Summer
Era hora de comenzar a mover todo lo necesario, porque, de lo contrario, no vería mi cama en el día de hoy y ya lo estaba necesitando. Me llamó a su despacho para darme instrucciones y en medio de la explicación, llegó Eric. El hecho de que la fiesta se realizase en la casa de su amigo, en lugar del salón de la empresa, no parecía haberle tomado por sorpresa (como a todos). Más bien, estaba interesado en discutir sobre los últimos detalles que debían dejar en punta antes de marcharse a Francia.
—Este año no vienes conmigo, Eric.
—¿Eso por qué? Ya todo está casi listo.
—Los negocios con Mr. Clark son cosa seria. No puedo dejar eso en manos de Vlad. Necesito que te encargues personalmente.
—¡Jodida mierda, Iván! Ya había hecho mis cuadres en Grasse —todos en la habitación entendimos a que cuadres se refería.
—Posponlos entonces. Tienes vacaciones para mediados de año.
Si no los conociera, me sorprendería el hecho de cómo hablaban de mujeres como si fuesen otro más de sus negocios.
—Te vas a aburrir solo.
—No voy solo —mi parte curiosa se activó desde el sofá mientras miraba una revista en espera de que terminaran para continuar con mis instrucciones. Me acomodé los espejuelos como si me interesara el artículo que estaba leyendo sobre el más reciente perfume de L’ Oréal.
—¿No me digas que conseguiste que Ivy aceptara? ¿Se va a quitar el velo?
—Nunca se lo propuse. Summer viene conmigo.
Ni que me hubiese tomado en cuenta antes… Espera, ¿qué? Levanté la vista en su dirección mientras negaba. Ya tenía sus ojos sobre mí, sobre lo que se supone sería su nuevo pasatiempo. Negué en silencio mientras le devolvía la mirada.
Me niego a ser tu pasatiempo. ¡Maldito imbécil!
Salí de la oficina con un portazo tras de mí. Está de más decir que estaba que me llevaba el diablo, el diablo y todo su séquito de demonios. Doblé en dirección al baño. Si continuaba en esta situación con el jefe —idiota de mi vida—, terminaría convirtiéndose en mi lugar más visitado en todo Manhattan.
Sentí pasos detrás de mí. Pero su mano agarró mi brazo, arrastrándome dentro de la oficina de Eric, que estaba demasiado cerca.
—¿Por qué huyes de mí?
Me quedé quieta, intentando perderme en el paisaje urbano de New York frente al ventanal de cristal.
—Te has burlado de mí tanto como has querido. ¿No te cansas?
—¿De qué estás hablando?
—No voy a permitir que juegues conmigo, no voy a ser tu plan sustituto. Me niego a darte tanto poder.
Te amo, pero no puedo.
Rápidamente, limpié una lágrima que rodaba por mi mejilla.
—Summer, mírame.
No lo hice. Necesitaba salir de allí y llegar a ese lavabo cuanto antes. Sin embargo, me tomó nuevamente del brazo y me hizo enfrentarlo.
—¿Qué es lo que sucede contigo?
Sucede que me has visto, pero no de la manera que quiero —pensé.
—Sucede que conozco sus intenciones y no voy a permitir que juegue conmigo. Primero me besa, me hace preguntas y luego decide que me llevará a Francia. Eso no es más que otro de sus juegos y me opongo a ser el objeto que despeje sus confusiones.
—Vienes conmigo a Francia porque trabajas para mí, eres mi mano derecha en esta empresa y no hay más que hablar. Ahora —repuso tomando mi mano y depositando unas llaves y un papel con un código escrito en ella—, vete a mi casa, haz lo que tienes que hacer y no se te ocurra moverte de allí hasta que llegue.
***
Un palacio en el cielo. Esa era su casa.
Llegué al piso 31 gracias a un elevador privado que me abrió paso a un elegante y amplio salón. Elegancia y formalidad, esto no es una casa, esto es más la entrada a un hotel cinco estrellas que a un hogar. Abrí y cerré los ojos un par de veces para enviar la información a mi cerebro de tanto glamour —el pobre no estaba acostumbrado. Di un recorrido por las instalaciones del primer piso —sí, el piso 31 era el primer piso de su casa—, una cocina para chef, otra más casual. Contando la deslumbrante sala que me recibió, llegué a la conclusión de que la empresa cabía dos veces en aquel lugar.
Si así era el primer piso, ¿cómo serían los tres restantes?
Preferí no ponerme a investigar y batallé con el curioso para no subir las escaleras. Los chicos de la mudanza —¡Ja! Mudanza. Solo estaban transportando los preparativos para una fiesta— comenzaron a llegar con las cajas y les pedí ponerlas todas en el salón.
Pasé horas allí, abriendo caja y acomodando todo. La tarde calló más rápido de lo que esperé, porque, a decir verdad, no estaba pendiente del tiempo. Para cuando volví a tomar el teléfono eran las ocho y media.
Pensé en mi madre. No me preocupaba que se quedara sola porque la tía y Hanna siempre se habían quedado acompañándola, incluso cuando llegaba tarde a casa. Intenté llamar a Nana, pero su móvil estaba apagado, así que lo intenté con la tía Celia.
—Hola, tía.
—Hola, Sum. ¿Qué tal el ogro hoy? —rio.
—Imposible. Estoy ataviada de trabajo y no sé a qué horas llegaré. ¿Pueden dormir hoy en casa? —Pregunté mientras le echaba el ojo a las últimas cajas que quedaban por desempacar. No entendía por qué me parecía que movía una mudanza entera en lugar de los preparativos para una fiesta.
No sé, tampoco nunca me había mudado.
—Claro, Sum. Nos quedamos a cuidar de Alina, no te preocupes.
—Gracias, tía. Dile a mamá que mañana iremos al parque.
Colgué la llamada y me puse a ello. Luego de lo que para mí fue una eternidad, mi estómago hambriento comenzó a cobrar vida. Pasadas las nueve de la noche y aquel hombre no llegaba. Dispuesta a no morir por depauperación, me encaminé a la cocina.
—¿Dónde está la heladera? —murmuré.
Todo allí estaba tan pulcro, blanco, gris y marmoleado; pero ni rastros de la heladera. La busqué por todos lados, debajo de la encimera, detrás de cada puerta (las pocas que había), pero nada. ¿Es que acaso no hay? ¿Quién vive sin heladera en casa? Percibí un ligero empujón contra mi espalda cuando mi cuerpo cansado en extremos se recostó contra la pared. Me giré para ver lo que era y un frío no tan intenso cubrió mis pies.
Allí estaba ella, gloriosa y luminosa, repleta de alimentos. No sabía que tomar, porque obviamente tomaría algo incluso sin su consentimiento.
—Vete a mi casa y no se te ocurra moverte de allí hasta que llegue —me burlé imitando.
A estas alturas no entendía por qué le hacía caso y seguía aquí.
“Necesitas glucosa o te vas a desmayar” —me recordó mi subconsciente.
Me decanté por un sandwich y un poco de jugo. Nada de cajas, por suerte encontré una licuadora en aquella cocina donde todo permanecía escondido y me permití un jugo de fresas. Recogí todo y fui hasta la terraza, pasando de largo por el lado de la última caja. Ya no tenía energías para continuar. Me senté sobre la tumbona que se encontraba allí y descalcé mis pies para acomodarme y devorar mi comida. Me di un aplauso mental por no usar tacones, de ser así, ahora estaría el doble de adolorida. Nunca aprendí a usar esas cosas y caminaba como una potra recién nacida.
Me quedé revisando el teléfono al terminar de comer, ya no sabía en qué aplicación meterme para no quedarme dormida. No podía permitir que Iván me encontrase dormida. Recuerdo cuando Nana me contó que me quejaba de Iván y Eric en sueños durante el primer año trabajando en la empresa. Cuando descubrí que estaba desarrollando sentimientos por él, pasé el seguro, y estuve todo un mes de entrenamiento para despertar con la alarma del móvil en lugar de ella o la tía.
Pero el dichoso no acababa de aparecer.