunque me sentí un poco rara ante su gesto tan efusivo.
Me presentó a su hermana Léonie Meyer, la misma chica que reposaba su cabeza sobre las piernas de Iván. No se tomó la molestia de sentarse, al menos correctamente, para saludarme y el señor Meyer se excusó por la informal de su hermana. Me uní a la charla, a ratos contestaba preguntas que me hacían sobre mi persona o de algún tema en general. Otras veces, guardaba silencio y escuchaba atentamente, sobre todo, si el asunto en cuestión era la floricultura.
Sentí el peso de su mirada sobre mí mientras le explicaba al matrimonio acerca de la condición de mi madre. Aun así, evité todo contacto visual. Tal vez, no conocía la historia, a pesar de que Clara sí lo hacía. Quizás solo prestaba atención.
Una señora en delantal a cuadros se acercó a la sala para avisar que la cena estaba lista —aunque yo no entendí nada, eso fue lo que me dijeron. Entramos al comedor y desde el pasillo ya podía percibir el delicioso aroma de la comida, no solo yo, también mi estómago. Por acto reflejo me llevé la mano hasta él para que se calmara, cosa que me fue imposible al ver la mesa repleta de alimentos.
—¿Hambrienta? —Se dignó a dirigirme la palabra esta vez. Solo asentí y me regañé a mi misma por sentir estos celos sin sentido. Separó la silla para que me sentara y luego volvió a su lugar, al lado de ella.
Disfruté la comida, sobre todo de aquel platillo con aspecto de pizza que según mencionaron se llamaba quiche lorraine, un platillo típico francés proveniente del campo. Hecho a base de huevos, crema, queso y panceta ahumada esparcido sobre una base de masa quebrada. Se me hizo la boca agua de solo escuchar los ingredientes, o tal vez el olor ayudó un poco y lo acompañé con un plato de ensalada verde que resultó bastante fresca.
Hice nota mental para pedirle luego la receta a Juliette.
Me ofrecí para ayudarle a recoger la cocina, pero avisó que el servicio se encargaría de eso, así que nos volvimos a sentar un rato para charlar, esta vez, en la veranda de la casa, frente a la piscina. Me ausenté unos minutos para contestar una llamada de Nana y al volver volví a escuchar voces en el pasillo. Otra vez, Iván y esa chica.
—Si me lo pides no me caso —esta vez me quedé quieta, congelada en mi lugar y no solo por el efecto de aquella declaración. Quería quedarme allí y escuchar su respuesta, que notara mi presencia.
Estaba demasiado cerca, su mano viajó al mentón de la chica y sentí una punzada en el estómago cuando sus ojos recorrieron su rostro y le regaló una sonrisa de medio lado. ¡Traidor! —ya estaba gritando en mi mente. Ella también sonrió, con los ojos clavados en su boca. Si la besa, si lo hace…
—No quiero interrumpir tu boda, mi niña. Prefiero que lo hagas a ver si el idiota con el que te prometiste logra que me olvides.
—Eres un odioso.
Esta vez soltó una carcajada y ladeo la cabeza, fue así como notó mi presencia, irguió su cuerpo separándose de ella y dejó de reír.
—¡Summer, espera! —Pidió detrás de mí.
No me detuve, como tampoco me detuve a pensar que sus palabras aquella noche fueron solo eso, palabras. Y que Iván Harper, también era un perfecto jugador.